Después de unos días, Rogelio notó, con agrado, que Samuel y Rosa tenían más comunicación y que el chico ya no era tan tímido cuando se dirigía a ella. Se le ocurrió entonces un plan para que ambos tuvieran una cita. Era la cosa más sencilla y, aprovechando que la feria local se había instalado en la ciudad e iba a durar unas semanas, comentó su plan a Roberto y a Fernanda. La idea era que todos quedarían de acuerdo para ir el viernes al parque de diversiones y ese día iban a declinar avisando que, por un suceso imprevisto y además inventado, no podrían llegar. Aceptaron y decidieron no contarle a Samuel su idea, ya lo conocían e imaginaban que les diría que no hicieran eso porque se pondría muy nervioso estando solo con Rosa.
Les comentaron a Samuel y a Rosa la idea de ir todos a la feria y estuvieron de acuerdo. Quedaron de verse a las cuatro en punto y ese día, diez minutos antes de la hora acordada, Samuel recibió un mensaje de Rogelio diciéndole que no podría ir porque le surgió a Renata un proyecto escolar muy difícil y la tenía que ayudar. Al mandar el mensaje, Rogelio tuvo cierto temor de que Samuel se diera cuenta de la mentira, ya que él nunca ayudaba a su prima con sus tareas, pero para su suerte el chico solo pensó en la buena voluntad de su amigo y no le encontró nada raro al mensaje.
En ese momento notó que Rosa se acercó a él.
—Hey, hola.
—Ho-hola, Rosa.
—Rogelio me acaba de avisar que no viene —murmuró mirando su celular.
—A mí igual me dijo.
—Mmmm, hay que esperar a Roberto y a Fernanda.
—Sí.
En ese momento le llegó un mensaje de Fernanda, diciendo que no iría porque su mamá le pidió ayuda de último momento para auxiliarla con unas cuestiones familiares. Samuel se inquietó y le preguntó si estaba todo bien, a lo que ella respondió que sí, que dejara las preocupaciones y se divirtiera. Le avisó a Rosa que Fer no acudiría y esperaron a Roberto unos diez minutos, hasta que le llegó a Samuel un mensaje del chico en donde indicaba que había comido algo que le cayó pesado y no podría ir a la feria.
—Vaya, parece que Roberto tampoco va a venir.
Le respondió deseándole que se mejorara y miró a Rosa. La chica le sonrió.
—Bueno, al parecer seremos solo nosotros dos.
—Sí, eso creo. —Se ruborizó un poco.
—¿Quieres ir a algún juego?
—Sí, vamos.
Pero en lugar de elegir un juego mecánico, se detuvieron en los puestos donde les tienes que disparar a los muñequitos o lanzar pelotas en vasos de agua para ganar peluches y premios. Samuel en ese momento vio que una pareja estaba en uno de esos juegos y notó que el chico ganó un gran oso de peluche para su novia, la cual lo abrazó efusivamente. Convenció a Rosa para acercarse, quería ganar un peluche de felpa para ella.
—Quiero jugar —se dirigió al dueño del local en que se lanzaban pelotitas a unos aros pegados en la pared de la carpa.
—Son veinte pesos.
El chico pagó y tomó una de las pelotas. Tenía tres intentos. Lanzó la primera mientras Rosa lo animaba con ánimo.
—¡Wuuuu, vamos, Samuel, tú puedes!
Pero al momento de lanzar, la pelota no llegó demasiado lejos, de hecho no se acercó ni un poco al aro.
—¡Vaya! —Exclamó el chico.
—No te sientas mal, tienes otro intento.
El chico lanzó la segunda pero ésta rebotó en el aro y cayó al suelo. Samuel observó, con molestia, que el chico del puesto rio socarrona pero disimuladamente.
—¡Vamos, Samuel! ¡Samuel, Samuel! —Rosa seguía echándole porras.
—Vamos, pelota —tomó la última y murmuró—, no me hagas quedar mal, tú tienes que caer en el aro, me tienes que ayudar a encestar.
Al final lanzó en su último intento y tampoco le atinó.
—Vaya, no ganaste nada —le dijo el otro joven con tono de aparente lástima—, ni modo.
—Quiero otro intento.
Volvió a pagar y repitió el mismo movimiento con las pelotas pero tampoco alcanzó a encestar ninguna en los dos primeros intentos. Estaba a punto de lanzar la última cuando la voz del chico lo detuvo.
—Vaya, muchacho, en serio tienes muy mala puntería.
Samuel se ruborizó de la vergüenza. Escuchó a Rosa hablar.
—Venga, Sam, dame la pelota, yo me encargo.
Él en verdad quería intentarlo y notó que el chico lo vio con burla, así que replicó.
—No, Rosa, déjame, yo puedo.
Lanzó la bola y tampoco atinó. El muchacho alzó una ceja y sonrió. Rosa se enojó por la humillación que le hizo pasar a Samuel, así que sacó un billete de veinte y lo puso en la mesa del puesto.
—Dame una de esas pelotas —dijo con tono duro.
El chico, aún riendo un poco, le pasó las tres pelotas.
—Dije una —dijo la chica en lo que la tomaba y la lanzaba, para así encestar en el aro más alto.
El chico y Samuel se quedaron sorprendidos.
—Mi premio —replicó Rosa con tono demandante.