Amigos Sin Derechos

CAPITULO 11

"Tiene novio, Doc.". Esa frase resonaba una y otra vez en la cabeza de Lucas; los celos lo atormentaban. Trató de encontrar alguna actividad para distraerse, pero sus compañeros solo querían dormir.

Regresó a su habitación a las nueve de la noche, se duchó, encendió la televisión para tener algo de ruido de fondo y se puso a estudiar. Las imágenes de Amanda bailando relampagueaban en su mente de vez en cuando, pero él intentaba no prestarles atención. Pasadas las once, justo cuando se disponía a dormir, su celular sonó. Era ella.

—¿Hola? —dijo Lucas, algo sorprendido.

—Hola, ¿te desperté?

—No, para nada. Estaba estudiando.

—¿Estudiando? ¿En serio? Eres un aburrido, Lu. Como sea, te necesito. Mis amigas se fueron con unos tipos que conocimos en el bar, pero yo preferí regresarme al hotel. El problema es que acabo de llegar a la habitación y, al parecer, el instructor está dándole una "sesión privada" a una de mis compañeras. Me preguntaba si tal vez podríamos juntarnos un rato, solo para pasar el tiempo mientras ellos terminan lo que están haciendo.

—Claro, ¿estás sola?

—Sí.

—¿Dónde estás?

—Ahora mismo, en el Hotel Interamericano, pero...

—¡Yo también!

—¿En serio? ¿En qué habitación?

—541. Pero si prefieres, nos vemos en el lobby o en la piscina —sugirió Lucas.

—No, no te muevas. Estaré allí en un minuto, y ya luego vemos qué hacer.

—Ok, nos vemos —dijo Lucas, colgando emocionado.

Recogió los libros que estaban sobre la cama, estiró las sábanas y fue al baño a aplicarse enjuague bucal, desodorante y colonia. En ese momento tocaron la puerta y acudió rápidamente a abrir.

Allí estaba ella. Llevaba zapatos altos, unos shorts a medio muslo y una blusa con hombros caídos.

—Hola, pasa —dijo Lucas, sosteniendo la puerta.

—¡Linda habitación! Individual. El tacaño de mi papá nos puso en habitaciones triples.

—Sí, era para mi jefe. Él no pudo venir y me la cedió.

—Te estás haciendo notar, pueblerino. Estoy orgullosa de ti —dijo dándole un pequeño codazo.

Ella emanaba un fuerte olor a alcohol; su cabello y su blusa estaban empapados.

—¿Qué te pasó? —preguntó Lucas.

—¿Recuerdas a la tipa escandalosa de hace rato? Por alguna razón cree que bañarnos con cerveza es sensual. Lo hace siempre. Lo odio, pero a ella le da igual. Está loca.

—Tú y tus amigos. —dijo él, moviendo la cabeza con desaprobación—. ¿Quieres cambiarte? Creo que tengo una sudadera que podría prestarte.

—Te lo agradecería mucho —respondió ella.

Lucas corrió a la esquina de la habitación donde tenía su maleta y empezó a revolverla en busca de la sudadera. Cuando volteó, Amanda ya se había quitado los zapatos y la blusa. Solo un pequeño top rosa y la bata blanca de Lucas cubrían su torso bronceado. Él quedó atónito.

—¿Qué te parece? —preguntó ella, agitando las mangas de la bata que le quedaban demasiado largas.

—Se te ve bien —respondió, tragando grueso.

—¿En serio? En ese caso subiré una foto a mi Facebook —dijo sacando su celular.

Él le quitó el teléfono y lo puso sobre la cama.

—No creo que sea buena idea.

—¡Ah! ¿Cuál es el punto de ponerte esta cosa si no puedes presumirlo? Espera, ya sé. Vi unos doctores en la piscina, voy a saludarlos desde el balcón —dijo emocionada, caminando hacia la puerta.

—¡Estás loca! —dijo Lucas, lanzándose sobre la cama para alcanzarla antes de que la abriera.

—No seas aguafiestas —replicó ella, pasando su brazo a un costado de Lucas para buscar la perilla de la puerta.

Sus cuerpos estaban muy cerca, casi tocándose. El deseo acumulado por años comenzó a recorrerlos como las olas que reventaban afuera en la playa. Sus miradas se cruzaron en silencio, y ella dijo:

—Tú ganas. ¿Te molestaría si tomo una ducha?

—No, adelante.

Amanda retrocedió y con un solo movimiento, dejó caer la bata blanca de sus hombros. Tomó la sudadera que Lucas sostenía en la mano y se dirigió al baño.

Lucas estaba estupefacto. Nunca se había sentido tan excitado y nervioso a la vez. Revisó su aliento, sus axilas, su cabello. Apagó la luz: estaba muy oscuro. Encendió una lámpara y se tumbó en la cama. Tomó el control del televisor y empezó a cambiar canales, tratando de lucir relajado. Su mente intentaba jugarle sucio como siempre, abrumarlo, acobardarlo. ¡No tenía condones! ¡Mierda! Bueno, eso no era un problema, seguro podría conseguirlos si ella se los pedía. Debía dejar de pensar tanto.

Mientras tanto, Amanda se había transformado en el baño. En su pequeño bolso tenía lo necesario: peine, perfume, cepillo de dientes, brillo labial... todo, excepto condones. Bueno, algo inventarían. No iba a dejar que ese pequeño detalle arruinara la noche que había anhelado por años. Se vio una última vez en el espejo, respiró profundo y abrió la puerta.




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