Amo del Universo

11. Embarazada

Amanece.

Entro a la sala.

El presidente ya no viste de gala ni esmoquin. Tiene un uniforme militar, un equipo antibalas encima y un revólver visible.

Le observo, consternada.

La mesa pequeña en el medio del juego de sillones presenta yogurt, frutas frescas, frutos secos, jugo de naranja y no hay cubiertos (ni cuchillo ni tenedor).

—¿Qué clase de invitación a desayunar es esta?—le pregunto.

—Tome asiento, doctora—me pide.

Sigo su orden.

No he pegado un ojo en toda la noche, aunque he tenido la suerte de que me presten una ducha de este lugar para poder asearme y refrescarme un poco.

Me siento delante de él.

—Por favor, desayune.

—No sé si tengo hambre—contesto.

—No importa. Tiene que hacerlo. Le prometí que velaría por el bienestar de su bebé.

Ah, entonces no lo hace por mí.

Acerco mis manos al plato de frutos secos y mi estómago ruge, despertando con animosidad. Sabe delicioso, tienen miel derretida, por suerte cuento con una pequeña cuchara de plástico para poder comer.

—Podría estar mejor sin las bombas allá afuera—le digo, mientras intento tragar—. ¿Estamos en guerra?

—Puede que sea civil, o al borde de una.

—¿Qué sucedió?

—La gente no aceptó la información del mapa cerrado, la fe y la armonía de los sonidos. Creen que les estamos tomando el pelo y ocultando algo gordo.

—Es algo gordo esto, ¿no le parece, presidente?

—No obtuvimos respuestas concretas, hay gobiernos que se están militarizando de cara a atacar las ciudades donde las figuras han aparecido.

—¿Qué? Son luces y sonidos, ¡no hay armas ni nada parecido!

La verdad que yo tenía fe en la Humanidad, hasta que un día me tocó velar por ella.

—Ay, no.

Él me pasa una servilleta de tela. O un pañuelo sedoso, no lo sé.

Una lágrima acaba de escaparse de mis ojos y me ha caído en el plato. Luego otra. Mis ojos están empapados.

Le acepto el pañuelo y me limpio los ojos.

—Gracias—le digo.

—Alba. ¿Te puedo tutear?—me pide.

Elevo la mirada y me sorprende la cercanía con la que intenta hablarme, no me cuadra ver a un hombre con su sensibilidad (que a veces se comporta como un patán arrogante) vestido como si estuviese por salir a una guerra.

—S-sí, supongo—murmuro sin estar segura si yo lo puedo tutear a él.

—Nos has brindado información de valiosa importancia, quién sabe cuánto tiempo podríamos haber dado con lo que tú sí conseguiste darnos en tiempo récord.

—Pero a la gente allá afuera no le convence…

—¿Cuánto tiempo hiciste lo que sentías que era correcto porque es tu gran pasión, tu gran amor y no buscaste esa aprobación en los demás?

—Es…cierto. Pero casi me echan del trabajo porque consideraban que lo mío era inútil.

—Hasta que les demostraste que eres capaz y que sí era importante.

Caray, es cierto.

—Sí—murmuro, aterrada—. Pero temo mucho cometer algún error.

—El margen de error en tu trabajo es ínfimo, todo está auditado.

—¿Están…auditando lo que hago?

—Esto es Gobierno.

Sí, comprendo.

—Gracias por creer en mí, presidente.

—Haré todo lo que esté a mi alcance para protegerles a ti y a tu hijo, Alba. Son valiosos para esta sociedad.

—¿Por qué empatiza conmigo por el bienestar de mi bebé, señor Cruz?

—¿Le incomodó el roce de manos anteriormente?—me pregunta, tomándome por sorpresa.

—No lo creo…

Entonces se adelanta hacia mí con su sillón y una de sus manos toma el pañuelo sedoso de mi mano y me limpia las lágrimas del rostro. Su pregunta ha sido para pedirme permiso para secar mis lágrimas lo cual me deja consternada. Y fascinada. En partes iguales…

—Alba… Sé del dolor que implica perder un hijo. Fue el momento más horrible de mi vida, con mi ex esposa. Aún peor que mi divorcio de ella hace años. Tu eres valiosa por partida doble: para nuestra sociedad y para mí, en lo personal. Cuidar de ti y de tu bebé es un compromiso que he asumido de manera profesional y también de manera personal.

—¿Cómo…cómo supo de mi embarazo, presidente?—le pregunto, perdida en sus ojos.

—Tenemos un equipo de investigación de primera línea.

Acto seguido golpean la puerta y el momento se rompe como un cristal. Él se aparta y la comandante entra para avisarle que en dos minutos hay una siguiente reunión con cancilleres.

Por consiguiente, él se pone de pie y me dice:

—Termine su desayuno tranquila, doctora.

Deja de tutearme y el corazón se me viene a los pies.

—Gracias, señor—murmuro con un hilo de voz mientras se marcha y quedo a solas en el despacho presidencial.




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