Amigos Sin Derechos

CAPITULO 8

Casi no la reconoció cuando la vio llegar. Ya no era la chica de largo cabello ondulado; ahora lo llevaba más corto, a la altura de los hombros, lo había alisado y se había teñido un mechón de color rojo vibrante. La ropa le quedaba ceñida al cuerpo y era toda en tonos oscuros. Las puntas de un zarcillo plateado sobresalían a ambos lados de una de sus cejas. Lucas estaba sorprendido, pero no decepcionado; aún le parecía hermosa, aunque ya no en la forma dulce e inocente de antes.

—Buenos días, Doc.

—Hola. Te ves bien.

—Gracias, tú también —respondió sonrojándose por la forma en que él la miraba.

—¿Te gusta el pie? —preguntó Lucas sin más. Ella asintió con la cabeza—. Hay un lugar cerca de aquí donde hacen unos pasteles deliciosos. Es muy modesto, pero creo que te gustará.

—Se oye bien, vamos —dijo ella.

Entonces él le puso la mano alrededor de la cintura para guiarla. Eso era diferente: ella estaba acostumbrada a un Lucas nervioso, inseguro y hasta algo torpe, que rara vez la tocaba. Ahora los papeles se habían invertido, y era ella quien se sentía nerviosa y torpe.

—¿Y cómo has estado? —preguntó Amanda, tratando de parecer relajada mientras caminaban por la calle.

—Bien, supongo —ella lo miró expectante, dejándole saber que debía ser más claro—. No pasa nada malo, solo que me cuesta asimilar los cambios, y últimamente ha habido tantos: nueva casa, nuevo trabajo, mi hermano, mi mamá, el nuevo novio de mi mamá... y aún vienen más cambios: mi madre quiere que vivamos todos juntos. Y con "todos" me refiero a su marido también. Además, empiezo prácticas pronto.

—¡Wow!

—Sí, pero hablemos de otra cosa, ¿quieres? Cuéntame algo. ¿Qué ha sido de ti?

—No mucho. Digo, ¿qué quieres que te cuente? Hemos pasado qué... tal vez quince días sin hablar, y lamento decepcionarte, pero yo no tengo una vida complicada e intensa como la tuya. Déjame ver... ¡Ah, sí! Fui al supermercado el otro día y compré acondicionador en lugar de champú. Fue devastador: era de una línea de productos muy caros.

—¡Oh, Dios! ¿Cómo encontraste la fuerza para seguir adelante después de eso?

—Soy más fuerte de lo que parezco. Pensé: "todos cometemos errores", me lavé el cabello con jabón de manos y salí al mundo con la frente en alto.

—Desearía ser como tú.

—¡Al fin lo admites! —dijo ella con una sonrisa maliciosa—. Estoy tan orgullosa de ti. Creí que nunca lo dirías. Ya sabes que cuentas conmigo, Lulú, y si alguna vez decides salir del clóset o simplemente quieres experimentar un poco, puedo prestarte ropa, maquillarte...

—¡¿Por qué insistes con eso?! —Se detuvo abruptamente, la tomó por el brazo y la acercó a él para susurrarle al oído—. Cuando quieras te demuestro lo mucho que me gustan las mujeres.

Un escalofrío recorrió el cuerpo de Amanda. Él nunca le había hablado de esa forma. Sí, ella había fantaseado muchas veces con despertar en él una reacción como esa, pero ahora que lo había logrado, no sabía qué hacer. Soltó su brazo bruscamente y dijo nerviosa:

—¿Qué te pasa?

Lucas no había querido incomodarla, solo quería que ella dejara de burlarse de él por su timidez.

—¡Perdón! Es que ya me cansé de que constantemente estés insinuando que soy gay. ¡No lo soy! Y no me gusta que hagas esas bromas, no es gracioso.

—Perdóname, ya no lo voy a hacer.

Ambos siguieron caminando en silencio. No querían decir nada que pudiera arruinar la cita. Después de todo, tenían tantas ganas de estar juntos.

Llegaron. El café quedaba en una pequeña casa de una calle residencial. Se habían acomodado unas mesas y una vitrina en la pieza frontal, y algunas mesas más en el garaje contiguo que se prolongaba hasta un pequeño jardín interior. Todos los muebles eran de madera oscura, las mesas estaban vestidas con manteles bordados a mano, y en las paredes había varios cuadros con motivos religiosos. Aquí y allá, adornos rústicos le daban al lugar una apariencia antigua.

—Adorable, que vintage, parece casa de abuelita —dijo Amanda en voz baja.

—Lo es —dijo Lucas, señalando con la cabeza a una anciana que se acercaba lentamente a ellos con una amable sonrisa.

Ordenaron dos pies de limón y chocolate caliente, y luego se dirigieron a una de las mesas del garaje. Era una mañana gris de octubre y hacía frío. Ella tomó asiento y él, casi por inercia, se sentó en la misma banca que ella, quedando lado a lado como siempre. Amanda se acurrucó buscando en él algo de calor. Lucas la abrazó y así permanecieron un rato, hasta que la anciana se presentó con su orden. Para Amanda fue muy grato ver a Lucas siendo tan afectuoso.

El pie en verdad estaba delicioso, y Lucas se mostraba complacido al ver que a Amanda le había gustado.

—¡Mmm, delicioso! ¿Cómo encontraste este lugar? —dijo Amanda.

—Ahora vivo a unas calles de aquí, así que vengo seguido a comprar comida. Todo es muy bueno, pero lo mejor es este pie.

—¿Ya estás viviendo con tu mamá?

—No, solo con mi hermano, pero mi mamá se va a mudar con nosotros el otro mes. Ella todavía está en nuestro pueblo. Te conté que es directora de un colegio, ¿verdad? Pues se comprometió a terminar el ciclo escolar; viene en cuanto acabe.




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