Apenas dos días después de la salida con Lucas, Bruno contrajo neumonía. Amanda no podía evitar pensar que era su culpa. Parecía que cada vez que ella y Lucas se acercaban demasiado, algo malo le ocurría a su esposo.
Fueron días de mucha tensión. La familia intentaba animarse entre sí, pero por momentos era imposible ignorar lo cerca que parecía estar el final. Amanda incluso pidió vacaciones para poder quedarse a su lado; tenía un miedo profundo de que él muriera mientras ella no estaba.
Oraba incansablemente por su recuperación, porque en el fondo sentía que le había fallado, y no quería cargar con ese remordimiento si Bruno se iba.
Vivía entre dos realidades: en una, Amanda se consumía de angustia por lo que le ocurría a su esposo; en la otra, cada vez que Lucas aparecía, se sentía alegre, amada, completa. Pero algo en esa felicidad le parecía falso, como si fuera una utopía en la que no tenía derecho a vivir. No podía entregarse a ese mundo sin sentirse culpable.
Pasó varias noches reflexionando. Después de mucho pensarlo, llegó a convencerse de que su amor por Lucas no era malintencionado; simplemente estaba ahí, desde antes que Bruno. Cuando se casó, lo hizo con honestidad, con el deseo de empezar de nuevo, de olvidar. Y tal vez lo habría logrado, si el destino no los hubiese reunido otra vez.
A pesar de todo, Amanda sabía qué camino debía tomar. Lamentaba las circunstancias que la separaron de Lucas en el pasado, pero no podía permitir que otros pagaran por aquellos errores. Alejarse de él era su única opción, y por doloroso que fuera, estaba decidida a hacerlo.
Como si esa resolución hubiera tocado alguna fibra divina, Bruno comenzó a mejorar. Amanda se sintió aliviada... y también abrumada. Esa segunda oportunidad traía consigo una promesa difícil de cumplir.
Poco a poco, comenzó a distanciarse de Lucas. Intentaba hacerlo con sutileza, sin ser cortante, para evitar una confrontación. Había decidido que, tan pronto Bruno estuviera lo suficientemente recuperado, lo llevaría a casa de sus padres, como ya lo habían conversado.
Pero una mañana, mientras regresaba de pagar las cuentas en el hospital, se topó con Lucas en un pasillo. Había muchas personas alrededor y Amanda no lo notó hasta que estuvo frente a él.
Se sorprendió al verlo cargando a un bebé de poco más de un año. Lo alzaba sobre su cabeza y lo movía con suavidad para hacerlo reír. Lucas la miró con alegría. Ella, incómoda, le devolvió un saludo mudo e intentó seguir su camino, pero él la llamó por su nombre.
Se acercó con el bebé en brazos.
—Mira, Juanpa. Ella es la tía Amy —dijo en tono juguetón—. Amanda, te presento a mi sobrinito, Juan Pablo.
—Como tu hermano —observó ella.
—Sí, y ella es su esposa —añadió, justo cuando una joven se les unía—. Elena, Amanda; Amanda, Elena.
La chica le sonrió con emoción, y Amanda se sintió ligeramente incómoda al notar que su nombre le resultaba familiar. Se saludaron con un "mucho gusto", y Amanda intentó tomar la mano del bebé, pero este rompió en llanto, buscando a su madre.
—Lo siento —se disculpó Elena mientras lo consolaba—. Normalmente es muy amigable, pero le acaban de poner una vacuna.
—Pobrecito —dijo Amanda.
—Sí, creo que mejor me lo llevo a casa. Un baño, descanso y se le pasará. ¿Entonces nos vemos el domingo? —preguntó dirigiéndose a Lucas.
—Sí, por supuesto —respondió él.
—¡Gracias por todo! De verdad aprecio tu ayuda.
La joven se despidió con un beso en la mejilla de Lucas, e intentó que el bebé saludara también, pero él seguía malhumorado. Para no alterarlo más, Amanda y Lucas simplemente agitaron la mano en señal de despedida.
—Deberías invitar a algunos amigos —dijo Elena a Lucas antes de marcharse.
—No es mala idea —respondió él en voz baja, y luego se volvió hacia Amanda—. ¿Vienes?
Ella se señaló a sí misma, confundida.
—¿A dónde? No sé de qué hablas.
—Del cumpleaños de mi hermano. Como en el restaurante de sushi que le gusta no hay área de juegos —lo cual, al parecer, ahora es indispensable—, decidieron hacer una reunión pequeña en mi apartamento. Ellos viven con mi mamá y últimamente está un poco entrometida, Elena prefiere un lugar más neutral.
—No sé, Lucas... hace tanto que no veo a tu familia, y apenas los conozco —se excusó Amanda.
—¡Y qué! A mí me pasa lo mismo y de todos modos voy a estar ahí —respondió con una sonrisa. Sacó un talonario y comenzó a escribir—. Es el próximo domingo a las tres de la tarde. Esta es mi dirección. Espero que vengas.
Le entregó la hoja.
—No sé si pueda —repitió Amanda.
—Tienes que poder. Es una orden —dijo Lucas, señalando el encabezado del papel que decía "Orden de Laboratorio".
Ella sonrió, y antes de que pudiera decir algo más, él la besó en la frente, se despidió y se marchó a toda prisa.
Lucas estaba emocionado. Tal vez demasiado.
No había notado del todo que Amanda se estaba alejando... o quizá sí, pero prefería pensar que solo necesitaba espacio. Su esposo había estado grave, y conociéndola, seguramente no se había separado de él, ni un segundo.