Amo de Todo

10. El espectáculo debe continuar

Boom, boom, boom.

Jamás el corazón me latió con tanta fuerza.

Jamás me ardieron tanto los pulmones por la mezcla entre correr y mi estado de tensión intrínseco.

Mis manos empujan las puertas del auditorio del Palacio de Elíseo donde se había montado la improvisación del laboratorio de sonido donde nos encontrábamos trabajando en estos importantes hallazgos 

Sí, en pasado.

Porque ahora no está.

Han regresado todo a su sitio. Durante el espectáculo, durante el viaje, durante todo lo que ha sucedido en las últimas horas, probablemente un ejército de personas pasó por acá para desmontar en tiempo récord absolutamente todo.

Mi equipo de trabajo, mi gente, Alice, Chloé, aportes valiosísimos para toda la humanidad que ahora no están.

Pero no lo han tirado.

No se han deshecho de los descubrimientos ni del sistema de interpretación para el mensaje de las figuras.

Nos lo han robado.

—No, no…

—¿Qué clase de escándalo quieres hacer? Porque salir corriendo en medio de un suceso importantísimo para toda la humanidad solo puede significar una cosa y no es precisamente algo agradable, doctora Mercy.

Me vuelvo hacia atrás, luego de escuchar a Cruz hablarme con absoluta vileza y frialdad. Está conmigo en el auditorio y nuestras voces al hablar retumban por todos los rincones. Él permanece de pie ante mí, desafiante. Las puertas del auditorio están cerradas y nos encontramos a solas en este lugar.

Me pican los ojos de las ganas de llorar en cuanto le hablo con absoluta seriedad:

—¿Cómo…pudiste…? ¡Hijo de una gran…!

—Podrías ir presa si completas esa frase, Alba.

—¡¡AAAHHH!!

Doy un grito que me daña la garganta mientras permanezco entre las butacas del auditorio. Detesto tanto vacío, detesto que el escenario esté así. Subo a la tarima en busca de señales de lo que antes fue el laboratorio y no hay nada más que algunas marcas con las que se marcó la línea divisoria del estudio de investigación.

Y eso es todo.

No puede ser, no puede ser, no puede ser cierto todo esto.

Me dejo caer al suelo, sobre la tarima, de rodillas y me siento completamente perdida. Se llevaron absolutamente todo, inclusive mis elementos para investigar, solo me quedó el diapasón en mi mochila, mi computadora y algunas anotaciones, nada más.

Percibo que Cruz avanza entre las butacas y me observa con las manos en los bolsillos, fijamente mientras me habla:

—Tenemos que regresar, Alba. Antes de que los medios comiencen a preguntarse cuánto tiempo necesita tu estabilidad mental para regresar a estructura normal y seguir adelante con esta maravillosa misión que has comandado.

—Están mintiéndole a todos—saco el veneno desde dentro de mí a través de la voz, como si cada palabra fuese una palabrota.

—Repito: mientras más tiempo permanezcas aquí, Alba, más difícil será hacerle entender a la gente que te encuentras saludable de tus ideas.

Un momento.

Entonces capto lo que Cruz acaba de decirme.

Él da un paso hacia adelante y la luz tenue de los pocos reflectores encendidos iluminando el escenario consiguen captar su rostro e iluminar también sus delicadas facciones, su quijada cuadrada, sus ojos intensos, sus labios finos, esa nariz recta que endurece las aletas cuando se intenta mostrar firme como ahora, su traje de etiqueta, ¿todo en él debe ser tan perfecto? Es imposible que me sienta enamorada de este hombre, es un verdadero psicópata manipulador y enfermo adicto al poder.

—¿Es lo que tienen planeado hacer?—pregunto, odiando con cada partícula de mi ser que me guste tanto este hombre y al mismo tiempo me cause tanta bronca, tanta ira, no es bueno para nadie tener esta colisión de emociones en su interior—. ¿Quieren hacerme quedar como una loca si no hago lo que ustedes me dicen?

—Cualquiera que esté fuera del discurso social, técnicamente hablando, está loco.

—La realidad es una mentira acordada.

—Acordada por una mesa chica.

—Y los demás obedecen…

—Y los que no obedecen están en la cárcel o en los hospitales.

Trago grueso y sonrío con desdén.

—”Vigilar y Castigar” de Foucault. Conozco ese libro—destaco.

—Dicen que Foucault fue contagiado a propósito de la enfermedad que le afectó porque querían eliminarlo. Pensaba muy bien.

—Sabía demasiado.

—Y no llegó a ninguna parte ni él ni los que le seguían, todos filósofos infatuados con su capacidad para saber y saber sin ningún tipo de utilidad práctica, ¿en qué eso nos acercó a hallazgos que nos permitan comunicarnos con otras formas de vida en el Universo? Tú eres especial y hablo en serio cuando digo que te quiero proteger.

—¿De qué vas a protegerme tú, Cruz? ¿De mí misma cuando termine por volverme loca literalmente hablando, según los parámetros de tus colegas poderosos?

—No les demos motivos y vamos de una vez.

Afuera se escuchan aplausos, gritos, vitoreos, estruendos, es una enorme celebración que tiene a la gente feliz.

“Feliz”. Ja, ja, ja. Eso no es felicidad, es un auténtico “panem”. Es el mercado de las apariencias. Es la vil estrategia presente desde que el tiempo es tiempo para los seres humanos y las civilizaciones.

Me dirijo a las escaleras y bajo.

Lo enfrento a Cruz.

Cara a cara.

Muy cerca.

Es tan condenadamente atractivo y le odio tanto a la vez, ¡carajo!

—Sé una científica buena, goza de una indemnización de por vida por tus aportes al gobierno y regresemos a la ceremonia, Alba—me propone, acariciando luego mi mejilla derecha con su mano y mi impulso instantáneo es abofetearlo.

No lo pienso, solo lo hago.

Tan fuerte que le giro la cara hacia un costado y la mano me queda ardiendo.

Se piensa que ofrecerme una indemnización como una pensión por discapacitada o de jubilada va a hacerme feliz, qué pedazo de imbécil.




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