Cuando Gregory entró a la habitación, se encontró con un cuarto completamente a oscuras, con las cortinas cerradas, aire viciado, ropa sin recoger y un espantoso silencio pesado.
—Buenos días, es hora de levantarse.
Mía estaba despierta, pero prefirió ignorar la voz cantarina de su amigo.
—Vamos, sé que no estás dormida. Hace un día maravilloso —el hombre se acercó a la ventana y abrió las cortinas—. ¿Qué te sucede? Usualmente te vuelves muy parlanchina cuando me ves.
—No quiero ir a ningún lado.
—¿Y eso?
—No me siento bien. No tengo ganas de salir.
—¿Y piensas quedarte tirada todo el día en la cama? Sabes que no voy a permitirlo.
—De verdad, no quiero salir.
—No me importa tener que llevarte cargando, tu y yo ya teníamos planes.
—¡Por Dios, Gregory, déjame en paz! No quiero salir.
—Eso incumpliría nuestro trato. Amelia, ya comenzabas a estar bien.
—Es un mal día, solo dejemos que pase.
—A mal tiempo, buena cara. Vamos, arriba.
—¡Basta!
—Amelia, no me importa lo que tenga que hacer, te sacaré de esa cama a como dé lugar. Ya compré las pinturas y los lienzos.
—Otro día.
—¡Yo quiero que sea este! —pero cuando Gregory tiró del edredón y se lo quitó completamente de encima, todo explotó.
—¡Te dije que me dejes en paz! ¡¿No eres capaz de entenderlo o de plano eres un idiota?! ¡No quiero salir, quiero que te vayas y me dejes tranquila!
Greg se le quedó mirando.
—¡¿Por qué no pueden entender un poco mi dolor?! ¡¿Por qué no pueden entender que una parte de mí se fue con él?! ¡¿Por qué no puedes entender que no quiero tu ayuda?! ¡¿Por qué tienes que ser tan diferente a Christopher?!
—Quizá no lo puedo entender porque te contradices. Ayer me dijiste que necesitabas que alguien te sostuviera, y ese alguien era yo.
—¡Ya no quiero que lo seas! —Mia comenzó a llorar—. ¡Quiero que te vayas y me dejes tranquila! ¡Quiero que todo el mundo se vaya al maldito carajo! ¡Lo quiero a él!
Greg la observó durante un par de segundos, dejó la bolsa con las pinturas sobre el buró de entrada y entonces se fue.
Cuando la puerta se cerró, Mia sintió que se desmoronaba. Se había ido, él se había ido y, lo peor es que ella no quería que se fuera.
***
Las horas pasaron, la mañana le dio entrada a la tarde y aunque se había metido a dar una ducha, lo cierto es que Mia nunca dejó de llorar. Miraba su teléfono sin siquiera tocarlo, pero esto más que ayudarla, solo la lastimaba. ¿A quién podría llamarle? Al único al que podía marcarle y siempre le contestaría… estaba sepultado varios metros bajo tierra. Y la segunda persona que sin duda le tendería la mano… Bueno, a esa persona ella se había encargado de lastimarlo.
El reloj dio las dos de la tarde, Mia no apartó su mirada de la puerta, pero por más que esperó y esperó, esta nunca se abrió. Gregory no iba a volver.
La joven salió de la cama, se acercó al buró de la entrada y sostuvo la bolsa de plástico entre sus manos. Adentro estaban las pinturas, los lienzos y los caballetes que él le había comprado. Lo tenía planeado, Gregory había planeado todo para este día… y ella lo había arruinado.
Cuando Mia abrió la puerta de la pequeña oficina que Gregory y Joss compartían, lo vio a él, sentado detrás del viejo escritorio y revisando un par de documentos. La mujer se acercó a él, se sentó en una de las dos sillas que había frente al escritorio y de momento no dijo nada.
Un par de minutos pasaron hasta que finalmente ella pudiera encontrar las palabras.
—No sé cómo hacer esto… pero no quiero que te vayas.
—No me fui, solo necesitaba salir —y a pesar de que su voz estaba serena, no se atrevió a mirarla.
—¿Estás enojado?
—No.
—¿Entonces por qué no me miras?
Gregory dejó de lado las hojas y cerró su portátil, y entonces la miró.
—Perdón —dijo Mia.
—Disculpas aceptadas.
—Algo se rompió, ¿verdad?
—Una parte sí.
—Te lastimé —aseguró ella.
—Siendo sincero, sí.
—No quiero colocarme en un papel de victimismo.
—No tienes por qué hacerlo. Entiendo que esto no es fácil, y sí, quizá no entiendo del todo tu dolor porque no soy yo quien lo está viviendo —el hombre suspiró—: Yo no amé a Christopher como lo amaste tú, pero créeme que intento entenderte cada segundo de mi vida que comparto contigo. Créeme que intento acompañarte, seguirte el paso, pero tú también debes entender que si no me permites alcanzarte, me será muy difícil caminar a tu lado.
—Lo siento.
—Deja de repetir eso y mejor hablemos. Viniste aquí para hablar, ¿no? Entonces hablemos. Me molestó que te pusieras a gritarme, me molestó que me llamaras idiota, me molestó que me compararas con Christopher, y más me molestó que me arruinaras este día que tanto me esmeré en planear. Ahora bien, ¿qué te molestó a ti?
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Editado: 11.04.2026