La graduación fue en el salón de un prestigioso hotel. El lugar estaba abarrotado de familiares y amigos de las 47 jovencitas que se graduaban ese día. En aquella multitud, era difícil encontrar a Amanda; de hecho, Lucas logró ubicarla hasta que pasó a recibir su diploma y anillo. Su madre era una mujer guapa, muy parecida a ella, solo que con un estilo de vestir mucho más extravagante. Su padre, en cambio, parecía más normal: serio, pero accesible. Era la primera vez que Lucas los veía.
El acto fue largo y tedioso, pero Lucas esperaba ansioso el momento de ver a Amanda y conocer a su familia, sobre todo a los hermanitos de los que ella le contaba tantas historias. Al terminar, la aglomeración le resultó insoportable, así que decidió adelantarse al restaurante indicado en la invitación.
De camino en el taxi, compró una rosa blanca a un vendedor ambulante en un semáforo, pensando que con ese gesto causaría una buena impresión.
Se había puesto sus mejores jeans, una camisa formal y una corbata. Usaba colonia en una medida notoria pero aún agradable, y hasta había estado haciendo ejercicio durante las tres semanas anteriores para proyectar una mejor imagen.
Bajó del taxi sintiéndose confiado y se acercó a la anfitriona del restaurante con invitación en mano. Ella le indicó que el grupo aún no había llegado y le preguntó si deseaba pasar a la mesa o aguardar en el área de espera; él prefirió quedarse en la recepción. Unos minutos más tarde, varios autos ingresaron al parqueo en caravana. Lucas logró distinguir el llamativo vehículo que había recogido a Amanda en el colegio el otro día. Todos los músculos de su cuerpo se tensaron.
Los pasajeros empezaron a descender de los vehículos: allí estaba el novio de Amanda, vestido con un costoso traje hecho a medida y un elaborado peinado, ayudándola a salir. Ella llevaba un vestido azul corto y altísimos zapatos fucsia; se veía hermosa, como una muñeca Barbie. El chico le ofreció su brazo y Amanda lo tomó un momento, pero pronto lo soltó para saludar a los invitados. Sonreía y saludaba aquí y allá, hasta que finalmente su mirada se encontró con la de Lucas. Entonces, con entusiasmo, se adelantó para saludarlo.
—Hola —dijo Lucas.
—Hola, pensé que no vendrías.
—¿Cómo se te ocurre? De hecho, estuve en el hotel, pero no logré encontrarte cuando terminó todo.
—Sí, estaba súper lleno.
Los invitados se agruparon en la recepción, esperando ser ubicados, menos el novio de Amanda, que se acercó a ellos y, clavando sus ojos recelosos en Lucas, colocó el brazo sobre los hombros de Amanda.
—José, Lucas. Lucas, él es mi novio, José —los dos se saludaron con un apretón de manos tan firme como hipócrita—. ¿Es para mí? —preguntó Amanda, mirando la rosa que Lucas sostenía.
—Sí, felicitaciones —respondió Lucas, ofreciéndole la flor tímidamente.
Amanda la recibió, la sostuvo con ambas manos y acercó la nariz para aspirar su aroma.
—Está linda, gracias. Mi color favorito. ¿Pasamos a la mesa?
—Sí, claro —dijo Lucas, cediéndole el paso.
José avanzó sin soltar a Amanda. Lucas caminaba detrás de ellos, tratando de lucir sereno, pero el tipo parecía querer provocarlo: haló a Amanda hacia sí y hundió la nariz en su cabello. Ella se sacudió riendo y volvió a poner algo de distancia, aunque seguía enganchada a su brazo.
Cuando llegaron a la mesa, la madre le señaló a Amanda la silla reservada para ella. José aprovechó para deslizar la mano hasta la parte baja de su espalda, prácticamente tocándole el trasero. El malnacido lo hacía a propósito, marcando territorio. Pero lo que más le dolía a Lucas, era que Amanda parecía cómoda con todo ese toqueteo.
Lucas respiró hondo y se sentó al final de la mesa. Trató de concentrarse en otra cosa, pero las personas junto a él no hacían más que criticar cada aspecto de la ceremonia. Era una conversación tan banal y pretenciosa que Lucas no sabía si era peor ver a Amanda con otro o escuchar a esa gente.
El encargado llegó a avisar que servirían la comida en unos minutos. Mientras tanto, ofrecieron bebidas y una de las tías de Amanda, con actitud extrovertida, sugirió que era un buen momento para abrir los regalos. Los paquetes comenzaron a circular hacia la festejada. José se levantó para ir a buscar algo al auto.
Amanda abrió los presentes: un reloj de pulsera, una cadena de oro, un perfume... La humilde rosa de Lucas pronto quedó sepultada bajo la montaña de envoltorios.
José volvió cargando un enorme oso de peluche con birrete. Todos exclamaron con ternura. Amanda se levantó para recibir el regalo y besar a su novio.
"Qué imbécil", pensó Lucas: sabía que ella odiaba los muñecos de felpa. Aun así, un sentimiento de inferioridad comenzaba a esparcirse por su cuerpo.
Con mucha diplomacia, Amanda dejó el muñeco en una silla separada y continuó abriendo los demás regalos. Cuando terminó, su padre se levantó y, luego de unas tiernas palabras de felicitación, le entregó un regalo que ella abrió con emoción. Los demás se preguntaban qué sería.
—¡Una laptop! —exclamó la hermanita de Amanda, arrancando el papel de un tirón—. ¡Me la vas a prestar, ¿verdad?!
Todos rieron y comenzaron a hacer comentarios, pero entonces la tía de Amanda pidió silencio.