Amigos Sin Derechos

CAPITULO 3

Pasaron once días y el teléfono aún no sonaba. Amanda pasó de sentirse ansiosa y emocionada a sentirse decepcionada; ya hasta había decidido olvidarse de aquel encuentro, aun con lo especial que había sido.

El día de la víspera de Año Nuevo, mientras Amanda ayudaba a su madre y a sus tías a preparar la cena, el teléfono sonó. Su hermanita corrió a atenderlo; unos instantes después la niña gritaba a todo pulmón:

—¡Amanda, es para ti!

—¿Quién es? —respondió ella con el mismo tono alto, mientras se limpiaba las manos.

—¿De parte de quién? —preguntó la niña por el auricular—. ¡Es Lucas! —dijo, dando otro grito.

Su corazón dio un salto y se acercó corriendo a tomar el teléfono.

—¿Aló?

—Hola, habla Lucas. No sé si me recuerdas, nos conocimos en...

—Sí te recuerdo. Pensé que no tenías mi número correcto.

—No, no fue eso, es que dos días después del convivio regresé a mi casa a pasar la Navidad con la familia y me fue imposible comunicarme desde allá. Apenas regresé ayer.

—¡Ah! Entiendo. ¿No vas a pasar el Año Nuevo con ellos?

—Me habría gustado, pero pasado mañana tengo que hacer algunos trámites importantes en la universidad, y si me quedaba, no habría estado a tiempo.

—Ya veo.

—Y... ¿qué vas a hacer mañana?

—Nada en especial, dormir probablemente y comer sobras de la cena de hoy. ¿Por?

—Yo pensaba que tal vez podríamos vernos en algún lugar y platicar. ¿Se puede?

—Sí, claro —dijo ella después de un silencio que a Lucas le pareció eterno.

Acordaron reunirse por la tarde en un pequeño centro comercial que quedaba cerca de la casa de Amanda. Antes de colgar, ella agregó:

—¿Y vas a ir vestido de Santa o cómo le hago?

—¡Tienes razón! No me has visto sin el disfraz. No había pensado en eso. No te preocupes, yo te busco.

***

Al día siguiente, Amanda les dijo a sus padres que iba a ir a la heladería con unos vecinos. El lugar quedaba a unas ocho cuadras de su casa y era algo que ella hacía muy a menudo, así que sus padres le permitieron salir sin ningún problema.

Mientras caminaba a reunirse con su misterioso amigo, muchas dudas empezaron a rondar su cabeza: ¿qué tal si al verlo ya no le agradaba tanto?, ¿qué tal si alguno de sus muchos conocidos la veía a solas con este muchacho e iba con el chisme a su padre?, ¿y si las intenciones de Lucas no eran buenas?, ¿y si era un maleante que quería secuestrarla o vender sus órganos? Estuvo a punto de regresar pero la curiosidad era muy grande y siguió adelante.

Lucas, por su lado, llegó muy puntual. Quería causar una buena segunda-primera impresión. Se bañó, se peinó, se puso su mejor ropa y hasta le robó colonia a su amigo para asegurarse de oler bien. Aun así, no se sentía confiado: no se consideraba «feo», pero no estaba seguro de ser el tipo de chico que atraía a alguien como Amanda. Se preguntaba si ella le habría prestado atención si no hubiera llevado puesto un disfraz. El reloj seguía avanzando, y mientras esperaba, los nervios cada vez lo atormentaban más.

Amanda se acercó lentamente al área de restaurantes donde habían acordado reunirse. Aquel día el lugar parecía un pueblo fantasma: apenas dos de los negocios estaban abiertos. La mayoría de mesas estaban vacías, solo había una pareja de novios al fondo, una familia que había unido varios puestos, algunos niños corriendo alrededor de las mesas y un grupo de muchachos que bromeaban en voz alta y se reían de forma exagerada.

Comenzó a sentirse ansiosa: ¿dónde estaba él?, ¿cómo era? Revisó su reloj. Había llegado veinte minutos tarde; probablemente ya se había ido. Pensó en dar la vuelta e irse, pero en realidad tenía muchas ganas de verlo. Caminó entre las mesas observando con disimulo a las personas y luego decidió sentarse y esperar.

En ese momento, un chico apareció en la entrada: alto, delgado, cabello castaño, piel clara, converse, jeans y una camisa a cuadros sobre la camiseta blanca. Su corazón empezó a latir muy fuerte; bajó la mirada tratando de disimular. Unos segundos después, el muchacho estaba a su lado.

—Hola —dijo.

Ella se puso en pie de un salto y le devolvió un nervioso "hola". Su cara dibujaba un gran signo de interrogación, al cual él respondió señalándose a sí mismo y diciendo:

—Lucas.

—Amanda —dijo ella, imitando el gesto.

—Ya sé —respondió él con una sonrisa amigable.

—Sí, ¿verdad? Bueno, mucho gusto —dijo ella torpemente.

—¿Quieres tomar algo?

Amanda vio alrededor. En aquel día festivo, solo estaban abiertas una heladería y una pizzería.

—Helado, supongo.

Ambos se encaminaron hacia la heladería, ordenaron y luego volvieron a sentarse en una de las mesas. Pronto, y sin mucho esfuerzo, comenzaron a conversar con la misma fluidez de la vez anterior. Era extraña y agradable la manera en que podían abrirse el uno con el otro. El interés genuino que se mostraban los motivaba a expresarse libremente, a hablar sobre cosas personales e incluso manifestar opiniones y facetas de su carácter que normalmente no le mostraban a cualquier persona.




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