Mientras el viaje se acercaba, Lucas fantaseaba con que Amanda lo detuviera, con que le pidiera que se quedara. Pero ella simplemente siguió jugando a la enfermera con su esposo, como si él no existiera.
Llegó el día de abordar el avión y, aún en el aeropuerto, él seguía revisando el teléfono una y otra vez, buscando algún mensaje, alguna señal de Amanda. Pero no había nada. Mientras estaba en el baño, escuchó por el altavoz que su vuelo estaba por salir. Todo su dolor se convirtió en rabia y, sin poder contenerse, golpeó el celular contra la pared, haciendo pedazos la pantalla. Luego lo lanzó al cesto de basura y se dirigió a tomar el avión que, al fin, lo alejaría de la única mujer a la que realmente había amado.
Una de las primeras cosas que hizo al instalarse en el nuevo país fue tomar su computadora y eliminar, meticulosamente, todos los mensajes, contactos, cuentas, fotos... cada pequeña interacción que había tenido con Amanda, hasta que fue como si nunca la hubiera vuelto a encontrar. Creyéndose libre, se sumergió por completo en su nueva realidad.
Fue asignado a una pequeña ciudad fronteriza. Ya no atendía accidentes ni sobredosis de personas adineradas como en su antiguo hospital; ahora la mayoría de sus pacientes eran migrantes sin documentos, víctimas de todo tipo de violencia o de ataques criminales, campesinos y trabajadores. Gente al borde de la muerte simplemente porque carecía de los recursos necesarios para cuidar su salud.
Su trabajo diariamente lo enfrentaba a personas en circunstancias muy difíciles. Eso lo hizo reflexionar sobre muchas cosas, intentó ser más agradecido, más humilde, más humano.
Lucas trabajaba muy duro, más que los demás, como si no necesitara tiempo libre. Y es que no había mucho que hacer en aquel pueblucho; su trabajo era lo único que lo mantenía lo suficientemente ocupado para no pensar en Amanda.
Con el tiempo, el joven médico extranjero comenzó a hacer amistad con algunos lugareños que se ofrecieron a mostrarle los alrededores.
Aceptó cada invitación, cada viaje, cada cerveza que le brindaron. Besó a cada mujer que se lo permitió e incluso tuvo un par de aventuras de una noche. Buscaba divertirse a toda costa, y muchas veces lo lograba: pesca, senderismo, compras, estadios, playas, carreteras, volcanes, montañas, comidas exóticas, tragos, mujeres. Finalmente, estaba haciendo todo aquello que no había podido hacer de joven.
Pero, aun en los lugares y momentos más perfectos, pensaba en Amanda y deseaba que ella estuviera a su lado.
Le tomó muchos meses aceptar que iba a necesitar más que solo aventuras para poder borrarla. Odiaba admitirlo, pero ella tenía razón: necesitaba dejar que las personas se acercaran a él, y él debía acercarse también, si quería formar relaciones que realmente significaran algo.
Empezó por sus compañeros de proyecto. Se propuso conocerlos mejor y dejar que lo conocieran un poco más. Fue bueno. Nuevas amistades comenzaron a forjarse a partir de ese cambio.
Luego conoció a Rosita, la hija de uno de sus pacientes. Ella mostró interés desde el principio, y como había algo de química, Lucas decidió intentarlo. Era cariñosa y siempre estaba pendiente de él, pero, a medida que la fue conociendo mejor, se dio cuenta de que lo veía solo como un cajero automático y lo manipulaba para conseguir lo que quería.
Más adelante, a través de un compañero conoció a Karina. La atracción fue instantánea. Ella era muy hermosa y femenina; por fuera parecía una versión joven y rústica de Amanda. Pero no era muy inteligente. La mayoría del tiempo no entendía los chistes de Lucas, ni siquiera cuando él se los explicaba.
Era extrovertida y no dudaba en acompañarlo a cualquier lugar, pero parecía que lo único que le interesaba era tomarse fotos. Lucas pronto se cansó de las constantes sesiones fotográficas, seguidas de aburridas jornadas de edición. Así que, cuando terminó su primer año de contrato y le ofrecieron una nueva misión en otra provincia, aceptó de inmediato. Se despidió afectuosamente, pero dejó en claro que no estaba interesado en continuar con la relación.
Lucas se mudó a otro pueblucho, para hacer básicamente lo mismo que en el anterior. Allí conoció a una colega llamada Leila. Era bonita, aunque su estilo era más bien relajado. Lo que la hacía realmente atractiva era su mente, un poco sucia.
Desde que se conocieron, ella empezó a provocarlo con comentarios en doble sentido. Las insinuaciones subían de tono cada vez más, hasta que, en una ocasión en que se quedaron solos en la sala de médicos, ella, jugando, comenzó a toquetearlo. Lucas no pudo quedarse de brazos cruzados, y terminaron poniéndose muy afectuosos. Apenas salieron de turno, corrieron al apartamento de Leila para quitarse las ganas.
Ambos disfrutaron mucho aquel encuentro y empezaron a reunirse con frecuencia. Como sus horarios eran muy parecidos, sin darse cuenta comenzaron a pasar la mayor parte de su tiempo libre juntos. No hacían mucho: generalmente veían televisión, ordenaban comida, tenían sexo y luego dormían.
Tenían tantas cosas en común: el trabajo, los amigos, los horarios. Comprendían bien el cansancio y el estrés del otro, sabían cuándo darse espacio y cuándo el otro necesitaba contacto. No había complicaciones; ni siquiera tenían que esforzarse por llevarse bien.
Ella empezó a meterse en su cabeza más y más. Leila no tenía reparo en hacerle comentarios inapropiados o susurrarle al oído sus deseos más íntimos, incluso cuando estaban en el trabajo. Lucas no hacía más que pensar en su próximo encuentro. A veces ni siquiera tenía que esperar mucho: si ella veía una oportunidad para estar con él, no le importaba que estuvieran en el hospital.