Amelia Langford es una galaxia

Cap. 8. Integrando para transformar

—¿Cómo te has sentido con la comida estos días? —preguntó Ophelia con voz tranquila.

Mía se acomodó en el sillón y pensó unos segundos antes de responder.

—Raro, pero le soy sincera… no tan mal como esperaba. Hay momentos en los que siento que el pecho se me aprieta y creo que no voy a poder tragar, pero luego pasa. No siempre, pero pasa.

Ophelia asintió.

—Eso es importante. No que no aparezca la angustia, sino que ya no se quede todo el tiempo.

—¿Sabes? A veces siento algo parecido al miedo —Mia continuó—. Y creo que no es solo por la comida. Es como si mi cuerpo recordara otras cosas.

—¿Cómo qué cosas?

Mía bajó la mirada a sus manos.

—¿Recuerdas que te hablé de una operación que me hicieron por un quiste de ovario? Ocurrió después de que me operaran. Me daba mucho miedo entrar al quirófano porque me quedaría una cicatriz en el cuerpo. Mi trabajo como modelo me exige un cuerpo limpio de marcas. Un cuerpo perfecto. Y yo sé que ya hemos tratado este tema y que no existen los cuerpos perfectos como una verdad absoluta, pero… el simple hecho de recordarlo, hace que sienta deseos de vomitar. Porque aunque me pude borrar con procedimientos estéticos esa cicatriz, el pensar qué hubiera sucedido si no conseguía quitarla, me da terror.

—¿Qué significado le darías tú a esa cicatriz?

—Que ya no iba a ser suficiente —Mia respondió sin dudar—. Que algo en mí estaba roto... o manchado.

—¿Te das cuenta de que usas la misma palabra que cuando hablas de la comida? —preguntó Ophelia con suavidad—. "Manchado". "Roto". Como si tu cuerpo te hubiera traicionado al tener esa marca.

Mía tragó saliva.

—Supongo que sí. Comer me recuerda que tengo un cuerpo. Y mi cuerpo... —hizo una pausa— fue el lugar donde pasó todo; donde me operaron y donde me quedó la cicatriz.

—Donde dolió, no solo física, sino también emocionalmente —completó Ophelia—. Donde perdiste. Donde sobreviviste.

El silencio se instaló unos segundos.

—Gregory se alegra cuando como —dijo Mia—. No me presiona, pero lo noto. Y eso... no me molesta.

—Porque no te está mirando como un cuerpo que debe rendir —dijo Ophelia—, sino como una persona que necesita sostén.

Mía levantó la vista.

—¿Eso también es parte de sanar?

—Mucho —sonrió Ophelia—. Sanar no es borrar cicatrices, Amelia. Es dejar de verlas como un defecto. Tu cuerpo no dejó de ser valioso por haber tenido esa marca.

Mía asintió lentamente.

—Marca que ahora se ha ido.

—Aparentemente. Tú misma me dijiste que la cicatriz significa para ti presencia de que no eres suficiente, y aunque la marca ya no está, sí se quedó el sentimiento de no querer la comida, sentimiento que se intensificó con la partida de Christopher.

—Fue eso —Mia miró a Ophelia. Lo había entendido—. Yo solía comer bien solo cuando Cristopher estaba conmigo.

—¿Y ahora?

—Solo como cuando Gregory me acompaña. Tengo que cambiar eso. Quiero intentarlo… pero por mí. Porque yo lo quiera y no por complacer a otros.

—El que Gregory festeje cuando has comido, tómalo como un bono adicional, porque al final de cuentas, él es tu red de apoyo. Lo más importante es lo mucho que vas a felicitarte tú misma. Tu cuerpo no es el enemigo, Amelia. Es el lugar al que estás regresando. Ese bocado no es solo comida: es progreso.

—Un progreso que depende de mí y de nadie más.

—Amelia, si yo te preguntara; cuál es la persona más importante de tu vida. ¿Qué me responderías?

—Le diría que no es una, son dos, porque son mis papás.

—Y yo te respondería que sí, ellos dos son las personas a las que más amas de tu vida, sin embargo, no son las más importantes.

—¿No?

—La persona más importante de tu vida, eres tú misma Amelia.

***

—Vienes muy callada.

Mia le sonrió.

—Greg… si yo te preguntara, quien es la persona más importante de tu vida, qué me responderías.

—Sabía que no debía preguntar.

Mia se rió con él mientras le golpeaba el hombro.

—Dedícate a responder mi pregunta, querido.

—Si me preguntaras quien es la persona más importante de mi vida, te respondería que yo mismo.

Amelia lo observó durante un par de segundos. Realmente no esperaba que esa fuera su respuesta.

—¿Por qué me miras así? No es una cuestión egocéntrica.

—No, lo sé, sé que no es egocentrismo, pero imaginé que me responderías otra cosa.

—Por ejemplo.

—No lo sé. Quieres mucho a tu mamá.

—Exactamente, la quiero, la amo con mi vida entera, pero no es lo más importante de mi vida. Mis padres me apoyaron en muchas ocasiones, ellos fueron mi fuerza y el pañuelo de mis lágrimas cada vez que pensaba rendirme, pero quien se levantó y enfrentó a las consecuencias de todas sus decisiones, ya fueran buenas o malas, fui yo mismo. Mi cuerpo y mi mente también necesitan reconocimiento.




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