Amelia Langford es una galaxia

Cap. 4. Lo que no se reemplaza (Parte 1)

En el fondo, Gregory deseaba decirle algo, deseaba levantarse, cruzar al otro lado de la mesa y abrazarla mientras la felicitaba. Mía estaba comiendo.

Poco, pero estaba comiendo.

—¿Ocurre algo?

El hombre le sonrió:

—Nada, es solo que... Estoy orgulloso.

Y ahí estaba. De pronto, un fugaz recuerdo cruzó por la mente de Mía. Hace tiempo, Christopher le había dicho lo orgulloso que se sentía al ver que se había terminado el plato de espagueti. Sin embargo, ahora era Gregory quien se lo decía. Ophelia tenía razón, ambos le habían dicho las mismas palabras, pero cada uno significó algo diferente.

—Ophelia me ha dejado una tarea.

—Eso suena bien. ¿Qué te ha pedido?

—Que escriba una carta. A él. Le tengo que escribir una carta a él. Me dijo que en el proceso voy a llorar, pero que está bien. Me dijo que nunca reprima lo que siento.

—Hay una creencia. Dice que si le lloras mucho a la persona que falleció, no la dejas descansar.

—También hablamos de eso. Me dijo que cada persona tiene sus creencias, pero que eso no nos debe impedir el sentir. Me dijo que si siento deseos de llorar, está bien, y que lo haga todas las veces que lo necesite. Me puso un ejemplo que me gustó mucho. Me dijo que los seres humanos somos como una copa de cristal. Cuando lavamos esa copa y el jabón la cubre, esta pierde su brillo y transparencia, pero cuando el agua la lava, el cristal se recupera. Las lágrimas son la limpieza del alma, nos ayudan a lavarnos y a desechar todo lo negativo que sentimos.

—¿Tendrá más citas disponibles? Quizá también necesito que alguien me diga eso.

—Greg.

—¿Qué pasó, guapa?

—Gracias.

—¿Por?

—Estar aquí. Siempre.

Esa tarde, Mía y Gregory regresaron a casa, y mientras Greg se daba una ducha, Amelia subió al ático que anteriormente Gregory ya le había mostrado, se acuclilló frente al tocadiscos y abrió el protector de un vinilo. Un segundo después, Sweet Child O' Mine de Guns N' Roses inundó el pequeño espacio. Mia sacó el papel en donde escribiría la carta y comenzó a pensar.

¿Qué le gustaría contarle a Christopher?

Los minutos pasaban y la hoja seguía en blanco. Ahora era November Rain la canción que sonaba.

—¿Sabes? —la mujer se acostó boca arriba y miró el techo mientras hablaba en voz alta— No sé si es de locos hacer esto, pero en lugar de escribirte una misiva que jamás podré enviarte, me gustaría hablar e imaginar que puedes escucharme. No ha sido fácil... Nada fácil y tú lo sabes. Anteriormente te había dicho que si tú me faltabas, moriría junto contigo. Eso es lo que deseo hacer... Me dueles, Chris, me dueles como no tienes una idea. No entiendo por qué te fuiste, por qué si tantas veces te pedí que no me dejaras. Te dije lo mucho que te necesitaba, y ahora que ya no estás... no sé si esto seguirá teniendo sentido. No puedo, duele mucho y me gustaría que todo fuera como antes.

El silencio la envolvió, el disco llegó a su fin y no quedó más que un abrumante vacío.

—Ya terminé —de pronto, la voz de Gregory pareció iluminarlo todo—. ¿Estás bien?

—No —Amelia fue sincera.

Gregory entró al ático, se acostó junto a ella y entonces hizo la pregunta:

—¿Te puedo ayudar en algo?

—¿Puedes quedarte así unos minutos, por favor?

—Lo que tú quieras y durante el tiempo que necesites.

Al parecer, Christopher no era el único que podía entenderla.

El tiempo pasó, y así como la tristeza había entrado, también consiguió salir. Cuando Mia se enderezó, se sentía con un poco más de ánimo.

—Me daré una ducha rápida y después saldremos. ¿Está bien?

—Toma todo el tiempo que necesites.

Mía le sonrió y entonces se marchó.

***

Después de una corta ducha y de colocarse sus vitaminas para el cabello, Amelia y Gregory se encontraron en el auto.

—¿A dónde iremos? —le preguntó ella.

—Es una sorpresa.

—No le puedes decir eso a alguien ansioso.

—Perdón, amor de mi vida, pero alguien debe aprender a controlar su ansiedad.

El auto se puso en marcha. La tarde estaba tranquila, hacía un día soleado y los peatones transitaban por las calles, llevando consigo una gran variedad de bolsas; seguramente las compras de la semana. De pronto, Gregory detuvo el vehículo y se quitó el cinturón de seguridad.

—¿Ya llegamos? —le preguntó ella.

—No realmente. Ven, acompáñame.

Mía se fue detrás de él, lo vio entrar a una tienda de mascotas y saludar alegremente a la chica del mostrador.

—Hola, Lou. Vengo por mi pedido de la semana.

—Hola, Lic. —lo saludó de regreso—, no te esperaba hasta dentro de tres días.

—Digamos que sucedieron cosas. Mira, te presento a…




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