Quiero volver a levantarme en las mañanas y sentir que mi vida vale la pena. Quiero volver a emocionarme por lo que haré durante el día, planear mis siguientes actividades y disfrutar de mis rutinas como antes. Las palabras se habían alojado en su cabeza como si Mía se las hubiese grabado con tinta permanente.
—Yo también quiero volver a levantarme en las mañanas y sentir que mi vida vale la pena —Gregory se miró en el espejo de su habitación. Amelia no era la única que estaba huyendo de su realidad.
Lo que significa que… Amelia no era la única que necesitaba reponerse.
***
Cuando el reloj marcó las doce y media del mediodía, Mía y Gregory se hallaban sentados en la sala de espera de un consultorio psicológico. Mía estaba absorta en un cuadro de la pared que decía: Ir lento también es avanzar, cuando la voz de Gregory llamó su atención.
—No es la primera vez que tomas terapia, ¿cierto?
—Cierto. Estuve con un psicólogo cuando tuve problemas de alimentación.
—¿No te sentirías más cómoda si vamos con el mismo psicólogo que te atendió durante ese tiempo?
—No creo que nos sea posible. Está en Alemania tomando un curso. Tranquilo, Greg —Mía puso su mano sobre la de él—, me parece que estás más nervioso tú que yo.
—Solo quiero que estés bien.
—Y voy a estarlo, eso tenlo por seguro.
La puerta del consultorio se abrió y una mujer salió, sonándose la nariz y limpiándose los ojos. No obstante, su semblante se notaba sereno. Aquello eran lágrimas de fuerza, no de derrota.
—¿Amelia Langford? —una segunda mujer salió para recibirla—. Buenas tardes, puedes pasar.
Greg le dio un último apretón de manos y le deseó suerte.
Mía entró al consultorio, se sentó en uno de los silloncitos pachones y observó a la psicóloga sentarse frente a ella. Ophelia Rose era una mujer de aproximadamente treinta y seis años, tenía un rostro dulce y lleno de consuelo, su cabello rubio le llegaba hasta los hombros, usaba lentes redondos y un hermoso saco de color perla.
Finalmente y luego de tomarle algunos datos, Ophelia dio vuelta a la página de la entrevista e hizo la pregunta que Mia tanto temía.
—¿Cómo estás, Amelia?
Mía se rompió, las lágrimas brotaron de sus ojos como un interminable diluvio.
—Me siento muy mal... —y entonces comenzó a relatar una vez más la historia que ya se sabía de memoria.
Durante la siguiente hora, Mía se la pasó hablando, desechando pañuelos y narrando sucesos que le calaban en lo más profundo del alma. El pecho le dolía, la nariz le escocía y sin que ella se diera cuenta, su cuerpo se había hecho un ovillo en el felpudo silloncito. Frente a ella, Ophelia la observaba con una comprensión desbordante.
Mía no era el primer caso de duelo que pasaba por las paredes de aquel consultorio, no obstante, era un caso único. Y es que cada historia, así se trate de una situación similar, son únicos porque cada persona lo vive y siente diferente.
—Me estoy ahogando… —de pronto Mía se enderezó, el pecho le dolía, estaba sudando y el corazón parecía salírsele del cuerpo.
—No te sucederá nada malo —Amelia no supo en qué momento sucedió, pero cuando ella fue consciente, Ophelia estaba arrodillada a su lado y no dejaba de hablarle. En su desesperación, Mia le apretó una mano y agradeció que Ophelia no se lo impidiera —. Por muy aterrador que esto parezca, no puede matarte. Amelia, escucha mi voz, todo va a estar bien, te lo prometo. Respiraremos juntas, concéntrate en mi voz por favor. Sé que tú puedes.
Mía asintió, sentir las manos de la mujer sobre las suyas la mantenía anclada a la tierra. Ophelia continuó:
—Inhalamos... 1... 2... y 3. Sostenemos un momento el aire y ahora soltamos. Poco a poco, siente como el aire abandona tus pulmones. Repetimos una vez más. Inhalamos... 1... 2... y 3. Sostenemos un momento el aire y ahora soltamos.
Segundo a segundo, la tormenta comenzó a desvanecerse. Mía regresó, sintió que nuevamente su cuerpo le pertenecía y que la habitación recuperaba sus colores.
—¿Amelia? ¿Puedes escucharme? —ella asintió— Vamos a relajarnos un poco más. ¿Podrías mencionarme cinco cosas que puedas ver en la habitación? Pueden ser las que tú quieras.
Los ojos de Mía comenzaron a recorrer la habitación.
—Un florero.
—Muy bien, ¿qué más?
—Una almohada. Las cortinas. El ventilador. La mesita con la caja de pañuelos. Y un peluche de osito.
—Excelente. Ahora mencióname cuatro cosas que puedas tocar, y tócalas. Siente su textura.
—Mi collar. La tela del sillón. La alfombra del suelo. Y la caja de pañuelos.
—Perfecto. Ahora dime tres sonidos que puedas escuchar.
—¿Sonidos?
—Así es. Tú puedes hacerlo, intenta concentrarte.
La mujer agudizó su oído.
—El tic-tac de su reloj. Afuera hay un ave cantando. ¿Mi propia voz cuenta como uno?
—Por supuesto que tu voz cuenta. Ahora mencióname dos olores que puedas percibir en este momento.
#5643 en Novela romántica
#2241 en Otros
#205 en Aventura
amistad aventuras romances y misterios, duelo tristeza miedo, amor dulzura seguridad
Editado: 04.01.2026