Atardecía cuando Lucas llegó corriendo al auditorio. Estaba ansioso por ver a Amanda, pero se preguntaba si seguía molesta.
Comenzó a buscarla con la mirada; no estaba allí, y el corazón le dio un tirón. Sacó su celular para llamarla, pero entonces escuchó la voz de Amanda detrás de él.
—Qué impaciente, apenas llegué quince minutos tarde —dijo.
Lucas volteó, y al verla, la abrazó aliviado.
—Ok, me extrañaste, ya entendí, no exageres —añadió ella con sarcasmo, aunque le agradaba que Lucas la abrazara.
—Te ves muy bonita —dijo él, dando un paso atrás para admirarla.
—Gracias —respondió ella, sonriente.
Amanda llevaba un vestido con encaje, ceñido en la cintura y holgado en la falda. Su maquillaje y sus uñas eran más naturales que la última vez.
—¿Qué pasó con las uñas negras y el arete en la ceja? —preguntó Lucas con curiosidad.
—No los necesito para ser interesante, ¿cierto? Bueno, la verdad es que no quería que me siguieras fastidiando.
—Sabía que era una etapa —dijo Lucas en tono de broma.
Amanda lo golpeó juguetonamente con el codo. El lugar ya había comenzado a llenarse, así que se apresuraron a entrar. Los asientos delanteros estaban reservados para los estudiantes de primer año y sus familias, por eso eligieron un par de espacios en la parte de atrás.
Lucas estaba nervioso; temía que Amanda se aburriera o que no comprendiera lo importante que era todo aquello para él.
La ceremonia comenzó, y luego de los actos protocolarios, algunas autoridades de la facultad ofrecieron una serie de discursos. Describían distintos aspectos de la carrera y la práctica de la medicina. Ella escuchaba con atención, y por momentos se le humedecían los ojos. Giraba el rostro para que Lucas no la viera, pero él igual lo notaba y se conmovía con su reacción.
Uno de los oradores mencionó cómo sus dedos se habían llenado de callos de tanto escribir, y Amanda no pudo resistir el impulso de explorar las manos de Lucas. Deslizó sus dedos suavemente por los de él y pudo sentir los surcos que las plumas habían dejado en su piel. Lucas tomó la mano de Amanda entre las suyas y, con ternura, la acercó a su pecho. Ella colocó su cabeza sobre el hombro de Lucas mientras continuaban escuchando.
—Y si piensan que las clases son difíciles —dijo el orador que estaba en el escenario—, esperen las rotaciones clínicas, los internados, la residencia, la vida de doctores en general. Ahí es cuando su vocación verdaderamente se pondrá a prueba: cuando tengan que atender pacientes sin haber dormido, sin comer bien; cuando pasen esos largos días lejos de casa y de todos los que aman...
Amanda soltó a Lucas y volvió a acomodarse en su silla. No le gustaba cómo sonaba aquello. Lucas también estaba muy pensativo.
Finalmente llegó el esperado momento de las batas blancas, y los ojos de todos los presentes se llenaron de lágrimas al escuchar las palabras alusivas al acto:
—Hoy, al ponerse esta bata, no solo visten una prenda blanca. Deben mantenerse libres de manchas, cuidar su higiene, pero sobre todo, su ética. Están vistiéndose de responsabilidad, de humanidad, de entrega. En estos bolsillos llevarán más que instrumentos médicos: deberán llevar la confianza de sus pacientes, compasión para los que sufren, esperanza para quienes la necesitan. Ser médico no es solo estudiar libros; es mirar a las personas con empatía y hacer todo lo que sea posible para ayudarlas a sanar. Y si eso no es posible, al menos dar alivio a su dolor. Muchos de ustedes soñaron con este momento desde niños. Otros llegaron aquí sin saber que esta sería su vocación. Pero todos tienen cosas en común: el coraje, el esfuerzo, la disciplina, el sacrificio que esta profesión requiere... y sobre todo, el amor por el prójimo y el deseo de hacer el bien. Si no tienen eso, están en el lugar equivocado. No son dignos de esta bata...
Luego fueron llamando a los estudiantes uno por uno para colocarles la prenda distintiva. Sus familiares lloraban de felicidad mientras tomaban fotos.
—¿Tu mamá también lloró? —preguntó Amanda.
—Toda la ceremonia —respondió él con un suspiro.
—Debe estar muy orgullosa de ti.
Lucas sonrió. Una vez que todos tuvieron sus batas, repitieron una versión del juramento hipocrático, y el acto concluyó con las palabras de despedida. Pero Amanda y Lucas salieron un poco antes para evitar la aglomeración.
Se dirigieron caminando a un bar cercano, donde se reuniría la clase de Lucas. Él se sorprendió al ver que varios de sus compañeros ya estaban allí. Al parecer, ni siquiera habían asistido a la ceremonia. Se notaba que llevaban un buen rato bebiendo, pero no los culpaba; estaban bajo mucha presión en ese momento.
Lucas se acercó a su grupo, los saludó y luego presentó a Amanda.
—Ella es Gaby, Kevin y Lili —dijo Lucas señalándolos mientras los nombraba—. Amigos: Amanda.
Se saludaron cortésmente e, inmediatamente, comenzaron a hacer alboroto porque Lucas no llevaba puesta la bata blanca. Él la sacó de su mochila y se la puso. Sus amigos le dieron palmadas en la espalda y apretones afectuosos mientras brindaban.
Lucas y Amanda no tenían con qué brindar, así que él dijo que irían por algo de beber y volverían. Una de las amigas de Lucas escaneó a Amanda con la mirada, pero ella no le dio importancia.