Lucas deambulaba por su viejo hospital, esperando tener noticias de Amanda. Fue a la máquina por algo de beber, y la idea de entrar y encargarse él mismo de la situación cruzó por su mente. Pero al ver cómo sus manos temblaban mientras intentaba beber agua, supo que no sería capaz de manejar aquello de forma profesional. Tenía que ser paciente.
Salió a la terraza para intentar despejarse. Pésima idea: la noche había caído y todo estaba frío y húmedo.
Enseguida fue golpeado por una ola de recuerdos. Había pasado tanto tiempo con Amanda en ese mismo lugar. Hubo algunos momentos buenos: la recordaba riendo, bromeando, escuchando música, comiendo golosinas. Pero también la recordaba en momentos muy vulnerables, llena de culpa, de dudas, de miedo y de tristeza, justo como se sentía él en ese momento.
No era muy religioso, pero creía en Dios, y esa noche oró como nunca. Se prometió a sí mismo ser mejor, pero, a medida que iba haciendo su lista de propósitos, comenzó a llenarse de rabia: no era tan mal tipo, no le hacía daño a nadie (al menos no a propósito) y Amanda tampoco, ella tenía un corazón hermoso. No eran perfectos, pero ambos siempre se habían esforzado por hacer lo correcto. Entonces, ¿por qué la vida les ponía tantas pruebas? Su plegaria se convirtió en una demanda al cielo: se merecían una oportunidad más. Solo una.
Temía perderla. Había renunciado a ella tantas veces... pero ya no quería hacerlo.
Debía calmarse. A lo mejor, ahora que eran más maduros, finalmente podrían amarse de una manera más sana, más estable, más fuerte. No podía perder la esperanza.
Se levantó y bajó nuevamente a la sala de emergencias para ver si había noticias. Mientras caminaba por el pasillo, escuchó a dos enfermeras conversar:
—Primero el esposo y ahora ella. Qué fuerte.
—La vino a traer —añadió la otra.
Lucas se negó a prestarles atención. Sabía que eran unas chismosas. El doctor Sáenz lo llamó desde el final del pasillo y él acudió corriendo.
—¿Cómo está? —preguntó Lucas ansioso.
—Tranquilo, ya está estable. Solo tuvo una luxación de hombro, pero ya lo regresamos a su lugar.
Lucas respiró aliviado.
—¿Le avisaron a su familia? Yo no tengo el número de nadie.
—Sí, ya vienen en camino. Relájate un poco —le aconsejó su viejo amigo—. Está en la cama siete si quieres verla, pero... le pusimos anestesia general, y ya sabes lo raro que puede ser cuando despiertan. Especialmente con todo lo que ha pasado esa chica.
—Sí, ya sé. Yo me encargo. Gracias.
Lucas le dio una palmada en el hombro a Sáenz y, a toda prisa, se dirigió a la habitación de Amanda.
Ella estaba dormida aún. Un par de suturas en la frente, el hombro izquierdo vendado, pero fuera de eso, parecía estar bien. Lucas finalmente pudo respirar. Acercó la silla a la cama para poder vigilarla mejor y esperó, dando gracias a Dios.
Luego de un rato, ella abrió los ojos y lo miró, pero sin poder enfocar bien. Torpemente extendió su mano, y cuando él la sostuvo, dijo con la voz algo descoordinada:
—No te voy a dejar ir.
—Tranquila, no iré a ningún lado.
—No te creo nada... te fuiste... dijiste que me querías... pero te fuiste... me dejaste sola... estoy muy sola...
Amanda hablaba como si estuviera borracha: movía la cabeza torpemente, abría y cerraba los ojos. Lucas no estaba seguro si ella lo había reconocido, o si solo pensaba en su padre, o en Bruno; era difícil de saber.
Aun así, las palabras de Amanda y su llanto casi infantil le atravesaban el pecho.
—No te vayas... no me gusta estar sola... bueno, a veces sí... ya estoy grande... soy una mujer... puedo estar sola... pero no quiero que te vayas...
—No me voy a ir —dijo Lucas, sonriéndole dulcemente.
Ella lo miró dudosa.
—Promételo por este dedito —levantó el meñique, y Lucas hizo lo mismo para sellar su promesa—. Si me mientes, te corto el maldito dedo... ya en serio... no te vayas... si te quedas, te compro entradas para el concierto de Adele.
Lucas entonces supo que Amanda sí lo reconocía. Ella continuó hablando con alegría:
—Pero vamos a Londres... Yo trabajo mucho... ya soy una mujer fuerte... si no te vas, te llevo al concierto... y te compro un perro, uno muy grande.
Estaba tan feliz de escucharla. Se acercó un poco más y quiso besarla en la frente, pero ella lo rechazó:
—¡No, no, no! No me beses ahí... duele, ¿no ves?... Además, es tonto... ¡tú eres tonto! Eres un grandísimo tonto y te odio —dijo Amanda, lanzando golpes en dirección a donde estaba Lucas.
Él la sostuvo cuidadosamente para evitar que se lastimara con tanto movimiento. Ella alzó la vista y, al encontrar el rostro de Lucas, dijo sonriendo:
—No es cierto... no te odio... te amo... te amo mucho, Lucas.
—Yo también te amo mucho, Amanda —dijo él, casi llorando de la felicidad.
El corazón le latió fuerte y, sin darse cuenta, le dio un suave beso en los labios, pero de inmediato se apartó, apenado. Ella se acurrucó en su pecho y respiró profundo.