La estancia dentro del auto era tranquila, afuera ya comenzaban a caer las primeras gotas de lluvia y el parabrisas se perlaba. Dentro, la temperatura era agradable, el ambiente era sereno y la radio se encontraba apagada.
—¿Cuándo es tu siguiente cita con Ophelia? —le preguntó él.
—Dentro de tres días.
—¿Tres días? Pensé que las sesiones psicológicas se realizaban cada semana.
—Depende del caso. Ophelia me citó dos veces a la semana; me dijo que trabajaríamos así al menos tres semanas seguidas, y después de eso mis visitas serían semanales.
—¿Tú qué opinas de eso?
—Suspiré aliviada cuando me lo dijo. Todavía me siento como si me ahogara dentro de un vaso con agua, y tener que aguantarme todo una semana… Siento que me volvería loca.
—Pero te dijo que solo sería durante tres semanas. ¿Qué crees que pase contigo cuando tengas que verla cada semana?
—No lo sé, y eso es algo que también me llena de curiosidad. Siento que ya para ese momento me encontraré mejor.
—¿Y si no?
—Supongo que seguiré viéndola dos veces a la semana —de pronto, una sonrisa arreboló las mejillas de Mia—. Tranquilo, Greg, es muy pronto para hablar del futuro.
Gregory también le sonrió.
—Lo siento.
—¿Quién es el ansioso ahora?
—No puede ser… Mia, te estás convirtiendo en una epidemia.
Entonces ambos comenzaron a reír.
Después de unos minutos, en un nuevo y tranquilo silencio, Gregory detuvo el auto.
—Joss no está en casa, así que me toca pasar a comprar algo de cenar. ¿Quieres venir o prefieres quedarte aquí, con la calefacción encendida?
—Me quedo aquí.
—Volveré pronto. No huyas ni te lleves el auto contigo, ¿entendido? Porque si lo haces, ten por seguro que enviaré a la policía para que te persigan.
Mía le dio un golpecito en el brazo mientras reía. Pero cuando Gregory se marchó, Amelia recordó por qué le daba tanto miedo estar sola. Todavía cierra los ojos y puede verse… en esa misma escena como si estuviera ocurriendo ahora mismo.
Christopher ya ha fallecido, los medios de comunicación habían intentado colocarse en el camposanto para tomar algunas fotografías, pero el señor Miller no lo permitió. Envió a varios guardias para que custodiaran la entrada y les impidiesen cruzar. Los gritos de Aura son ensordecedores, está destrozada y justo ahora se está abrazando a la caja mientras Ethan intenta apartarla.
Christopher ya no se ve, el ataúd ha sido cerrado porque seis hombres lo están bajando a la tumba. Mia yace de pie frente a la escena, no dice nada ni se mueve. Tiene los ojos cubiertos de lágrimas y los labios sellados. Tiembla y sufre, su mente se ha convertido en una bóveda impenetrable, y aunque esto le ha servido para no colapsar, tampoco permite que nada salga y, por el contrario, se comience a pudrir en su pecho.
—Mia —de pronto, una luz entre tanta oscuridad. Es la voz de Gregory.
—Sostenla, Gregory, sostenla por favor.
Ella no lo sabe, pero Christopher le ha enviado a Gregory una carta para pedirle su ayuda. Pero… Gregory no está ahí solamente porque Christopher se lo ha pedido, sino porque quiere estarlo. Quiere sostenerla y eso hace.
—Mia.
—Se va —dice ella.
—Sí. Se va y jamás va a volver.
Una frase cruda, cruel, dura, demoledora. Pero real. Mía necesita eso, realidad para que después no se genere una falsa esperanza de: solo está de viaje, pero volverá.
La caja baja, los hombres comienzan a palear de vuelta la tierra. Roselia se deshace en los brazos de su esposo. Ania llora abrazada de Fabián, y a su lado, Amahirani tiene una mano puesta sobre el hombro de su esposo. Ethan y Nerissa siguen conteniendo el quiebre de Aura.
Mía regresa a su presente. Algo la ha hecho abrir los ojos y es algo que no le hubiese gustado sentir. El pecho le palpita, siente que no puede respirar...
—Concéntrate —se dice a sí misma y comienza a buscar 5 cosas que pueda ver. 4 que pueda tocar, 3 ruidos, 2 olores, 1 sabor.
De pronto, todo va agarrando color y forma. Abre la ventanilla y el viento por fin la golpea en el rostro.
Esa era una de las razones por las que detestaba el silencio y la soledad: porque le obligaban a convivir consigo misma. Y con esos malditos recuerdos que desearía sacar de su cabeza a toda costa. En la siguiente sesión le preguntará a Ophelia cómo deshacerse de ellos.
—Ya volví —Gregory regresó al auto con varias bolsas de comida
—¿Había fila?
—No. Me atendieron de inmediato.
—¿Por qué tardaste tanto?
—No me tardé. Solo fueron cinco minutos.
Amelia se le quedó mirando. Para ella había sido una eternidad, y es que cuando uno se ahoga, el tiempo no se mide en minutos.
—¿Estás bien? —el hombre la miró con preocupación.
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Editado: 04.01.2026