Era un 20 de diciembre de 2007. Lucas necesitó enrollar dos sábanas alrededor de su torso para llenar el traje de Santa Claus. Por suerte, la peluca, el gorro y la barba cubrían la mayor parte de su rostro, o no habría tenido el coraje de salir en público.
"Es por una buena causa, es por una buena causa", repetía en su mente mientras entraba al comedor del hospital, donde iba a realizarse la celebración.
Muchos practicantes iban y venían colocando sillas, globos y regalos. Su amigo sonrió al verlo y, en tono burlón, levantó los pulgares. Lucas habría deseado mostrarle el dedo de en medio, pero ese no era un gesto apropiado para Papá Noel, así que se dirigió a una de las esquinas del salón mientras esperaba indicaciones.
En ese momento, ambas puertas se abrieron y entró un grupo de personas, en su mayoría chicas jóvenes. Iban vestidas con atuendos rojos y gorros navideños.
Un par de sujetos comenzó a colocar bocinas y micrófonos en el espacio designado como escenario.
A Lucas le habría encantado quedarse observando las pruebas de sonido de aquellas guapas mujeres, pero entonces la trabajadora social lo apartó para darle algunas instrucciones: los pequeños pacientes estaban por llegar y él debía darles la bienvenida. Respiró profundo y se dirigió a las puertas del fondo. Para su sorpresa, la trabajadora social regresó trayendo a una de las chicas del grupo.
—Lucas, ella es...
—Amanda, mucho gusto —se presentó la joven, estrechándole la mano.
—Amanda, él es Lucas.
—Mucho gusto —dijo él, algo nervioso.
—Ustedes van a recibir a los pacientes conforme los vayan trayendo. Salúdenlos, denles la bienvenida, estrechen sus manos solo si es necesario —dijo entre dientes la trabajadora social—. Algunos tienen enfermedades muy contagiosas, así que les recomiendo evitar el contacto físico tanto como puedan. Aquí tienen unos guantes y, cuando terminen, pueden usar el baño que está en la cocina para desinfectarse; es esa puerta de allá. ¿Alguna duda?
—No —respondieron ambos al mismo tiempo, sintiéndose un poco preocupados por las advertencias recibidas, y tomaron su lugar en la entrada del salón.
Los enfermeros empezaron a llevar a los pacientes. Fue desgarrador y, a la vez, maravilloso ver la sonrisa de felicidad en aquellas caritas pálidas llenas de tubos, vendas y mascarillas, y poder estrechar sus manitas atravesadas por agujas. La recomendación de la encargada resonaba en la cabeza de ambos, pero pronto la hicieron a un lado. ¿Cómo rechazar un abrazo de aquellos angelitos caídos en la batalla de la vida?
Algunos se detenían y, con gran inocencia, les hacían preguntas. Ninguno de los dos solía entretenerse con fantasías, pero en esa ocasión hicieron su mayor esfuerzo por seguirles la corriente y no romperles la magia.
El maestro de ceremonias procedió a dar la bienvenida. Amanda y Lucas esperaron un poco más, pero al parecer ya todos los pacientes estaban en su lugar.
—Creo que ya son todos, ¿verdad? —comentó ella.
—Sí, así parece.
—Voy a lavarme.
—Sí, yo también —dijo Lucas siguiéndola.
Lucas no pudo evitar pensar en lo atractiva que era Amanda. A su belleza se sumaba el hecho de que había sido realmente dulce con los niños. La chica poseía un encanto difícil de ignorar.
Fueron al baño que les habían indicado y, como todo un caballero, él la dejó ir primero. Luego tomó su turno, pero para cuando salió, ella ya no estaba. Pensó que seguramente había vuelto a tomar su lugar en el espectáculo. Estaba algo decepcionado: le habría gustado conocerla mejor.
Regresó al comedor, donde el grupo cantaba villancicos. Era gracioso ver a las chicas tratando de mantener sus movimientos en un nivel apto para todo público; evidentemente, ese no era el tipo de show que ellas acostumbraban dar. De hecho, su canto no era muy armonioso, pero el espectáculo no dejaba de ser entretenido.
Buscó a su chica entre el grupo pero no lograba verla. Todas esas bolsas de soluciones colgando de los atriles interferían con su vista. Quiso acercarse un poco y, disimuladamente, volteó para asegurarse de que nadie lo observara. Para su sorpresa, allí estaba ella, sentada en una de las sillas colocadas contra la pared del fondo, así que decidió acercarse.
—¿Está ocupado? —preguntó Lucas, señalando la silla junto a Amanda. Ella negó con la cabeza y entonces él tomó asiento a su lado—. Pensé que tú también ibas a cantar.
—No, yo no soy muy buena cantando.
—Al parecer eso no es problema —dijo Lucas sonriendo.
—No tengo tantas agallas —dijo ella con una sonrisa cómplice—. En su defensa, ellas en realidad son bailarinas. En un momento harán un par de coreografías y verás.
—¿Vas a bailar con ellas?
—No, no sé las coreografías.
—Así que no cantas, ni bailas. Bueno, supongo que alguien con tu belleza y carisma no lo necesita.
—No sé si sentirme halagada u ofendida —dijo ella, levantando una ceja.
—¡No! Es un halago, definitivamente un halago —aclaró Lucas—. Perdona mi torpeza, es que no suelo hablar con muchas mujeres.