"Fuentes cercanas aseguran que Azul no estaba lista para el altar"
Tras cancelar su boda sin dar declaraciones, la escritora ha mantenido absoluto silencio.
¿Crisis personal o secreto mejor guardado?
El ex prometido evita comentarios... pero su entorno no.
—Revista Impacto,
16 de mayo de 2023
Desde los dieciocho años yo sabía lo que quería. Una vida cómoda y tranquila.
Creía que la estabilidad era una meta que se lograba si te esforzabas lo suficiente y seguías paso a paso un plan para llevarlo a cabo. Y que el amor, como casi todo, era cuestión de planificación.
No en el sentido frío —no soy un robot con agenda emocional—, sino en el sentido lógico. Si eliges bien, si conversas lo suficiente, si compartes valores, metas, horarios y una idea razonable del futuro, el amor no debería sorprenderte. Debería sostenerte.
Ignacio era inteligente, amable, considerado hasta el exceso. Sabía exactamente cuándo tomarme la mano en eventos sociales y cuándo dejarme espacio. Escuchaba mis ideas sobre novelas con tramas imposibles con la misma atención con la que otros escuchan noticias urgentes. Recordaba fechas importantes, a su lado nunca me faltó una muestra de afecto.
Cuando lo conocí yo me acababa de graduar de la universidad y me habían aceptado como asistente para el Editor Senior de Grupo Editorial Andrómeda.
Me deslumbró la facilidad sobrenatural que tenía para moverse en un ambiente tan exigente como ese. Saludaba por su nombre a críticos, autores, agentes. Escuchaba más de lo que hablaba, pero cuando lo hacía, todos prestaban atención. No imponía. Convencía.
Yo estaba junto a la mesa de credenciales cuando lo vi resolver una situación incómoda: un periodista molesto porque no había recibido una entrevista exclusiva.
Ignacio no levantó la voz. No se defendió. Sonrió apenas, inclinó la cabeza y en menos de dos minutos había transformado la queja en una invitación futura. El periodista terminó riendo.
Esa inteligencia y elegancia bajo presión me desarmó.
—Azul.
El sobresalto de escucharlo pronunciar mi nombre justo detrás de mí hace que casi deje caer mi copa de vino.
—¿Cuántas veces te he dicho que no sostengas el vino como si fuera radioactivo? —preguntó él, divertido por mi reacción.
—Tres —respondí automáticamente—. Pero sigo pensando que puedo arruinar la reputación de la editorial con un movimiento brusco.
Ignacio tomó mi copa y la cambió sutilmente de posición en mi mano.
—La reputación de la editorial no depende de tu pulso. Depende de tu criterio. Y de eso tienes más de lo que crees.
Minutos después me presentó a dos autores jóvenes como "una de nuestras voces más prometedoras".
Yo no era una voz. Era su asistente, a la que que ponía a corregir erratas.
—Ignacio... —susurré cuando se alejaron—. No soy eso.
—Todavía no —corrigió con tranquilidad.
Ahí fue.
No fue una chispa cinematográfica. Fue la sensación precisa de que alguien veía una versión de mí que yo todavía no sabía habitar.
La noche avanzó y en algún punto terminamos en la terraza del edificio, ajenos a las conversaciones de los demás. La ciudad estaba encendida debajo de nosotros, los lejos se escuchaba el sonido de los claxons de los autos apurados por llegar a casa.
Era primavera pero el clima era cálido y agradable. La brisa soplaba suave a nuestro alrededor, removiendo sus cabellos castaños y trayendo hasta mí su embriagante aroma, una loción fuerte, con notas amaderadas. Muy masculino.
—¿Te abruma? —preguntó, acomodando unos mechones de cabello que revoloteaban con el viento.
—Un poco.
—Es normal. El mundo editorial puede ser intimidante y despiadado.
—No me asusta que sea despiadado—dije rápidamente, apoyando los codos en la baranda de balaustres de piedra blanca—. Me asusta no estar a la altura.
Ignacio se quedó en silencio un instante. Luego dijo:
—Si pensará que no estas a la altura, como dices, no te abría seleccionado a ti para el puesto.
Lo mire de reojo.
—Azul —corrigió, con suavidad—, no un favor.
—La mitad de la plantilla editorial piensa que si —dije con sorna. Le di un trago a mi copa de champagne, el sabor cítrico me inundo el paladar y dejo una sensación aterciopelada sobre mi lengua.
—La mitad de ellos no leyó tu ensayo sobre la literatura de género y su impacto en los hábitos de consumo en los jóvenes contemporáneos —respondió con una media sonrisa—. Yo sí.
Me enderecé a penas. Era un ensayo que había escrito en los primeros semestres de la universidad para una clase de literatura contemporánea en la que no tuvo mucha relevancia. Me había llevado algunas semanas de investigación pero para la profesora Erika había pasado sin pena ni gloria.
Incluso yo lo había olvidado.