Cuando los primeros rayos de luz iluminaron el rostro demacrado y pálido de Mía, esta ya se hallaba despierta. Difícilmente conciliaba el sueño y pensó que al estar cerca de Gregory, un maravilloso amigo de su juventud, su insomnio desaparecería por arte de magia. Qué equivocada estaba.
Mía estaba acostada entre las frazadas que la mantenían calientita, llevaba los audífonos puestos y tenía los ojos rojos e hinchados mientras sostenía un trozo de fotografía muy arrugada. En el retrato se podía verle a ella y a Christopher abrazados.
Christopher.
Alguien llamó a la puerta y ella se apresuró a esconder la fotografía bajo su almohada, se quitó los audífonos y se sentó mientras se acomodaba el cabello y la bata de baño.
—Adelante.
La puerta se abrió y Gregory entró cargando una enorme bandeja de comida.
—Buenos días —le sonrió—, ¿cómo amaneciste?
—Bien —mintió.
—Supongamos que te creo y que esos ojitos hermosos no revelan la verdad. Te preparé el desayuno. Joss no desayunará con nosotros porque tiene guardia en el hospital, y a mí, sorpresa sorpresa, me concedieron las vacaciones.
Gregory se acercó a la cama, movió algunas frazadas y acomodó la bandeja. Después se sentó.
Mía miró la comida y luego lo miró a él.
—Te agradezco pero no tengo apetito.
Greg levantó una ceja y ella agregó:
—De verdad. Mi apetito suele llegar a partir de las doce del mediodía.
—Amelia —el hombre suspiró—, el día de ayer fingí creerte porque estabas demasiado agotada y aparte tu cuerpo seguramente tenía frío por tremenda mojada que te dio la lluvia. Pero hoy no es ayer.
—Greg, de verdad estoy bien.
Gregory lo pensó unos segundos. Aquello le dolería en el alma, seguramente se arrepentiría y odiaría, pero era necesario decirlo para encontrar la punta de tan enredado estambre.
—Amelia... ¿hace cuánto que Christopher se marchó?
El golpe fue bestial, lo vio en el reflejo de sus ojos.
—Un mes y once días.
—¿Y en todo ese tiempo no has comido ni dormido bien?
—Te dije que todo está mal.
—Entonces tenemos que arreglarlo —se cambió de lugar y se sentó a su lado, tan cerca que su pierna rozó la de ella.
—Vamos, tienes que intentarlo y te prometo que yo estaré aquí. Desayunaremos juntos.
Mía se quedó mirando el plato: los huevos revueltos, los trocitos de pollo y los frutos secos que Greg había acomodado en una presentación de carita feliz. Las voces en su mente se hicieron más fuertes, las risas, las críticas, el asco, la incomodidad y la ansiedad. Tomó con el tenedor un poco de huevo y se lo llevó a la boca. Lo remolió suavemente y entonces abrió los ojos de golpe. Lo iba a vomitar.
—No —Gregory se dio cuenta antes de que sucediera, intentó retenerla, decirle que todo estaba bien, pero ella escupió el bocado en una servilleta de papel.
—No puedo —lloró—. No es por Christopher, de por sí no tolero la comida. ¡No la soporto!
—¿Vas a dejar que la anorexia te vuelva a derribar?
Mía lo miró, sorprendida y avergonzada.
—Lo sé, nadie me lo dijo pero lo intuí por la manera en la que observas el plato. La partida de Christopher te hizo recaer, ¿verdad?
Ella asintió.
—Ya la había superado, pero…
—Amelia —Gregory le sujetó ambas mejillas y la hizo mirarlo mientras sus pulgares le limpiaban las lágrimas—, no tengas miedo, todo va a ir mejorando.
—Los pensamientos son horribles, nadie lo entiende.
—Nadie lo vive como los que padecen algún trastorno alimenticio. Pero te diré una cosa, cariño. Conmigo no estarás sola. Te ayudaré a eliminar esos pensamientos.
—¿Cómo?
—Buscando soluciones —Greg la soltó y después se llevó la mano al mentón—. ¿Qué te gusta? Aparte de perseguir extorsionadoras y modelar.
Ella sonrió poquito y entonces Gregory notó el teléfono y los audífonos escondidos entre las frazadas.
—Tengo una idea —tomó la bandeja de comida y la apartó. Después le tomó la mano a ella—. Ven, te llevaré a un lugar que seguramente va a gustarte.
***
Tres semanas, ni un día más ni un día menos, esa había sido la respuesta de Pirman para que Gregory tomara las vacaciones que le correspondían.
Pero... ¿de verdad él deseaba concentrar todo su tiempo en Amelia, o también podía estar huyendo de algo? Después de colgar el teléfono, Greg cogió la pesada carpeta en la que había detallado su proyecto y la metió al fondo de un cajón lleno de sobres y antiguas cartas de años anteriores. No quería saber nada de trabajo ni de responsabilidades. Mía estaba en casa, con él y por supuesto no pensaba ignorarla.
Luego de salir de la habitación y dirigirse hacia una de las esquinas, Gregory estiró sus brazos y desplegó una escalera telescópica. En el techo se abrió una puerta de madera lo suficientemente grande como para que una persona pudiese cruzarla.
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Editado: 01.01.2026