Amelia Langford es una galaxia

Cap. 9. Solo vine para decir hola (Parte 1)

—¿Amahirani?

—Hola, Gregory —repitió ella, esta vez con una sonrisa más tenue.

Y no solo Amahirani, Fabián también estaba ahí, detrás de ella.

—Gregory… ¿está Mia contigo?

El nombre de Mia lo arrancó del estupor.

—Ella está… —pero al mirarla, Amelia seguía de pie en medio de la sala y con el control remoto en la mano.

El aire cambió y por un segundo, nadie habló.

Amahirani cruzó el umbral con pasos tranquilos. En su expresión se delataron las enormes ganas que tenía de abrazarla, sin embargo, no lo hizo y respetó su espacio.

—Mia…

Ese nombre… en su voz… no sonó igual.

Sonó a pasado.

A hospital.

A despedida.

Mia no respondió de inmediato. Sus ojos se clavaron en los de ella, como si intentara confirmar que era real… Que no era otro recuerdo jugándole una cruel broma.

Trató de decir algo, pero el nudo en su garganta se lo impidió.

—Hola… —susurró.

Su pecho se elevaba con dificultad, pero no retrocedió.

Esta vez no.

—Mia, no sabes la felicidad que me da al verte.

Nos da —desde la puerta, Fabián corrigió a su esposa.

Entonces, Gregory los invitó a quedarse.

***

En la sala, algo extraño sucedía. Cuando Gregory les entregó las tazas con café caliente, no pudo evitar sentirse agobiado por el silencio casi sepulcral en el que se hallaban sumidos.

Resultaba extraño… porque cuando Amahirani y Mia se encontraban, el lugar en el que estuvieran solía convertirse en una fiesta.

—Y… ¿qué los trajo a Boston? ¿Están de vacaciones? —preguntó Greg, sentándose junto a Mia.

—Oh, no —respondió Fabián con suavidad—. En realidad estamos apoyando a Ethan con algunas reuniones de la marca. Él y Ania están en Florida, inaugurando una nueva sucursal.

—¿Y Aura? —la pregunta escapó antes de que Mia pudiera detenerla.

Amahirani sostuvo su mirada.

—Estamos procurando que no se exponga en público… al menos por un tiempo. La última vez que lo hizo… —hizo una pausa— los reporteros no fueron precisamente amables.

—Le preguntaron si pensaba casarse otra vez —añadió Fabián.

El silencio volvió a caer sobre la sala.

Mia bajó la mirada hacia su taza.

—La gente no entiende nada —su voz fue baja, pero firme—. No saben lo que dicen.

El sonido de la lluvia contra las ventanas llenó el espacio que ninguno parecía dispuesto a ocupar. Hasta que de pronto:

—Fabián, hace tiempo mi abuela me regaló un par de palos de golf, y como yo no pienso usarlos, creo pensar que a ti podrían servirte. ¿Me acompañas a buscarlos?

—Por supuesto —el hombre no lo pensó dos veces. Dejó la taza sobre la mesita de centro y siguió a Gregory escaleras arriba.

Mia y Amahirani se miraron. Ninguna de las dos sonrió. Había demasiadas cosas entre ellas… demasiadas que no sabían por dónde empezar.

Amahirani fue quien decidió romper ese silencio.

—No pretendo que esto suene a reclamo, pero… ¿Por qué te fuiste?

—Sentía que me ahogaba. En ese momento no estaba pensando con claridad. Lo siento.

—No ha sido fácil para nadie, y no te lo digo para minimizar lo que tú sientes.

—Necesito saberlo —Mia apretó la taza—. Cómo están las cosas, cómo está ella.

—Destrozadas y ella está destrozada. En realidad, todos lo estamos. Fabián lo sigue llorando en las noches. A Ania no se le han borrado las ojeras de sus ojos. Roselia ha descuidado su jardín. El señor Miller se la pasa encerrado todo el día en su oficina.

Mia sintió que algo dentro de ella se movía.

Durante semanas había creído que su dolor era un lugar aislado… una especie de castigo que solo a ella le correspondía cargar.

Pero no.

Él también estaba en las noches de Fabián. En los ojos cansados de Ania. En el jardín abandonado de Roselia. Y, por primera vez… eso no la hizo sentir más triste.

Era la validación a través de lo compartido.

—¿Te puedo hacer una pregunta?

—Dime.

—¿Se han deshecho de las cosas de… él?

Amahirani sonrió, rozando un recuerdo.

—Durmió en su clóset.

—¿Cómo?

—Las primeras noches, Aura dormía dentro de su clóset. Una vez Nerissa la encontró durmiendo en el silloncito, rodeada de sus camisas.

—Y ahora… ¿lo sigue haciendo?

—Ya no. Fue avanzando poco a poco. De dormir en el clóset, pasó a dormir en su cama, pero todavía rodeada de sus camisas. Actualmente duerme con una manta que le recuerda a él. Pero no, no se ha deshecho de absolutamente nada.




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