La vida seguía su curso. Ya habían pasado dos meses desde el accidente de Bruno, y a su alrededor muchas cosas evolucionaban, mientras él seguía igual. Había sido trasladado a otra sala, y distintas personas cuidaban de él ahora.
Amanda ya conocía por nombre a casi todos los que trabajaban con su esposo, y su relación con ellos se volvía cada vez más amistosa. Ocasionalmente, hasta compartían charlas breves sobre temas superficiales como el clima, el tráfico o las noticias.
Claro, había personas que le agradaban más que otras. Por ejemplo, una enfermera morena con acento costeño que llevaba comidas exóticas para que todos las probaran (incluida Amanda); un ayudante de cocina muy mayor que siempre entraba a dejarle algo de beber, aunque a Bruno no le llevaban dieta; otra enfermera que contaba películas enteras en cuestión de minutos; y un doctor apurado que siempre decía los mismos chistes para hacerla sonreír.
Otros no le agradaban tanto, como una doctora solterona que, al parecer, se sentía atraída hacia Lucas. Con cierta diplomacia, a veces le preguntaba sobre su amistad con él. Era una mujer algo impertinente, pero Amanda le tenía un poco de pena, porque sabía que su apuesto amigo no estaba ni remotamente interesado.
Lucas tenía muchas admiradoras. Mujeres de todas las edades suspiraban por él y hacían comentarios picantes apenas se daba la vuelta. Sin embargo, él no mostraba inclinación hacia nadie en particular. Eso preocupaba un poco a Amanda. Aunque la relación especial que tenían la hacía sentirse bien, no quería que él se hiciera falsas ilusiones.
Un jueves por la tarde, Amanda estaba viendo televisión en el pabellón de Bruno. Las visitas ya se habían marchado; cada vez eran más escasas y más cortas. Lucas se asomó a la puerta y esperó en el umbral. Amanda se levantó rápidamente y salió al pasillo, cerrando la puerta detrás de ella. Seguía sin atreverse a interactuar con él delante de su esposo, y Lucas parecía aceptar esa decisión.
—Feliz cumpleaños —dijo Lucas, entregándole una pequeña caja roja.
Ella la abrió emocionada. En el interior encontró un par de pendientes de argolla.
—Son de acero quirúrgico, para que te acuerdes de mí —añadió él.
—¡Están preciosos! Gracias —dijo Amanda, dándole un abrazo—. Pero mi cumpleaños es mañana.
—Ya lo sé, pero pensé que tendrías planes. Espero que tengas planes.
—Ya veremos...
—Mira, ya voy de salida. Solo tengo que terminar unos pendientes, pero será rápido. Me preguntaba si te gustaría ir al cine.
—No sé, Lu...
—¡Vamos! Tienes derecho a celebrar tu cumpleaños. Además, es una película japonesa de horror. Te podría servir como terapia.
Lucas llevaba su bata blanca ese día, pero debajo se había puesto una camisa celeste a rayas, una corbata plateada y pantalones formales. Se notaba que se estaba esmerando. Amanda no tuvo corazón para decir que no.
—Está bien, gracias.
—¡Estupendo! —exclamó él—. Vuelvo por ti en unos minutos.
Él se fue, y ella volvió a la habitación para retocar un poco su apariencia. Le habría gustado tener tiempo para ir a casa a cambiarse, pero al mirarse al espejo consideró que no lucía tan mal. Por suerte, había tenido un almuerzo formal ese día. Se puso los aretes que Lucas le había regalado, y una emoción casi infantil comenzó a apoderarse de ella, recordándole la excitación que solía sentir antes de sus citas con Lucas.
Sabía que sentirse así estaba mal, pero intentar hacer lo correcto también se sentía terrible últimamente. Así que decidió darse un respiro, al menos por una noche.
Lucas volvió por ella, como lo habían acordado, y salieron del hospital caminando lado a lado. Ya habían dejado de intentar ocultar lo cercanos que eran, pero ella aún seguía siendo muy reservada en cuanto al contacto físico entre los dos.
—Vamos en mi auto —ofreció él—. Luego te dejo donde tú me digas.
Ella accedió mecánicamente. Para cuando empezó a tener dudas, ya era tarde: iba en el auto con Lucas. Apenas hablaron durante el recorrido, ambos estaban muy nerviosos.
***
—¿Qué te pareció la película? ¿Te asustaste? —preguntó Lucas al salir.
—Tal vez lo habría hecho si no hubieras estado haciendo chistes todo el tiempo. Tú sí que sabes cómo arruinar el suspenso —se quejó ella, aunque en realidad había disfrutado mucho tener a Lucas susurrándole tonterías al oído.
Pasaban de las diez de la noche. Las tiendas del centro comercial ya habían cerrado y apenas quedaban las personas que habían asistido al cine.
—Ojalá este lugar siempre estuviera así —comentó Amanda—. Tal vez es porque paso demasiado tiempo en el hospital, pero ahora, cuando estoy en lugares públicos, todo me parece muy brillante, muy ruidoso, muy oloroso... Es como si tuviera resaca todo el tiempo.
—Sí, a veces pasa —concordó Lucas.
—Tengo hambre —dijo ella.
—Yo también —respondió él, revisando la hora en su reloj—. Ya es un poco tarde. ¿Tacos?
Ella aceptó encantada y salieron del complejo rumbo a una famosa taquería. En el auto, Amanda se mostró mucho más animada que antes: cantaba las canciones de la radio, conversaba y reía con naturalidad. Lucas se sentía satisfecho de verla así, alegre y relajada; eso era lo único que él deseaba.