Ese había sido un turno difícil para el doctor López. Eran cerca de las dos de la madrugada cuando salió del quirófano, agotado y hambriento. Decidió comer algo antes de ir a tomar una siesta. A esa hora, la máquina dispensadora de la cafetería era su única opción. Sacó dos barras de cereal y comenzó a devorar una de inmediato.
Mientras salía, vio de reojo la luz de un celular brillando a través de la puerta de cristal de la terraza. Supo enseguida que se trataba de Amanda. Quiso ignorarla y seguir alejándose de ella, como lo había estado haciendo en los últimos dos días, pero no tuvo corazón. Sabía que ella lo necesitaba, y le pareció atroz dejarla sola con su tristeza en medio de la noche.
Salió al balcón y, en silencio, se sentó junto a ella en el asiento forrado de cuero. Amanda le sonrió sin decir palabra y volvió a mirar su teléfono. Él le ofreció la otra barra de cereal, pero ella se negó con un leve movimiento de cabeza.
—¿Cómo estás? —se atrevió a preguntar Lucas, finalmente.
Ella negó con la cabeza, y las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas. Él la abrazó de inmediato, pero Amanda sacudió los hombros, así que la soltó. Se acomodó de nuevo en la banca y, mientras se secaba el rostro, dijo:
—Estaba tan feliz cuando abrió los ojos. No hay palabras para describir la alegría y la gratitud que sentí en ese momento. Traté de no hacerme muchas ilusiones, de verdad traté, pero no pude evitar sentirme algo optimista.
Respiró hondo.
—El neurólogo dice que pasó a un estado vegetativo, que en realidad no ha mejorado. Abrir los ojos fue solo un reflejo. Sus posibilidades de recuperación siguen siendo muy bajas, quizá más bajas que antes… ¿Para qué te cuento esto? Seguro tú ya lo sabes. Apuesto a que lo supiste desde el momento en que abrió los ojos.
Él no respondió.
—¡Esto es como un horrible y cruel castigo! —exclamó Amanda, cerrando los ojos con fuerza para contener el llanto.
—No, no es eso. Tú no has hecho nada malo. Solo son cosas que pasan —dijo Lucas, conmovido por el razonamiento de Amanda. Aunque resultara absurdo, a veces él también se sentía culpable por sus sentimientos hacia ella.
—La vida es cruel —dijo ella, como recordando algo—. Sabes, luego de aquella noche que pasamos juntos en el hotel, volví a mi habitación. Era muy temprano y, de repente, Bruno apareció en la puerta. Me dijo que mi papá le había dado permiso para llevarme de regreso a casa. Me pareció un poco raro, pero acepté porque estaba muy molesta contigo.
Lucas eligió no decir nada, quizás lo que Amanda necesitaba era soltar todo.
—Vimos el amanecer, nadamos, paseamos, comimos, fue un día entretenido. Pero, aunque suene horrible, no podía dejar de pensar en ti. En ese entonces, entre Bruno y yo solo había atracción. La verdad, yo no sentía nada por él.
Suspiró.
—Regresamos por la noche, bastante tarde. Cuando llegué a casa, todas las luces estaban encendidas y supe de inmediato que algo andaba mal. Entré corriendo y encontré a mi madre y a mis hermanos en un mar de lágrimas. Mi papá acababa de dejarnos. Se había llevado sus cosas y le había pedido el divorcio a mi mamá.
—¡Wow! —murmuró él tristemente sorprendido.
—Sí. Creo que mi papá mandó a Bruno a buscarme para que yo no estuviera presente cuando se fuera. Dijo que mi mamá se había vuelto una mujer imposible de soportar.
Lucas no sabía qué hacer, más allá de seguir escuchando. Amanda prosiguió:
—Verás, cuando mis hermanos nacieron, ella decidió dejar la empresa en manos de mi papá y dedicarse a ellos. Pero empezó a deprimirse. No se arreglaba, no se ocupaba de la casa, ni siquiera cuidaba bien a mis hermanos. Mi padre y yo éramos los que tratábamos de que todo funcionara.
—Ella se quejaba todo el tiempo, fingía estar enferma, peleaba por cualquier tontería. Era celosa, desconfiada, ¡incluso conmigo! Mientras más trabajaba yo con mi papá, peor me trataba. Insinuaba que le cubría sus aventuras, me llamaba puta, borracha, drogadicta... Te juro que a veces pensaba que me odiaba.
—Entendía bien por qué mi papá quería dejarla. Lo que no podía entender era: ¿por qué decidió dejarme a mí también? —unas gotas gruesas cayeron de sus ojos—. Ni siquiera me dio la oportunidad de escoger con quién quería estar. Simplemente se fue... como un cobarde.
—Lo siento tanto, Amy. No sabía nada de eso —dijo Lucas, conmovido.
—No, tú no estuviste allí —le reprochó ella suavemente—. Esa noche, tratando de huir de ese infierno, salí a la calle y a quien encontré fue a Bruno. Estaba afuera, esperando para asegurarse de que estuviera bien. Yo solo me monté en su moto y me aferré a él desde entonces.
Ambos permanecieron en silencio un rato. Luego Amanda siguió hablando:
—Tú sabes lo cercanos que éramos mi padre y yo. Hacíamos tantas cosas juntos. Él me consentía, me cuidaba. Y de la nada, simplemente dejé de importarle
—De verdad llegué a odiarlo. Odiaba a todos. Empecé a beber mucho, a meterme drogas, dejé la universidad. Me iba de rumba cuatro o cinco veces por semana y a veces no volvía a casa, solo para molestar a mi mamá. También llegaba ebria al trabajo para enfurecer a mi papá.