"Definitivamente no iré", pensó Amanda el domingo mirando su reloj marcar las 2:27.
Un tío de Bruno había venido del extranjero y ahora ella se encontraba en el pabellón del hospital, rodeada de algunos familiares de su esposo que, tras superar la respectiva parte dramática, disfrutaban del desafortunado reencuentro recordando anécdotas que Amanda apenas entendía.
Su teléfono sonó. No reconoció el número, pero pensó que podía ser algún cliente y contestó de inmediato.
―¿Aló?
―Hola.
―Hola... ¿Quién habla? —preguntó al no reconocer la voz masculina.
―Tu novio. ¿Vas a venir?
El cuerpo de Amanda se tensó al identificar la voz de Lucas y escucharlo pronunciar aquella palabra. "Novio". ¿Unos besos, y él ya se creía con derecho a títulos? De saber que era él, no habría contestado, pero seguramente llamaba desde su apartamento y ella no tenía el número registrado. Se apartó hacia una esquina y bajó la voz.
―No lo creo. Estoy con un familiar de Bruno que vino del extranjero. Dile a tu hermano feliz cumpleaños de mi parte, y que lamento no poder ir.
―No importa —dijo Lucas, con una decepción mal disimulada—. Discúlpame, no sé en qué estaba pensando. Entiendo que no es buen momento, solo... quería verte. Bueno, hablamos luego. Adiós.
Cuando Amanda volteó, descubrió que su suegra la observaba con interés.
―¿Tenías planes hoy? —preguntó la madre de Bruno.
―Nada importante —respondió Amanda, intentando restarle importancia.
―¿Un cumpleaños?
―Sí, pero de un conocido, nada más.
―Deberías ir. Han sido días difíciles. Te mereces un descanso.
―No, en serio, prefiero quedarme.
―¡Insisto! Bruno ya está mejor, y tú lo has cuidado día y noche. Deja que nosotros nos encarguemos. Además, así aprovecho y me pongo al día con mi hermano sin aburrirte.
Amanda sonrió ante la ironía de que su suegra la estuviera animando a ir con Lucas. No discutió. Sabía que si insistía, podía terminar diciendo algo que la metiera en problemas. Se despidió y salió del cuarto sin rumbo claro, solo con la certeza de que ir donde Lucas no era buena idea.
Al buscar las llaves del auto en su bolso, lo primero que vio fue la orden con la dirección del apartamento de Lucas. Ese maldito papel llevaba días dando vueltas en su cartera y aunque la hacía sentir intranquila, no había tenido el valor de botarlo. Lo sostuvo unos segundos, indecisa. "Tu novio", resonó en su cabeza. Ese hombre necesita ubicarse, pensó. Quizá era necesario aclarar ciertas cosas.
Bajó el tapasol y se miró en el espejo. Se veía bien. Cabello, maquillaje, ropa, uñas, todo impecable, como si inconscientemente se hubiese preparado para ir. En el fondo, tenía muchas ganas. Así que dejó de resistirse y tomó el camino hacia el apartamento de Lucas.
Compró un regalo en el trayecto y llegó veinte minutos antes de las cuatro. Le sudaban las manos al tocar el timbre. La madre de Lucas respondió y, al identificarse, la dejó pasar de inmediato. Subió al tercer piso en el elevador, y al abrirse las puertas, lo vio allí, esperándola con una gran sonrisa.
―Me alegra que vinieras —dijo Lucas abrazándola con sincera emoción—. Tenía tantas ganas de verte.
Amanda casi se arrepintió al entrar, pero al ver que no había nadie del hospital, se tranquilizó. Solo estaban la familia de Lucas, dos parejas jóvenes y un muchacho solo. Sushi, pastel y bebidas adornaban la mesa. Los muebles estaban dispuestos en semicírculo, creando un ambiente relajado.
Lucas la presentó. Todos fueron cálidos y acogedores y ella se sintió un tanto más cómoda, a pesar de que el brazo de Lucas descansaba de manera demasiado afectuosa sobre sus hombros.
―Pasa, sírvete. Hay salmón, pollo teriyaki, ajonjolí, incluso opción vegana, por si estás en esa onda de los "vegetales".
―Eso fue cruel —dijo Amanda, detectando la broma.
―Era una broma —dijo él, con falsa inocencia.
―Apuesto a que te morías por decirlo.
―Un poco. Pero no te enojes, mi vida —y la abrazó suavemente.
―¿Mi vida? ¿Qué te pasa? ¿No eras tú el que decía que nunca se metía con la mujer de otro?
―Sí. Pero aunque estés casada con otra persona, tú y yo nos pertenecemos desde mucho antes, somos el uno para el otro... y lo sabes.
Amanda se quedó paralizada. No pestañeaba. Solo se repetía que no debía besarlo enfrente de todos. Por suerte, el pequeño Juan Pablo se acercó tambaleándose y ella se agachó para evitar su caída.
El bebé se mostraba más amigable que antes y pareció conectar con ella. Durante un rato, Amanda se dedicó a jugar con él. Tenía los ojos parecidos a los de Lucas. Después de corretear juntos por todo el apartamento, el niño se cansó y se acurrucó con su madre para que le diera su biberón. Luego, sin pensarlo mucho, volvió junto a Amanda, se acomodó en sus brazos y se quedó dormido.
Así, atrapada en el sofá con un bebé dormido y Lucas a su lado charlando y mimándola sin pausa, Amanda empezó a sentirse en paz. Era un alivio volver a conversar con personas sin que nadie la viera con lástima, ni le hiciera preguntas incómodas.