¿Qué era lo que Lucas iba a decirle aquella noche en el taxi? Todas las noches, Amanda tejía conversaciones imaginarias intentando responderse esa pregunta. Deseaba saber si Lucas la amaba, pero no lo había dejado terminar, porque en el fondo no estaba segura de si estar con él la haría feliz o miserable. Él nunca tenía tiempo, y ambos eran muy celosos. Una relación en la que no pudieran verse, difícilmente podría funcionar. Y si él decidía estar con ella y dejarlo todo, seguro ella se sentiría culpable, o quizás Lucas acabaría arrepintiéndose.
Ser amigos parecía menos complicado. Así que eso fue lo que hicieron durante años. Llamadas telefónicas, salas de chat, correos electrónicos, mensajes de texto, reuniones en horarios extraños: desayunos a las seis de la mañana, cine un martes por la tarde, canchas de fútbol a las diez de la noche, compras de supermercado, fiestas de cumpleaños y hasta funerales. Cualquier excusa, cualquier momento libre en el que coincidieran, era bueno para estar juntos.
Para Lucas, la voz adormitada de Amanda era la cosa más sensual del mundo. Amanda, por su parte, adoraba los mensajes de texto que él le enviaba y los guardaba para leerlos una y otra vez.
Por supuesto, no era fácil, ni mucho menos perfecto. Aunque se mantenían en contacto, la vida seguía su implacable curso, transformándolos continuamente. Algunas veces sentían la certeza de que eran el uno para el otro, y otras veces, parecía que ya no se conocían.
Él no siempre estaba de buen humor; en ocasiones se mostraba cansado o distraído. Ella lo entendía, pero no siempre tenía la paciencia para lidiar con su mal genio.
Ella cambiaba su lenguaje y sus gestos constantemente, y eso hacía que Lucas se preguntara cómo eran las personas con quienes ella pasaba el tiempo. Los celos lo agobiaban, especialmente porque, a diferencia de él, Amanda rara vez le presentaba a sus amigos y casi nunca lo invitaba a sus reuniones familiares.
Apenas hablaban sobre sus relaciones con otras personas. Era una especie de acuerdo implícito entre los dos para ahorrarse sufrimientos. Pero era evidente que Amanda salía con otros muchachos. Lucas sufría en silencio, pero ¿qué podía hacer? Sabía que no podía darle la atención ni la compañía que ella merecía. Él también intentaba relacionarse con otras mujeres, pero era realmente difícil, no solo por lo absorbente de sus compromisos, sino por la escala de atributos que había creado, mitificando las cualidades de Amanda.
Entre el quinto y sexto año de su carrera, Lucas fue enviado a diferentes regiones del país. A mediados de su internado, fue asignado al hospital de la segunda ciudad más grande del país. El director del hospital era un renombrado intensivista que, además de haber sido catedrático en varias universidades, tenía una intachable reputación debido a su ética profesional. Lucas lo admiraba. Aquel hombre encarnaba todo lo que él quería ser como profesional, y el director también sentía gran aprecio por su joven aprendiz. Lucas siempre estaba ansioso por ayudar y aprender; su inteligencia y buena actitud lo hacían resaltar entre el montón.
El médico en mención iba a asistir a un congreso de medicina en una ciudad cercana, pero inesperadamente, dos días antes del evento, falleció un doctor retirado muy querido por todos. Dado que la mayoría de médicos del hospital asistirían al funeral, el director decidió cederle su lugar a Lucas, quien aceptó, sorprendido y agradecido.
El congreso duró dos días y se realizó en una zona hotelera cerca de la playa. Para cerrar el evento, los participantes recibieron una charla muy breve sobre los beneficios de la zumba como opción de ejercicio y terapia. Era un tema bastante fútil comparado con los anteriores, pero tras la charla, el conferencista anunció una pequeña demostración durante el cóctel de despedida, lo cual fue muy bien recibido por los cansados participantes.
Lucas salió sin prisa al lobby, donde los asistentes se relajaban bebiendo, degustando tapas y observando a cinco bellas chicas que bailaban detrás del instructor. En uno de los extremos del escenario, una joven peinada con dos trenzas llamó su atención.
Se trataba de Amanda, vestida con un ajustado traje negro con detalles en verde neón. Estaba hermosa. Su rostro se veía algo aniñado con ese peinado, pero del cuello para abajo era una mujer en todo el esplendor de su juventud.
Lucas nunca la había visto bailar. Trataba de seguir la conversación con sus compañeros, pero las caderas de Amanda moviéndose de un lado a otro, sus glúteos firmes, sus piernas fuertes, los latigazos de su cabello agitándose al viento, sus senos rebotando con cada salto... eran algo hipnótico. Ella sonreía todo el tiempo, pero no era una sonrisa coqueta y forzada como la de sus compañeras. De hecho, parecía evitar el contacto visual con los espectadores. Se veía tan concentrada que Lucas decidió mantenerse alejado para poder admirarla sin perturbar su actuación.
El grupo bailó por casi una hora, y luego varios de los presentes se acercaron para tomarse fotos con las chicas. Lucas esperó pacientemente hasta que la multitud se fue dispersando. Cuando ya solo quedaban algunas personas, Amanda lo distinguió desde lejos e inmediatamente corrió a abrazarlo.
—¡Lu, qué sorpresa! ¿Por qué no me avisaste que ibas a estar aquí?
—Fue algo de último minuto. Tú tampoco me contaste que estarías aquí.
—Me olvidé, supongo. Como hablamos tan poco últimamente...