Amelia Langford es una galaxia

Cap. 9. Solo vine para decir hola (Parte 2)

Fabián dio un largo suspiro después de dejar sobre la mesa el palo de golf que estaba limpiando.

—Llevas casi media hora mirándome.

Frente a él, Gregory levantó ambas cejas. El hombre yacía sentado en una de las sillas de la mesa, tenía su mentón apoyado sobre los nudillos de su mano y una expresión de completa tranquilidad.

—¿Cuándo me lo piensas decir?

Fabián frunció el ceño.

—¿Decirte qué?

—La verdad.

—¿Cuál verdad?

Gregory volvió a levantar sus cejas.

—¿Tan malo soy mintiendo?

—Les creo a ti y a tu esposa que su paseo por Boston sea por motivos de trabajo… Sin embargo, también creo que vinieron para asegurarse que Mía estuviera conmigo.

—Una tarde, Lorraine entró corriendo a nuestra casa, preguntando desesperada si no habíamos visto a su hija. La buscamos por todos lados. Aura incluso pensó que estaría durmiendo en el armario de Christopher, pero ni aunque volteamos toda la casa la encontrábamos.

—¿No pensaron llamar a la policía?

—Estábamos a punto de hacerlo hasta que el señor Langford entró corriendo. Mia había dejado una nota sobre su cama. En ella decía que no nos preocupáramos, que estaría contigo. Al día siguiente fue cuando tú llamaste.

—Lo intuí desde que la vi, por eso hice esa llamada.

—No te dijo que en realidad se había escapado, ¿verdad?

—No. Me dijo que sus padres y Julen sabían en dónde estaba.

Fabián sonrió orgulloso.

—Hasta parece que la criamos nosotros.

Gregory le lanzó una mirada furiosa.

—Literalmente se crió con ustedes.

—Y eso, querido cuñado, ya te da un indicio de cómo será tu vida.

Greg se puso rojo.

—¿Cómo… me llamaste?

—¡Por favor! A diferencia de Mia, a ti no te queda mentir. Si aceptas a Mia, nos aceptas a todos los Miller. Somos el paquete completo.

Un recuerdo fugaz cruzó por la mente de Gregory.

—¿Sabes una cosa? Fue exactamente lo mismo que Cristopher me dijo.

—¿De verdad? —su sonrisa hizo brillar sus ojos. Fabián se entusiasmaba cada vez que alguien le contaba algo nuevo sobre su hermano.

—Sí. Fue hace tiempo.

—¿Cuándo?

—Eh… Creo que fue una vez que fui a California para visitar a Mia —la mentira salió con una facilidad que lo incomodó más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Sí, Christopher sí le había dicho eso, pero no ocurrió mientras Gregory visitaba a Mia. De hecho, sucedió en el hospital…

Tras firmar su consentimiento y hacerle prometer al médico que nadie se enteraría de que él iba a ser donante, lo prepararon para el procedimiento. No obstante, había un problema.

—¿Es necesario que Christopher se entere de que seré yo quien le hará el donativo de células? Pensé que los donadores tenían la opción de ser anónimos.

—Sí la tienen, pero en el caso de Cristopher es necesario que se realice el injerto en ese mismo momento para evitar complicaciones.

—Es decir que voy a estar ahí, con él. ¿En el mismo cuarto?

Oliver lo miró.

—¿No te llevas bien con él?

—No es eso.

—¿Puedo saberlo?

—¿Usted conoce a Cristopher Miller? Quizá lo que voy a decir pueda sonar un tanto grosero, pero… Aunque esté en estado de gravedad, no dejará de hacer bromas.

El médico comenzó a reírse.

—Hijo —Oliver puso su mano sobre el hombro de Greg—, si de algo te consuela; conozco perfectamente a Christopher Miller. Yo lo recibí cuando nació.

—No puede ser —Gregory entornó los ojos.

Un par de horas después, Gregory yacía tendido en una cama de hospital y bajo la fría luz de un enorme foco. Las enfermeras caminaban alrededor de él, preparando todo y dándole la bienvenida a una segunda camilla con el paciente.

—¡Qué alguien me pellizque porque estoy soñando!

Gregory puso sus ojos en blanco al escuchar aquella voz, pero cuando lo vio, cuando realmente lo vio, no pudo evitar que su semblante adquiriera un matiz de enorme sorpresa. ¿En dónde estaba el Christopher que él conocía? ¿En dónde estaba ese hombre alto, atlético, egocéntrico y endemoniadamente atractivo?

—Gregory, no me mires así, por favor.

Greg se ruborizó y dirigió su mirada al techo.

—Tienes prohibido hablar de esto o contarle a alguien que yo soy el donante.

—Ya sé. Oliver me lo dijo.

Los segundos pasaban y el silencio no cedía.




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