Amigos Sin Derechos

CAPITULO 23

Lucas y Leila siguieron en contacto luego de que él fuera reubicado. Se escribían con frecuencia y hacían videollamadas cada vez que podían. Sin embargo, no lograban verse en persona muy a menudo, ya que sus horarios no coincidían. Su relación, por lo tanto, se volvió más virtual que real.

Aquella situación le resultaba inquietantemente familiar a Lucas. Intentaba no hacer comparaciones entre Leila y Amanda, pero era casi inevitable, y pronto comenzó a sentirse inconforme.

La conexión física entre ellos se sentía intensa y sólida, pero al extraer ese factor, Laila no era tan interesante ni divertida como Lucas había imaginado. Además, era muy seca, carecía completamente de ternura. Cuando él le enviaba mensajes cariñosos, ella se burlaba, decía que no le gustaban las cursilerías o simplemente lo ignoraba. Eso lo desmotivaba. Pero cada vez que se veían en persona, la química reaparecía y él olvidaba todo.

Lucas intentó conocerla mejor, saber qué le gustaba, así que empezó a organizar actividades más variadas para compartir juntos.

Leila no colaboraba mucho. Decía que era más bien hogareña, pero a Lucas le parecía simplemente antipática. Le dolía la cabeza con las actividades al aire libre; le daba sueño si hacían algo relajante; los lugares elegantes no le agradaban, porque prefería vestir cómoda; y si había mucha gente, se comportaba de forma malhumorada y grosera.

Las charlas entre ellos se volvieron incómodas y forzadas. Intentaban evitar hablar de trabajo, pero a veces era el único tema en el que coincidían. Lucas dejó de insistir en salir, y volvieron a la vieja costumbre de pasar todo el tiempo encerrados en casa. Poco a poco, la monotonía se apoderó de todo, incluso del sexo, que era lo único bueno que aún les quedaba.

Así, poco a poco, aceptaron que no eran tan compatibles como pensaban. Por suerte, la honestidad no era un problema entre ellos. Lo conversaron con madurez y acordaron que era mejor quedar como amigos.

Luego de un par de revolcones de despedida, cada quien volvió a sus asuntos. Siguieron en contacto, pero solo de forma amistosa. Un mes después, ella consiguió un nuevo juguete, y Lucas confirmó que Leila no era la indicada. Al menos lo había intentado y no se lamentaba, había sido bueno... por un tiempo.

Lucas volvió a enfocarse en su trabajo y en sus amistades. La ciudad era mucho más entretenida, siempre había algo que hacer o algún lugar a donde ir. Sin embargo, una gran nostalgia comenzó a invadirlo.

Se sentía hastiado de todos esos sabores a los que no lograba acostumbrarse, de tantos olores que no le recordaban a nada, de tener que usar el GPS para llegar a lugares en los que nada significativo le había ocurrido, de caminar entre la gente sin prestar atención a sus rostros, sabiendo que no se toparía con algún viejo conocido.

En abril, justo el día del cumpleaños de Amanda, sus superiores lo citaron para hacerle una propuesta. Le comunicaron que, debido a su iniciativa y excelente desempeño, le ofrecían una plaza permanente, con mejor posición y mejor salario. Era una gran oportunidad para alguien tan joven, por lo que la sorpresa fue enorme cuando el doctor López rechazó el ofrecimiento sin siquiera pensarlo. Su justificación fue simple: deseaba volver a su país.

Durante los días siguientes, varios colegas intentaron hacerlo recapacitar. Aunque él entendía la validez de sus argumentos, la idea simplemente no lo emocionaba. La experiencia había sido enriquecedora, su perspectiva sobre la vida había cambiado durante esos dos años. Aun así, nunca logró sentirse en casa. Ya había tenido suficiente. Quería volver.

El estatus y el prestigio ya no le importaban tanto. Su búsqueda ahora apuntaba en otra dirección.

Apenas cumplió con sus compromisos a mediados de mayo, empacó sus cosas y abordó el avión de regreso. En realidad, ya no tenía un hogar al cual volver: había vendido casi todas sus pertenencias, incluido su apartamento y su auto, así que se fue a vivir con su madre. Fue un poco incómodo, pero era temporal. Contaba con ahorros y contactos suficientes para empezar de nuevo.

Se tomó dos días para descansar y el sábado siguiente le pidió a su hermano que lo acompañara a ver un auto usado que le interesaba, pero que estaba en las afueras de la ciudad.

Se reunieron con el vendedor por la mañana, y tras revisar el vehículo y asegurarse de que todo estaba en orden, cerraron el trato y se separaron.

Lucas aprovechó su recién adquirido auto para hacer varias diligencias: fue al banco, hizo algunas compras y contrató un nuevo servicio telefónico. Mientras conducía de regreso, divisó el restaurante que Amanda le había mencionado alguna vez y decidió detenerse.

El Mirador era un lugar agradable, aunque el día estaba demasiado nublado para disfrutar de la vista. Las mesas exteriores estaban empapadas, así que entró y se sentó junto a una ventana con vista a la arboleda. Amanda había dicho que vivía a unos minutos de allí, así que pensó que, tal vez, podría coincidir con ella. Observó con disimulo los rostros de los presentes, pero no la encontró. Es mucho pedir, pensó, desanimado.

Se preguntó qué habría sido de ella. La había estado recordando con frecuencia últimamente, incluso la había soñado, y eso lo inquietaba. Esperaba que estuviera bien, aunque sabía que todas las posibilidades jugaban en su contra. ¿Un esposo en coma? ¿Consciente pero inválido? ¿O ya muerto? Cualquiera que fuera el caso, sabía que Amanda debía estar sufriendo, y eso lo mataba. Pero había sido su elección.




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