Amigos Sin Derechos

CAPITULO 23

Amanda no podía creerlo. Tuvo que abrir el perfil de Lucas para convencerse de que realmente era él. Pero allí estaba; con sus alargados ojos cafés, igual de guapo que siempre, invitándola a ser su amiga de nuevo.

Ella aceptó de inmediato y enseguida abrió el cuadro de mensajes para escribirle. Había tantas cosas que quería decirle... pero confiaba en que ya habría tiempo luego. Con las manos sudorosas y el corazón cargado de alegría, apenas logró escribir un simple: "Hola".

Su teléfono reaccionó sugiriéndole que activara el modo de ahorro de energía.

—¡Qué inoportuno! —se molestó Amanda.

Llamó a la mesera y le entregó su tarjeta para que cancelara la cuenta lo antes posible. Si se daba prisa, estaría en casa en diez minutos y podría conectar el estúpido cargador para seguir escribiéndole a Lucas.

Él no respondía, así que ella empezó a explorar sus publicaciones para saber más sobre lo que él había estado haciendo en los últimos dos años.

No había mucho que ver; él nunca había sido muy activo en redes sociales. No había fotos de pareja, lo cual era bueno. Amanda se sintió aliviada.

La batería seguía amenazando con morir, así que en cuanto la mesera volvió, Amanda tomó sus cosas y se dirigió al estacionamiento.

Encendió el auto y el sonido de la radio estalló de golpe. Bajó apenas el volumen y se encaminó a la calle. La neblina se había vuelto más densa, así que encendió las luces al incorporarse al carril. Justo en ese instante, su teléfono sonó avisándole que había recibido un nuevo mensaje...

Tal vez no encendió las luces a tiempo. Tal vez el ruido de la radio ocultó el sonido del vehículo que se aproximaba. Tal vez el teléfono la distrajo y no aceleró lo suficiente. Tal vez fue todo a la vez lo que provocó el percance.

Un pequeño camión embistió el auto de Amanda por detrás, haciéndola deslizarse por el asfalto mojado directamente hacia el muro que circundaba la carretera. Ella intentó girar el volante al sentirse impulsada con violencia hacia adelante, pero ya no había tiempo. Simplemente cerró los ojos.

Cuando los abrió, estaba en el baño de su casa. Se sentía aturdida. No escuchaba ningún sonido. No sentía nada. Ni siquiera percibía la humedad del vapor que la envolvía.

Pero se le hacía tarde.

Pasó la mano por el espejo empañado para poder verse y se aplicó labial. Sabía a chocolate. Amanda sentía cómo sus sentidos regresaban lentamente. Unas manos cálidas se deslizaron suavemente por su cintura, y sintió aquel familiar beso en la parte de atrás de su hombro.

"Tiene que ser un sueño", pensó Amanda cerrando los ojos. Se giró lentamente y entonces él la besó. El sabor de su boca le pareció demasiado real. Podía percibir el aroma de su colonia, la textura de su barba, el calor que emanaba de su cuerpo... Todo era muy vívido.

Bruno le sonrió y, separándose suavemente, dijo:

—Ya me voy. Que tengas un buen día. Te amo.

Amanda estaba demasiado confundida para responder, así que solo salió detrás de él sin dejar de mirarlo. Él abrió el clóset para sacar su chaqueta y sus guantes. De pronto, algo dentro del armario llamó su atención.

—¿Qué es esto? —preguntó, sacando el viejo maletín de Amanda.

—Nada —respondió ella, nerviosa.

Bruno abrió el maletín y sacó la sudadera de Lucas. La sostuvo en sus manos para examinarla.

—¿Siempre estuvo aquí?

—Creo —respondió Amanda, encogiéndose de hombros—, pero te juro que no sabía... —aclaró.

—No importa, nunca me di cuenta —dijo él con calma—. ¿Todavía te queda?

—No estoy segura... —respondió Amanda, incómoda.

Le arrebató el suéter y lo lanzó dentro del clóset, cerrando la puerta con fuerza. La azotó tan duro que esta rebotó y volvió a quedar un poco abierta. Bruno la miró confundido. Pero era hora de irse, así que tomó su casco y salió de la habitación. Lo escuchó trotar escaleras abajo. También oyó el tintineo de las llaves.

La casa empezó a crujir.

Amanda bajó corriendo, gritando su nombre.

Él estaba junto a la puerta.

—¡No te vayas! —suplicó, aferrándose a él—. Todo se va a derrumbar si te vas.

Amanda no entendía lo que estaba ocurriendo, pero repitió con una certeza que le brotó del alma:

—¡Todo se va a derrumbar si te vas! Quédate, quédate, por favor.

—No me puedo quedar.

—¡No es justo! ¡No te vayas!

Había empezado a llorar. Bruno la abrazó. Amanda había olvidado la perfección con la que su cabeza encajaba justo sobre el hombro de su esposo, y la tranquilidad que sentía cuando estaba entre sus brazos.

Fueron a sentarse al sofá. Ella comenzó a calmarse, pero seguía aferrada a la chaqueta de Bruno.

—Yo también quiero estar contigo otro rato. No me gusta verte triste —dijo él, acostándose en el sofá y colocando la cabeza sobre el regazo de Amanda.

Ella comenzó a acariciarlo. Se veía hermoso, bronceado, fuerte, joven, sano. Sus ojos tenían ese brillo casi mágico que Amanda adoraba. Pero la casa comenzó a temblar más, y ella volvió a llenarse de angustia.




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