Amelia Langford es una galaxia

Cap. 5. Entre rosas ajenas (Parte 1)

Con una rosa en la mano derecha y un corazón palpitante en el pecho, Gregory arribó al ala de departamentos en donde Mia se encontraba viviendo. Estaban a punto de terminar su carrera universitaria y él deseaba obsequiarle un presente.

—Hola —Gregory sonrió apenas la joven le abrió la puerta.

—¡Greg! Que gusto que estés aquí. Pasa, pasa.

Pero apenas el muchacho se internó en el lugar, la sonrisa que enmarcaban sus labios se desvaneció por completo. Sobre la mesita de la sala había un enorme ramo de rosas rojas; de tallos gruesos, esponjosos botones y hojas brillantes. Rosas de la más fina calidad y las cuales Mia se hallaba recortando y acomodando en un jarrón de porcelana.

La mirada inquisitiva de Greg dio pie a una explicación.

—Me las ha enviado Christopher.

Y ante la mención de aquel nombre, Gregory trató de esconder su rosa en los pliegues de su chamarra. Aborrecía cuando el sentimiento de insignificancia y diferencia lo hacían compararse con Christopher Miller.

—Qué bonito detalle —dijo sin mucho ánimo.

—Mira —la joven le mostró el jarrón—, las estoy colocando aquí. Diane me dijo que le pusiera una aspirina al agua y así me durarán más tiempo.

Gregory nuevamente se obligó a sonreír.

—Bueno, me voy.

—¿Tan rápido? Pero si acabas de llegar. Quédate a comer.

—Lo siento, guapa, tengo algunos pendientes por terminar.

—¿Y qué me dices sobre ir a cenar?

—Podría ser, tal vez. No lo sé, mucho dependerá de qué tan rápido termine.

—Está bien. Oye, ¿te puedo pedir un favor?

—El que gustes.

—¿Podrías pasar a la tintorería a liquidar este recibo?

—Claro, dámelo y yo lo llevo.

Pero apenas la joven le dio la espalda para ir en busca del recibo y el dinero, Greg se acercó al jarrón de porcelana y escondió entre las demás rosas, la delgada y ordinaria rosa que él había traído. Allí, en medio de las demás, la flor parecía insignificante, completamente irrelevante ante la belleza y la calidad de las otras.

—Aquí tienes —Mia le entregó el recibo—. Te lo agradezco tanto.

—No hay de qué.

—Anda, termina tus deberes y después regresas por mí, no creas que porque estamos a punto de terminar la universidad significa que vas a liberarte tan fácilmente de mí.

Pero esta vez él no sonrió y simplemente salió del departamento.

***

—Disculpe, ¿es todo lo que va a llevar? ¿Señor, se encuentra bien? —la dependienta, una mujer afroamericana de encantadoras pecas y ojos grandes, volvió a reiterar su pregunta.

—Sí, sería todo, gracias y disculpe, me perdí en mis pensamientos —Gregory se sonrojó.

El hombre se hallaba en una tienda de manualidades, comprando los mini caballetes y pinturas con los que asistiría con Mia al lago, no obstante, en su cabeza se reprodujo una película de viejos recuerdos. Recuerdos que justo ahora, y por algún extraño motivo que él se niega a aceptar, le incomodaba tener.

—Lo veo y no lo creo —Josselyn estaba en la cocina; tenía puesto su uniforme de enfermera y una taza de café en la mano—. ¿Tú estás madrugando? No sé si es buena o mala señal. Y lo que más me interesa saber: ¿a dónde fuiste?

—¿Te han dicho que si no hubieses sido enfermera podrías ser detective? Fui a la tienda de manualidades por un par de cosas que necesitaba. Le dije a Mia que la llevaría al Lago para hacer un día de campo.

—Tú. ¿Gregory Anniston teniendo un día de campo?

—¿No es normal?

—Te diré lo que no es normal. Tu actitud de estos días.

—No empieces.

—Noooooo. ¿Estás…?

—No lo digas.

—Gregory… —la sonrisa de Josselyn no cabía en su rostro.

—Te lo advierto.

—Gregory, ¿estás enamorado?

—¡¿Qué?! ¡Desde luego que no! Es mi mejor amiga.

—Te creo —Joss bebió de su taza.

—Te digo la verdad; es mi mejor amiga.

—Sí, y yo te dije que te creo.

—Pero no es así. Sé que no me crees.

—¿Por qué piensas que no es así?

—¡No lo sé! Es más, ¿por qué seguimos hablando de esto?

—Quizá porque para ti esto es importante —la mujer volvió a sonreírle.

—¡Basta!

Josselyn comenzó a reírse, tomó su maleta y salió.

Al hacerlo, Gregory dio un largo suspiro mientras observaba la bolsa con las pinturas y los caballetes.

¿Acaso se estaba…?

—No. Por supuesto que no.




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