Amo del Universo

8. Invasión

No hay tiempo para presentaciones.

El presidente con dos de sus guardias nos conducen hasta un despacho privado en uno de los subsuelos el cual parece ser también un refugio antibombas, para participar de una misión militar donde meterán diferentes drones a explorar al mismo tiempo tanto la figura de Atenas como la de París.

La situación me parece aberrante.

Son cuatro drones acá en París.

—¿No creen que están siendo un poquito invasivos?—le pregunto por lo bajo al presidente, mientras me muestra las diferentes pantallas donde se ha montado una suerte de operativo especial con exploraciones. Están a punto de dar la orden de comenzar.

—¿Por qué lo dice, doctora?

Permanecemos de pie. Él se ubica con las manos afirmadas en una gran mesa oval con una visual panorámica a todas las cámaras tanto de Paris como de Atenas.

—Digo, meter cuatro drones. Es como si nos invadieran a nosotros cuatro naves voladoras en el Palacio de Elíseo “en nombre de la paz”.

—Ellos habitaron nuestro espacio primero.

—Es solo luz.

—Ahora lo sabremos.

—Sí… Un momento, ¿aquello es Atenas?

Señalo en dirección a un montón de cámaras y otras pantallas con canales de TV que transmiten directo desde Grecia.

—Así es—me corresponde el capitán al mando de la operación.

—¿Cuántas cámaras meterán?

—Doce drones con cuatro cámaras cada uno. Los nuestros son solo cuatro, pero tienen seis cámaras cada uno.

Okay, definitivamente la paz nunca es una opción si de la humanidad se trata.

Entiendo que no conseguiré que cambien de opinión. Atenas ha comenzado primero. Mientras los demás se mantienen en vilo para entrar en cuanto se de la orden, deduzco que lo harán luego de que descarten riesgo en Grecia.

Me pongo de pie y corro en dirección a unas doce o trece personas que están de pie en un costado, llevan guardapolvos blancos y rostro de ser egocéntricas eminencias. He desarrollado el talento para identificarles aún a kilómetros de distancia, me temo.

—Ustedes, científicos. ¿Quiénes son especialistas en sonido?

Cuatro de ellos levantan una mano cada uno.

—Conmigo. Ahora.

Nos acercamos al presidente, quien se ha puesto unos audífonos.

—¿Qué crees que haces?—me pregunta—. La expedición ya ha comenzado.

—Más audífonos. Para todos. Ahora—le pido con prisa.

Basta que él haga un gesto para que en cuestión de segundos ya uno de los operadores nos alcance lo solicitado.

Me pongo los auriculares y percibo la manera en que se elevan los drones, el ruido que hacen y la manera en que interviene la carga eléctrica a medida que se acercan a las nubes. Y no son precisamente truenos esos.

El resto de los científicos me mira con extrañeza al captar lo mismo que yo: la carga eléctrica que produce vibración.

Las pantallas nos muestran la entrada de los drones a la figura y la luz es resplandeciente. Apenas se puede ver nada. Cambian a modalidad infraroja algunas de las cámaras y se observan figuras que simulan ser las nubes que atraviesan.

—No hay nada—murmura el capitán.

—Por todos los cielos—farfulla el presidente, quizás esperando a encontrarse a un dragón volando por los aires o a un marciano con alas, no lo sé.

—Chissst—les mando a callar a ambos, tomándome la licencia de hacerlo, dejándome llevar por la adrenalina del momento.

Entonces lo percibimos.

Todos

La vibración.

Marca la misma nota una y otra vez.

—Señor, estamos perdiendo la audiencia—señala uno de los operadores en dirección al capitán y me vuelvo a ellos, presa de la extrañeza.

Luego observo las pantallas de TV.

Están montando todo un circo transmitiendo esto en vivo, de seguro los canales están cobrando para emitirlo o han puesto algo que les beneficie políticamente a ellos, no lo sé. Tampoco me agrada que esté sucediendo esto.

—Eleven nuestros drones—ordena el señor Cruz.

El corazón se me eleva al mismo tiempo y cambio los auriculares.

—Dos de ustedes, sigan con Atenas—les señalo quiénes y dos chicas me acompañan al cambio, prestando atención a los drones que se elevan aquí en París.

Vibración.

Infrarrojo.

Luz.

Oscuridad.

Una nota.

La misma.

Una y otra vez.

El proceso es idéntico a la situación anterior, pero mis cálculos no estaban fallando. Una sonrisa se marca en mi rostro y en el de las chicas también. Claro está que vieron mi experimento con el diapasón.

De pronto una mano se posa en la mía que sostiene mis audífonos y me obliga a quitarme el de mi oído izquierdo.

Me vuelvo donde ha venido el gesto y me encuentro al presidente Cruz que me sostiene la mano con el audífono, provocando que su contacto me incinere más que una descarga eléctrica y me pregunta:

—¿Por qué sonríe, doctora? ¿Qué hay ahí?

—Señor Presidente…

Debo recordarme cómo unir las palabras ante el contacto físico.

Él parece darse cuenta de que la situación me pone medio boba y quita su mano de la mía para luego insistir:

—Dígame, doctora Mercy. Qué han encontrado.

—Necesitamos una cabina de grabación de sonido. Ahora. ¿Por qué no subieron drones a las bases militares del Ártico también?

—Son bordes bélicos, asuntos de soberanía y delimitación del espacio aéreo.

—Tienen que hacerlo. Hay que registrar el sonido ahí de la manera más pacífica posible.

—Así es—me secunda una de las investigadoras que escuchó a ambas figuras—. Nos están dando un mensaje, pero…hay que unir todas las notas.

—¡Señor presidente!

La voz proviene desde una de las comandantes de la milicia que está en la sala. Todo el mundo se vuelve a ella por intervenir:

—Comandante—contesta él.

Ella, en posición, se ubica al frente con una mano sobre su frente en gesto de respeto:




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