Amor bajo amenaza

Capitulo 4

Abigail no había podido quitarse de la cabeza la llamada de la noche anterior.
Las palabras de los agentes seguían resonando con un peso que no estaba dispuesta a admitir.

Al día siguiente, Abigail ingresó a la habitación arrastrando un carrito lleno de instrumental estéril para comenzar a curarlo. Raphael ya estaba despierto, observando un punto fijo en la pared como si eso fuera lo más interesante del lugar.

—Buen día —saludó Abigail, cerrando la puerta tras de sí.

Él giró apenas la cabeza.

—¿Ya es… de día? —preguntó con la voz rasposa.

—Apenas está amaneciendo —respondió ella—. ¿Cómo durmió?

Raphael soltó una risa breve, amarga.

—Como duerme alguien… con un infierno pegado a la piel.

Abigail no se sobresaltó.
Había escuchado esa misma frase decenas de veces. Pero en él sonaba distinto, como si ese infierno no estuviera solo en su piel, sino también en su alma.

Se colocó los guantes y se acercó a la camilla.

—Hoy voy a retirar parte de los injertos temporarios. Necesito ver cómo avanza la cicatrización —explicó mientras preparaba todo para iniciar el procedimiento.

Cuando apoyó las manos sobre los vendajes, él se tensó. No por miedo, sino por vergüenza.

—No debe temer —dijo ella con suavidad al notar su incomodidad—. Esto no dolerá. Además, las cicatrices no lo hacen menos persona.

Él tragó saliva y suspiró pesadamente. No le era fácil hablar de ello.

—No son las cicatrices lo que me preocupa, doctora… —murmuró—. Es lo que hay debajo.

—¿Y qué hay debajo?

Preguntó casi automáticamente, sin procesar del todo sus palabras, mientras comenzaba a retirar los vendajes. La verdad, no le interesaba lo que él fuera a decir, pero quería tratarlo igual que a todos sus pacientes. "Soy profesional. Lo que él hizo no me incumbe" Se repetía una y otra vez, intentando ignorar que tenía a un asesino frente a ella.

Él cerró los ojos. No esperaba que preguntara eso y tampoco sabía si tendría las agallas para decírselo. Apenas la conocía, y aun así podía sentir su distancia. Pero la delicadeza con la que le quitaba los vendajes lo hacía dudar por momentos. Se preguntaba cómo una mujer podía ser tan amable y tan fría al mismo tiempo.

Por alguna razón, no quería que ella lo viera solo como un asesino a sueldo.

—Una historia que no quiere escuchar.

Respondió luego de un largo silencio.

Abigail terminó de quitar el primer vendaje. La piel rojiza quedó expuesta. Sin embargo, no apartó la mirada de sus ojos cuando decidió responder.

—Me gustan las historias. Además, prefiero oírla de usted que de la policía. Ellos tienden a inventar cosas.

—¿Cómo sabrás que te digo la verdad?

—Soy su doctora. No estoy aquí para juzgar, sino para curar. Pero, si debo ser sincera, soy buena curando rostros, no personas. Si quiere hablar con más libertad, puedo agendarle un turno con la psicóloga del hospital.

—No.

El tono la sorprendió. No fue un grito, pero sonó severo. Abigail sintió un leve estremecimiento, aunque no lo dejó notar. Sin embargo, él percibió cómo sus manos habían comenzado a temblar.

Raphael respiró hondo. No era su intención asustarla. Pero no le resultaba fácil abrirse ante una desconocida. Y aunque apenas la conocía, sentía que podía confiar. O al menos eso quería creer.

—Lo siento… yo no quise decirlo así.

—Está bien. Sé que no todos creen en la efectividad de los psicólogos, pero en estos casos siempre es bueno hablar con uno —mencionó Abigail rápidamente, incorporándose con torpeza y chocando con el carrito en su intento de tomar distancia.

En un impulso casi desesperado, él movió su mano y tomó la manga de su bata blanca.

—Por favor, no se vaya… Le juro que jamás le haré daño. Apenas puedo moverme —intentó bromear, mirándola con una súplica que no sabía disimular.

No quería que se fuera. Por una vez en su vida, no quería ser solo el rostro de un asesino ante los ojos de alguien.

Abigail cerró los ojos, intentando decidir qué hacer. Tras unos segundos, asintió.

—Está bien. Lo escucharé. Pero si noto que algo es demasiado intenso o que no puedo ayudarle, pediré turno con el psicólogo.

Raphael asintió y la soltó. Abigail volvió a sentarse, acomodando las manos sobre sus piernas, esperando que él hablara.

—No sé por dónde empezar… Nací en un barrio donde la policía no entraba jamás —comenzó—. Mi padre era alcohólico. Mi madre trabajaba doce horas al día limpiando casas ajenas para llevar el pan a la mesa. Cuando tenía quince, un narco de la zona me ofreció dinero por “vigilar esquinas”. Era eso o robar. Así que acepté.

Hizo una pausa y ladeó la cabeza hacia ella.

—A los diecisiete… mataron a mi madre —continuó—. No fue un ajuste de cuentas. Fue… un mensaje. Una deuda que no era de ella, era mía. Lloré tres días. Y al cuarto… asesiné al hombre que la había matado.



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En el texto hay: amorprohibido, fbi, mafia

Editado: 29.09.2026

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