Amelia Langford es una galaxia

Cap. 7. Bajo cielos nuevos (Parte 1)

El techo tenía manchas. Doce manchas causadas por la humedad de estas últimas lluvias. Mia yacía tendida en el suelo del ático, sus manos descansaban sobre su pecho y a su lado el tocadiscos reposaba taciturnamente.

—Chris… —dijo. En lugar de escribirle cartas que jamás podría enviarle, ella prefirió hablarle— Hoy hablé de ti en mi terapia. Bueno, lo hice también la vez pasada, y creo que hablaré de ti durante un tiempo. Supongo que lo que quiero decir es que… por increíble que esto pueda parecer, siento que algo sí está cambiando. Ophelia me dijo que: «sanar no es dejar de sentir miedo, es dejar de vivir obedeciéndolo», y yo siento que eso ya está pasando. Antes tenía miedo de olvidarte, miedo a que tú te enojaras conmigo si te dejaba de llorar. Pero hoy… Hoy sé que eso nunca va a suceder —Mia permaneció unos segundos en silencio. Mirando al techo, ahora trataba de encontrarle forma a las manchas—. Te extraño, princeso… más de lo que sé decir. Te extraño con mi vida entera, pero… creo que no deseo irme contigo. Todavía no, tengo tantas cosas que me gustaría hacer, cosas que a los dos nos gustaban y ahora es mi oportunidad de recordarte así…

Algo en su interior se acomodó, y entonces Mia se enderezó. Hoy, durante la sesión con Ophelia, ella le había puesto una actividad que a Mia le había costado mucho trabajo hacer, y si bien la dejó a la mitad, Ophelia le dijo que no había prisa. Que la actividad se terminaría más adelante, cuando ella estuviera preparada.

Y al parecer, ya estaba lista.

La mujer tomó un par de hojas blancas y un bolígrafo, se apoyó en la mesita y como título le puso: Te recordaré así.

En esa hoja escribió todo lo que, en su momento, tuvo en común con Christopher; secretos, actividades, gustos musicales, gustos por la comida, todo y cuanta cosa se le vino a la mente.

De fondo, el grupo mexicano Timbiriche sonaba con la canción Tú y yo somos uno mismo.

***

—Gregory, estás subestimando tus capacidades al grado de ofenderme y ofenderte a ti mismo.

—¡¿No eres capaz de entenderlo o de plano eres un idiota?!

Greg suspiró profundamente al recordar aquellas dos frases, dichas por dos personas diferentes. Apretó con fuerza la carpeta que contenía el proyecto, su proyecto, y nuevamente lo volvió a dejar en el interior de aquel oscuro cajón.

—Tranquilo, Gregory —se dijo—, estás haciendo lo correcto.

Aunque en el fondo… ya no estaba tan seguro.

Alguien llamó a la puerta, un segundo después apareció Mia, con una bolsa de plástico en las manos y con una ligera sonrisa en los labios.

—¿Qué es eso? —el hombre observó la bolsa que Mia había dejado sobre el escritorio.

—Tengo un plan… ¿pintas conmigo?

—¿Pintar? ¿Ya viste el diluvio que está cayendo allá afuera?

—Bueno, nunca mencioné que fuéramos a pintar en el parque.

—¿Entonces?

—Ven conmigo y lo descubrirás.

Gregory dudó apenas un segundo, pero tomó su mano y la siguió. En medio de la sala, Mia había improvisado un picnic, después acomodó los caballetes, los lienzos y las pinturas sobre la manta de flores.

—Con razón escuchaba ruidos extraños.

—Eran las brujas. Ya se adueñaron de la bodega.

Gregory comenzó a reírse, la siguió hasta la manta y se sentó junto a ella.

—¿Te pasa algo? —le preguntó Amelia, al ver que estaba un poco serio—. ¿Sigues molesto por lo de…?

—No.

—¿Entonces?

—Es algo relacionado a mi trabajo, pero tranquila, no es nada grave.

—¿Seguro? ¿Necesitas que te ayude con algo?

—Solo quiero sentarme contigo a pintar.

—Entonces eso haremos, pero antes…

De pronto, Viento de Caifanes comenzó a sonar desde su teléfono.

—Nooooooo, ya descubriste Caifanes.

Mia soltó una carcajada como en días anteriores no lo había hecho.

—Esos discos me van a dar muchísimas canciones para mi playlist.

Las horas pasaron, las canciones iban una detrás de la otra, diferentes artistas, diferentes gustos; Bon Jovi y Caifanes para él, Taylor Swift y Guns N' Roses para ella.

—Terminé —Mia colocó su pincel dentro de un frasco con agua y después agarró su lienzo.

Gregory dejó su pincel suspendido en el aire cuando, casi sin darse cuenta, sus ojos se desviaron hacia el lienzo de su amiga,

—¿Listo para que mostremos lo que hicimos?

—Empieza tú, Greg.

El trazo era delicado. Un gato de postura elegante, con el cuerpo erguido y una calma casi consciente. Sus ojos estaban perfectamente delineados, vivos, como si observaran algo más allá del propio lienzo. Pero lo que más llamó su atención fue el collar: una hilera de pequeños destellos que rodeaban su cuello.

Gregory inclinó ligeramente la cabeza.




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