Amelia Langford es una galaxia

Cap. 6. Aprender a sostener

«¿Cómo estás?» Solo esa pregunta bastó para que Mia se rompiera en un llanto tan fuerte que le sacudió el pecho. Afuera, las gotas de lluvia escurrían por todo el vidrio de la ventana, la estancia tenía una temperatura agradable, Mia se hallaba sentada en el felpudo silloncito de la otra vez y entre sus manos sujetaba con fuerza un pañuelo desechable.

—Te lo juro, Ophelia, pensé que con tener a Gregory cerca de mí todo cambiaría. Pensé que dejaría de llorar, que el dolor se marcharía y mi vida volvería a ser la misma de antes.

—¿Y qué pasó?

—No me funcionó.

—¿Por qué crees que no funcionó?

—No lo sé.

—¿Viniste a Boston con la idea de que Gregory se volvería el medicamento que sanaría por completo la herida?

—Sí —le dolió admitirlo pero era la verdad.

—Y ese fue el error. Amelia, uno no puede sanar a través del otro, porque cuando intentas hacer eso, nada cambia, la herida se queda ahí. Y esto es ejemplo de ello.

—Eso de: un clavo saca a otro clavo, no existe, ¿cierto?

—No, no existe. Lo único que ocurre cuando intentas sacar un clavo con otro clavo, es hacer más grande el hueco.

—Me duele mucho. Estoy harta de tener que levantarme todos los días y que lo primero que sienta al abrir los ojos sea este maldito dolor —Mía se limpió las lágrimas—. Siento que no puedo seguir, siento que esta no soy yo, que esta no es mi vida y… ¡No quiero seguir viviendo! Solo quiero irme con él, estar con él, hablar con él y… y… … ¡No sabes cuánto lo odio! Lo odio porque es un egoísta, porque se fue y no le importé.

Ophelia permaneció en silencio, acompañándola y esperando el momento más apropiado para hablar.

—¡Me duele…! ¡Es mentira! No quiero morirme, quiero seguir viviendo, quiero hacer tantas cosas, recuperar lo que he perdido, y él... ¡Estoy harta! —Mía lloró, subió ambos pies al silloncito y hundió su rostro entre sus rodillas. Estaba cansada, lloró y lloró hasta que las lágrimas se detuvieron y ella pudo volver a tener una tregua con su tristeza. Hasta que pudo volver a respirar—. Tengo miedo, Ophelia.

—¿Sabes de dónde viene ese miedo?

—¿Por qué dije que lo odiaba? Yo no lo odio.

—Tu duelo está avanzando, Amelia. Ahora te has integrado a una nueva etapa, y es el enojo.

—¿Enojo? ¿Eso es normal?

—Muy normal.

—¿Cuántas etapas son? ¿En qué etapa estoy ahora?

—Yo trabajo con cinco etapas; negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Sin embargo, no siempre se viven en ese orden. Lo que estás sintiendo se parece mucho al enojo del duelo. Dime, aparte de Christopher, ¿con quién más te sientes enojada?

—¿Tendría que sentirme enojada con alguien más?

—En muchas ocasiones es así.

Amelia la miró con recelo, pero Ophelia la animó a continuar.

—Bueno, ahora que lo mencionas… Estoy enojada con el cáncer.

—¿Por qué?

—Porque se llevó a mi mejor amigo. ¿Por qué tenía que regresar si se supone que ya se había ido y nos había dejado en paz?

—¿Con quién más te sientes enojada?

—Estoy enojada con el hospital, porque siento que no se esforzaron lo suficiente para salvarle la vida. Estoy enojada con Aura porque no sé nada de ella y no sé si sufre lo mismo que yo estoy sufriendo. Estoy enojada con los medios de comunicación porque, desde que esto ocurrió, no han hecho otra cosa más que criticarme sin saber cómo me siento. Estoy enojada... ¡Estoy enojada con todo el mundo! ¡Estoy enojada conmigo misma, estoy enojada con usted porque...! ¡No sé ni por qué! ¿Estoy loca?

Ophelia le sonrió dulcemente.

—No, Amelia, no estás loca. Estás sintiendo tus emociones, sintiendo como la mayoría de seres humanos. Y es normal, porque este es tu proceso.

—Pero es enojo; el enojo es malo.

—Mucho depende de cómo lo quieras ver. El enojo no siempre es malo, si existe es por algo, y tiene que ser validado. Es válido que te sientas enojada y es válido que le hagas saber a los demás que estás enojada. Lo que no sería válido es cómo vas a exteriorizar ese enojo.

Mia se enderezó en el silloncito, deseaba saber cómo Ophelia le explicaría aquello.

—Por ejemplo, tú justo ahora estás enojada y me lo has hecho saber, y eso está bien. Lo que no estaría bien es si te pusieras a golpearme, insultarme o a romper las cosas del consultorio. Tú tienes una emoción, identifica cual es y entonces has algo para manejarla.

Mia miró sus manos. Era exactamente lo que había sucedido con Gregory hace unos días, cuando le gritó y lo llamó idiota.

—Un perdón no siempre arregla las cosas, ¿verdad?

—Exactamente; un perdón no siempre soluciona todo.

—A veces también me siento enojada con Gregory.

—¿Quieres compartirme el por qué?

—Porque me está ayudando. Ya te contaba la discusión que habíamos tenido hace dos días; Gregory está soportando mi mal carácter, mis berrinches con la comida y... Y a pesar de todo eso, sigue aquí. Aguantando. A veces me gustaría decirle que se fuera, que me dejara porque no es su obligación cargar conmigo y mis problemas. Pero luego me dan unas ganas enormes de abrazarlo, de decirle cuanto lo quiero y darle millones de gracias por no rendirse, por quedarse debajo de la tormenta. Por no abandonarme en mi momento más vulnerable.




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