El edificio parecía una nave espacial varada sobre la tierra.
El cristal del McLaren Technology Centre reflejaba el cielo gris de Surrey, y por un segundo dude si realmente estaba ahí si todavía soñaba en el asiento del avión.
Un guardia en la entrada me sonrió con educación británica mientras escaneaba mi acreditación. "Lia Di Stefano — McLaren Driver Academy"
Ver mi nombre junto a ese logo todavía me parecía una broma mal contada.
Avance por el pasillo principal y el sonido de mis botas contra el suelo pulido se mezcló con un zumbido eléctrico. No había olor a aceite, ni herramientas tiradas, ni humo. Todo olía a futuro: metal limpio, precisión y silencio.
¿Qué hago yo acá? Pensé. Una piba que hasta hace dos semanas corría en calles rotas y se limpiaba las manos con trapos manchados de grasa.
El reflejo en las paredes de vidrio me devolvía a una versión de mi misma que no terminaba de reconocer: el pelo atado, chaqueta negra, acreditación colgando. Una piloto profesional. O al menos eso decía el cartel que llevaba colgado.
Una mujer de unos cuarenta, impecablemente vestida, me recibió con una sonrisa de protocolo.
—Miss Di Stefano, bienvenida a Woking. Soy Claire, la asistente del Sr. Glendale. La espera. —me saludo en un inglés que no llegue a descifrar si era australiano o británico.
Asentí, aunque mi ingles se trabo antes de salir. Ella tono mi incomodidad y suavizo el tono:
—No te preocupes, tenemos traductores para tus sesiones de entrenamiento. Todo irá bien.
Me condujo por un pasillo donde detrás de cada pared de vidrio se veía algo distinto:
Simuladores, monitores encendidos con telemetrías imposibles de entender, mecánicos ajustando piezas con precisión quirúrgica.
Nada que ver con el taller de mi viejo.
Ahí todo era ruido.
Acá, todo era orden.
Matthew Glendale me esperaba en una oficina amplia, con vista directa al lago artificial que rodeaba el edificio.
El mismo traje, la misma sonrisa que la primera vez entre la multitud en Roma.
—Miss Di Stefano — dijo, extendiendo la mano —Bienvenida al principio de tu vida.
Su tono era calmado, casi inspirador, pero yo no podía evitar sentirme fuera de lugar
—Gracias por la oportunidad —dije en voz baja.
—No agradezcas todavía. Esperemos al final de la primera semana —respondió, medio en broma.
Me invito a sentarme frente a un escritorio que parecía más una obra de arte que un mueble.
—Durante los próximos seis meses vas a entrenar junto a los pilotos de McLaren Drivers Academy. No solo vamos a pulir tu técnica, sino también tu resistencia física, tu mente y tu adaptación al entorno.
Asentí sin saber muy bien que decir.
—Tuviste resultados impresionantes en las carreras de Roma —continuo —Tenés instinto. Lo que falta ahora es disciplina.
La palabra me atravesó. "Disciplina". No velocidad, ni talento. Disciplina.
Me pregunte si eso se podía aprender o si nacía con uno.
Cuando salí de la reunión, el pasillo estaba vacío. Afuera, la lluvia fina inglesa caía sobre el vidrio, formando líneas que parecían caminos. Caminos que todavía no sabía si iba a poder recorrer.
Me detuve frente a un espejo grande al final del corredor.
Por un momento, no vi a una futura piloto. Vi a la chica que todavía olía a combustible u caucho, la que se reía con Gian Pierre y Giovanni en el taller, la que se prometió volver como campeona.
Y de golpe, el miedo.
El miedo de fallar, de no estar a la altura, de ser "la chica que llego por suerte".
El síndrome del impostor se sentía más pesado que el casco que todavía sostenía en la mano.
Una voz interrumpió mis pensamientos.
—Hey, you're the new one, right? "Oye, eres la nueva, ¿verdad?"
Me giré.
Un chico de cabello oscuro y sonrisa dulce me miraba desde el final del pasillo, sosteniendo una carpeta bajo el brazo. No debía pasar de los 17 años.
—Soy Logan, del equipo de Formula 4. Glendale me dijo que te mostrara los alrededores.
Intente sonreír, aunque mi inglés sonó torpe.
—Lia. Un gusto en conocerte.
El asintió con una media sonrisa.
—Welcome to the madness. "Bienvenida a la locura"
El aire de Inglaterra tiene un sabor distinto.
No es solo el frio, ni la humedad que se pega a la piel. Es algo más, una sensación metálica que se mezcla con el olor del agua y el silencio. En Sicilia, hasta el viento hacia ruido; acá, todo parece contener la respiración.
Cuando cruzo las puertas del McLaren Technology Centre por segunda vez, ya no soy recibida como visitante.
Soy parte del equipo.
O eso dice mi credencial.
Los primeros días pasan lentos, como si el reloj no tuviera apuro en este lado del mundo.
Me despierto cada mañana con el sonido del despertador del teléfono y el golpeteo suave de la lluvia en la ventana. El cielo nunca cambia demasiado: gris, opaco, denso.
Me alojaron en una residencia para jóvenes pilotos a unos veinte minutos del centro de desarrollo. Es un complejo moderno, con departamentos pequeños pero cómodos.
Desde mi habitación veo una hilera interminable de árboles que se mueven con el viento, y a veces, si presto atención, alcanzo a escuchar el rugido distante de motores en el circuito de pruebas.
El inglés me sale con torpeza.
Puedo entender casi todo, pero las palabras me cuestas, como si tuviera que desenterrarlas. Me obligo a pensar en voz alta cuando estoy sola, solo para no olvidarme como suena mi propia voz hablando ese idioma.