Amigos Sin Derechos

CAPITULO 15

Amanda despertó en el borde de la cama de su esposo. Afuera, las enfermeras se organizaban para suministrar la primera ronda de medicamentos y asistir a los pacientes en el baño matutino.

Se levantó y se estiró un poco, tratando de aliviar su adolorido cuerpo. El dolor de espalda era particularmente intenso esa mañana, así que buscó en su bolso algunos analgésicos. La botella de agua estaba vacía, por lo que tuvo que dirigirse al oasis de la sala de espera.

Cuando volvía a la habitación, Lucas apareció por el pasillo hablando por teléfono. Se veía ocupado, así que Amanda solo hizo un gesto con la cabeza para saludarlo, pero él se detuvo, le dio un beso en la mejilla, le susurró un "buenos días, linda" y luego siguió su camino. Amanda volteó hacia atrás para verlo una vez más y se encontró con que él también la observaba, sonriendo.

Entró en la pieza de su esposo; las enfermeras ya habían empezado con los medicamentos. Las saludó y se metió al baño para arreglarse un poco mientras ellas terminaban la rutina. Al verse en el espejo, le sorprendió cómo su rostro parecía haberse iluminado por el simple saludo de su amigo, el doctor López.

Al principio, todas las confesiones que él le había hecho la hicieron sentirse halagada. Era como si su orgullo hubiera sido reivindicado, y eso se sentía muy bien. Pensó que era solo eso: satisfacción, el placer de saberse agradable a los ojos de otro.

Pero los días fueron pasando y, a la luz de las últimas revelaciones, comenzó a notar detalles en el comportamiento de Lucas que siempre habían estado allí, pero que antes no había visto... o no había querido ver.

Fue como si una venda le hubiera sido quitada de los ojos y por fin pudiera ver con claridad cuán especial era el trato que él le daba en comparación con otras personas: lo nervioso que a veces se mostraba en su presencia, cómo se guardaba ciertos comentarios con tal de mantenerla a gusto, cuánto se esforzaba por hacerla reír, cuánta ternura había en sus abrazos, cuánto deseo escondido en esas caricias que antes le parecían inocentes. Ese interés que él no podía ocultar la hacía sentir muy especial, y comenzó a volverse como una droga que la aliviaba del desgaste emocional que vivía.

Sus encuentros ya no eran solo casuales; también los propiciaban un poco. Pequeñas charlas entre una labor y otra, mensajes, algunas comidas apuradas, meriendas de medianoche en el balcón de la cafetería, donde Lucas la ponía al tanto de todos los chismes del hospital y la hacía reír con su humor negro.

Desafortunadamente, a Amanda le importaba demasiado lo que los demás pudieran pensar de ella, y se esforzaba por ocultar el afecto que sentía por el apuesto doctor.

Si conversaban dentro de alguna clínica, ella se aseguraba de dejar la puerta abierta. Si se sentaban a la mesa, ocupaba el lugar opuesto al suyo. Siempre buscaba la forma de que sus interacciones se vieran inocentes, para no dar pie a malentendidos. Trataba de mantener la distancia porque cada vez que se acercaba demasiado, Lucas terminaba abrazándola.

Se sentía feliz cuando estaba con él. Por esos breves momentos, lograba olvidar su difícil realidad. Pero luego venían los horribles episodios de culpa, en los que sentía que no era correcto sentirse bien en esas circunstancias. Sentía que le fallaba a Bruno y que era una persona terrible.

A ratos le parecía que todos la veían y la juzgaban en secreto, como si todos supieran lo que sentía por Lucas. Su madre había desempolvado la vieja mirada de reprobación. Amanda intentaba convencerse de que solo era por su sexto sentido materno, y no porque estuviera haciendo algo malo. Aun así, por precaución, casi no hablaba con Lucas cuando había visitas presentes, y cuando él entraba a la habitación de su esposo, siempre buscaba alguna excusa para salir. Era como si sintiera que Bruno la observaba... aunque él ya llevaba más de cinco semanas sin mostrar ningún tipo de respuesta a lo que ocurría a su alrededor.

En ocasiones, había deseado que todo acabara de una vez para poder seguir adelante con su vida. Pero estos pensamientos, aunque involuntarios, la hacían sentirse despreciable.

Una mañana, se lavó la cara y los dientes, se arregló el cabello y volvió al lado de Bruno. Se puso de rodillas junto a la camilla y, como cada mañana, hizo una oración mientras sostenía la mano inerte de su esposo. Al terminar, se inclinó y lo besó con ternura: primero los labios, luego el hombro. Tomó su cartera y se dirigió a la puerta, pero entonces algo la impulsó a volver la mirada. Su corazón dio un tremendo salto cuando vio que Bruno tenía los ojos abiertos, clavados en el techo de la habitación.

Corrió hacia él y sostuvo su rostro con ambas manos, intentando comprobar si lo que veía era real. Sus bellos ojos grises seguían abiertos y parecían mirar hacia arriba con atención. Lo besó una y otra vez, sollozando de alegría, y luego corrió a la puerta gritando desde el umbral que su esposo había despertado.

Las enfermeras entraron en la habitación, sobresaltadas, y ella se apartó para que pudieran revisarlo. Lucas y otro doctor llegaron unos momentos después y comenzaron a revisar los ojos de Bruno con una linterna.

Amanda los observaba llorando de emoción, pero el ir y venir del personal la obligó a apartarse hasta que terminó saliendo al pasillo.

Tomó el teléfono y empezó a llamar a todos para darles la noticia entre espasmos de llanto y risa. Entonces, el otro doctor le hizo señas desde adentro para que se acercara. Ella acudió de inmediato y, justo en la puerta, se topó con Lucas, quien simplemente la esquivó y salió de la habitación con la cabeza baja, sin voltear a verla.




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