Amigos Sin Derechos

CAPITULO 13

Cuando terminó de hacer los trámites en administración, Amanda volvió a la habitación de Bruno. Tomó asiento junto a él y buscó su mano debajo de la sábana. Entonces notó que lo habían atado. Al retirar la manta, vio correas sujetando los brazos, las piernas y el torso de su esposo. No entendía por qué habían tomado esa medida, y la incertidumbre la alteró de inmediato.

Salió apresurada hacia la estación de enfermería, exigiendo hablar con el médico. Las enfermeras intentaban explicarle, pero ella no paraba de hacer preguntas. Parecía estar perdiendo el control. Entonces alguien le pasó el brazo por los hombros. Lucas había acudido al escuchar el alboroto.

—Calma, Amanda, escúchame —ella guardó silencio de golpe, como hipnotizada por los ojos de Lucas—. No te asustes, Amy, no pasa nada. Simplemente debemos tomar ciertas medidas por la seguridad del paciente. Las correas son solo para prevenir que se caiga o se haga daño si presenta movimientos involuntarios. Tienes que confiar en nosotros.

—Lo siento... no sé qué me pasa. ¡Esto es tan difícil! —respondió ella sin poder contener el llanto. Él la abrazó suavemente, pero Amanda se soltó casi de inmediato.

—¿Quieres que te consiga algo para calmarte? —ofreció Lucas.

—No, gracias. Estaré bien —respondió Amanda, secándose los ojos.

Él le acarició el brazo con suavidad y se alejó, dedicándole una sonrisa dulce, a pesar del rechazo que ella mostraba. En ese momento llegaron la madre y la hermana de Amanda.

—¿Qué pasó? —preguntó su madre, preocupada.

—Nada —respondió Amanda, recobrando la compostura.

—Qué doctor tan amable —comentó su hermana.

—Es Lucas —indicó Amanda, comprendiendo a quién se refería.

—¡¿Lucas?! ¿Tu Lucas? —preguntó incrédula su hermana.

—Sí. Mi viejo amigo Lucas —respondió Amanda, muy seria.

—¿Tu antiguo amigo con derechos? —insistió la jovencita.

—Solo amigos, SIN derechos —afirmó Amanda enérgicamente.

—Tiene buen trasero tu amiguito, Amy —dijo la hermana en voz baja.

—¡Alejandra! —regañaron Amanda y su madre al mismo tiempo. La joven inclinó el rostro, apenada.

—Aunque tiene razón —comentó la madre luego, con una sonrisa pícara.

—¡Mamá! —exclamó Amanda, sin poder evitar sonreír un poco.

Ella también lo había notado. Era imposible no hacerlo. Desde el primer momento le sorprendió lo masculino que se veía ahora. Ya no era el muchacho delgado de antes. Sus brazos y espalda lucían más anchos, su abdomen tonificado se adivinaba incluso bajo la camiseta que llevaba bajo la bata, y su trasero firme llamaba bastante la atención. Llevaba el cabello un poco más largo y el peinado alborotado acentuaba sus alargados ojos. Por supuesto, Amanda guardaba sus observaciones para sí y trataba de que ese olor a loción costosa y testosterona no la distrajera.

***

El tiempo parecía inestable dentro de la habitación de Bruno. Algunas veces volaba, otras, se detenía por completo. Amanda no lograba disfrutar de la compañía de nadie, y siempre que podía, se encerraba sola con su esposo, cerrando las cortinas para no enterarse de lo que ocurría afuera. Aquella sala del hospital era deprimente: todos los días había llanto, y la amenaza de la muerte rondaba constantemente.

Amanda trabajaba como vendedora en una importante distribuidora de pisos y alfombras. Sus principales clientes eran gimnasios y centros deportivos. Llevaba más de dos años en la empresa y tenía muy buena relación con sus compradores, así que no le fue difícil idear una nueva dinámica laboral. Cumplía con sus reuniones tratando de ser lo más breve posible y, en cuanto podía, regresaba al lado de su esposo.

Al caer la tarde, algunos amigos y familiares solían visitarla para hacerle compañía y chequear el estado de Bruno. Luego de que se marchaban, Amanda hacía sus reportes y otras tareas del trabajo hasta quedarse dormida en el sofá junto a la camilla. Muy temprano por la mañana regresaba a casa para prepararse para un nuevo día. Y la rutina volvía a empezar.

Un sábado por la noche, a casi dos semanas del accidente, Lucas fue a la cafetería del hospital por algo de beber y luego, como era su costumbre, salió a la pequeña terraza del comedor. Le gustaba ese lugar. Por las noches quedaba desierto debido a la poca iluminación y al viento helado que lo cruzaba.

Esa noche, al atravesar la puerta corrediza, notó que Amanda también estaba allí. Por un momento pensó en darse la vuelta. Ella había sido muy fría con él desde su desafortunado reencuentro, pero no pudo evitarlo: ansiaba saber qué había sido de su vida. Hasta ese momento no habían intercambiado más que un par de saludos, y no le parecía natural saber más sobre el marido que sobre su gran amiga. Salió resuelto, se sentó junto a ella en la banca y preguntó:

—¿Qué haces aquí sola?

—Me escondo —respondió Amanda, mirándolo brevemente antes de volver a enfocarse en el horizonte.

—¿De quién?

—De las visitas. Hoy vino mucha gente y no estoy de humor para responder las mismas preguntas una y otra vez. ¿Y tú qué haces?

—También me escondo de las visitas. Estoy muy cansado para contestar las mismas preguntas una y otra vez.




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