Amor bajo la luna

Capítulo II

Furiosa, incapaz de perdonarme sobre todo por mi estupidez, recriminándome todo el rato este y otros muchos y graves errores de criterio; recogí todas mis cosas y me fui de aquel horrible apartamento para estudiantes donde había vivido los últimos tres años.

Fuera de mí, con el corazón roto, saqué un vuelo a Edimburgo y tomando todos mis ahorros hui hacia el norte, hacia un sitio seguro. Y ese era el lugar donde residía mi amiga Hilda, en una remota y discreta islita del Mar del Norte.

Ese encantador paraje estaba lo lo suficientemente apartado como para poder olvidarme de aquella amarga experiencia.

Porque mientras permaneciera allí llorando mis penas, todo, absolutamente todo me iba a recordar a aquel hombre detestable sin corazón. Me sentía humillada, engañada y utilizada como si todos aquellos años hubiese estado siendo manipulada por un hábil titiritero. En mi inocencia había creído sinceramente que aquel chico me quería, que me amaba, solo porque me lo había dicho muchas veces y el sexo era maravilloso.

¿Cómo era posible que no me hubiera dado cuenta antes de las señales?

Ahora, lejos de su maléfico influjo, de sus manipulaciones, había caído en que nunca me había demostrado su amor con hechos; que nunca me había querido y que solo se había querido a sí mismo. En esos momentos flacos, mientras el avión me llevaba a mi nuevo destino, me daba cuenta de por qué me ocultaba del ojo crítico y vigilante de su madre quien abiertamente se había opuesto a lo nuestro.

Me sentía como una estúpida tras haber descubierto su engaño. No dejaba de recordar su expresión en la boda de su hermana mayor, a la que yo había acudido como una extraña, como una espía, para poder constatar la dura realidad con mis propios ojos.

Empacaba la ropa con los ojos arrasados por las lágrimas de despecho y las manos temblorosas intentando que mis cosas cupiesen en el exiguo espacio de la maleta.

¡Con qué convencimiento había creído que el lucharía por mí!

Las grandes novelas de amor siempre habían ensalzado la valentía de los enamorados que luchaban contra los que se oponían a su relación contra viento y marea. Me había hecho a la idea de que nosotros éramos una especie de Romeo y Julieta con su familia de ricachones conservadores oponiéndose a que su heredero eligiese a una esposa con orígenes más humildes; alguien como yo.

Eso me hacía suspirar...creer en lo maravillosa que era nuestra historia. Lo increíble que iba a ser todo...y cuando nuestros sentimientos triunfaran contra todo pronóstico yo ya me encargaría de contárselo a nuestras hijas e hijos. Habría sido tan hermoso...como un sueño.

Pero solo era un espejismo, una pantalla que ocultaba una realidad mucho más cruel y oscura.

Cuando yo le preguntaba me respondía con pasión que me amaba.

Su familia tenía una enorme casa de tres plantas en una finca en el centro y era habitual que nos tropezáramos con sus padres. Pasaban las vacaciones en mi mismo pueblo. No era algo que planeásemos, solo sucedía. El pueblo era demasiado pequeño para la discreción y aunque tomábamos el coche para ir a otros lugares a veces, nos los tropezábamos y a mí hasta me resultaba divertido.

Pero a él lo incomodaba.

Discretamente él me soltaba la mano como queriendo tranquilizar a su madre, de esta manera daba a entender que nuestra relación no era seria sin necesidad de darle explicaciones más tarde, cuando ella se las pidiera.

Ahora lo entendía.

Yo nunca había sido importante en su vida.

Él no iba a estar dispuesto a tener que enfrentarse a ninguna discusión por defender lo nuestro.

Yo no era nadie. Ya había otra que llevaba ocupando mi lugar desde hacía tiempo.

<<Otra...>>

Me empezaba a sentir enferma con cada revelación, con cada recuerdo que una vez había atesorado.

<<Todo era mentira.>>

Nunca en nuestros años de relación me había presentado oficialmente a la familia.

¿Por qué no vi antes las señales?

Nunca había comido en su casa, ni tampoco había sido invitada a los eventos que ellos solían organizar en el jardín de aquella enorme construcción color beige, rodeada de altos muros.

Con dolor comprendía que me habían excluido, como si fuera basura, como si fuera el juguete con el que su "niño" se entretenía mientras se labraba un futuro en el que yo no iba a entrar, ni a formar parte porque mi linaje no era lo suficientemente bueno. Porque mi abuela querida había tenido que aceptar un trabajo de asistenta de la limpieza en su casa para poder alimentar a su familia: a mi madre, a su hermana.

<<Tonta, tonta...>>

Me rechinaban los dientes al darme cuenta de que en realidad, nunca había tenido ninguna intención seria, ni tampoco un interés verdadero en conocerme.

<<Estúpida...>>

Lo de que me amaba ahora eran ahora palabras sucias, vacías, huecas en mi mente.

<<Infeliz...>>

Recordaba con asco que él me lo repetía una y otra vez en el asiento trasero del utilitario que sus padres le habían regalado tras haber terminado la universidad mientras teníamos sexo salvaje a la luz de la luna en algún lugar apartado de una carretera secundaria.

<<Idiota...>>

Porque ni siquiera tenía dinero-o eso decía él- para pagarnos un hotelito en un lugar apartado en las montañas o quizá al lado del mar. Y me hacía pagar con mi propio dinero la cena en un restaurante al lado de una encantadora ribera fluvial.

<<Ingenua...>>

Me sentía vomitar al recordarme a mí misma enredada a su cuerpo menudo y atlético mientras soñaba con un futuro juntos y veía la cara de nuestros retoños.

<<Ilusa...>>

Había sido mi primer novio serio, el primero en enseñarme el maravilloso mundo de las sensaciones físicas, el contacto íntimo con alguien y creía que nunca iba a conectar con nadie al mismo nivel.




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