Amor bajo la luna

Capítulo III

Stornway, este pequeño pueblo costero situado en la isla de Lewis, en las tierras altas de Escocia ocultaba un misterio ancestral y aunque todo el mundo lo sabía se evitaba hablar abiertamente sobre él.

Los lugareños más longevos se preocupaban mucho de no hablar más de la cuenta porque "...Uno no podía saber quién estaba escuchando, ni qué fuerzas podías convocar con solo nombrar lo innombrable...".

Pero mis amigos no se tomaban demasiado en serio aquellos rumores. Eso no quería decir que no tuvieran sus reservas en relación con aquel asunto que asustaba tanto a los abuelos. Habían convivido con aquel temor irracional toda la vida y procuraban que aquel hecho no interfiriera en su vida.

En el pub que solíamos frecuentar se contaban muchas cosas sobre los círculos de hadas que había hacia el oeste, no demasiado lejos de Stornway. Eran unas enormes estructuras megalíticas sobre las que nada se sabía.

Los académicos las habían estudiado y las atribuían a la cultura prehistórica que había poblado aquellas tierras hacía miles de años. La teoría más aceptada era que los antiguos habían construido un lugar de peregrinación que también servía tanto como calendario lunar como indicador de los ciclos de la cosecha, de la vida y la muerte.

Sin embargo, las viejas creencias se resistían a desaparecer en aquel lugar alejado de la mano de Dios. Por eso no me sorprendía que en pleno siglo veintiuno la gente temiera acercarse a aquel monumento ancestral en determinadas fechas: el solsticio de invierno y el equinoccio de otoño.

Yo no tenía ningún miedo y necesitaba de aquella aventura para huir de aquel sentimiento de derrota que había empezado a habitar en mí desde la ruptura con Enzo.

Me sentía muerta por dentro. Y necesitaba redescubrir el sentido de la vida, necesitaba recuperar la fe en las personas, en el amor; alejarme de toda aquella oscuridad que había echado todo mi mundo a perder.

Aquel lugar tan alejado de mi hogar parecía tener los ingredientes para que todo resultase perfecto.

Había calma, belleza; un paisaje salvaje y rudo que me quitaba el aliento. No iba a caer en la tentación de dejarme engañar por la atmósfera de superstición y miedo que se respiraba en la isla: todo había que decirlo.

Por supuesto que no.

Pese a mi naturaleza emotiva y sensible, me tenía por una persona racional. Y mis amigos parecían estar en la misma sintonía que yo, pese a las reticencias iniciales de Connor ya que su familia, sí que era supersticiosa.

John sonrió de manera conspicua. Era moreno, de padre italiano y de madre irlandesa. Estaba viviendo en aquella isla remota porque se había enamorado sin remedio de Hilda y tampoco se sentía demasiado atado a la ciudad de donde procedía.

Hilda me había contado que no le había costado demasiado mudarse con ella a las dos semanas de conocerse. Eso me hizo sonreír. Era estupendo redescubrir la fe en el amor. Él se sentía a gusto compartiendo la vida con mi amiga y a mí me parecía que hacían una pareja encantadora.

Suspiré.

" Eso sí que es amor...Amor del bueno...", me dije sintiendo una punzada de envidia.

John era un hombre muy atractivo y se sabía carismático, sobre todo porque tenía una profunda voz y unos grandes ojos oscuros como la noche.

La gente solía escucharlo. Y ahora iba a sacar partido de sus encantos.

Nos miró a cada uno fijamente para dar más énfasis a sus palabras mientras yo sentía cómo la intriga y las ganas de saber más hacía que mi corazón latiese con la excitación salvaje de aquellos que están a punto de descubrir algo emocionante.

Él sonrió, aclaró la voz y empezó a contarnos lo que queríamos saber.

—La noche de *Samhain las parejas se acercan a las piedras de Callanish y dejan ofrendas para honrar a las hadas con la promesa de la felicidad y la fecundidad para la pareja —dijo adoptando un aire misterioso mientras miraba a mi amiga con devoción.

Yo me sentía cada vez más animada. En realidad, la promesa de una aventura era lo que necesitaba mi pobre espíritu para despertarse de la melancolía en la que se había instalado. Escuchar lo que había dicho John sobre Callanish, había despertado en mí las ganas de explorar aquel emplazamiento que tanta reverencia y recelo despertaba entre los habitantes de Stornway.

Batí las palmas entusiasmada. Mis amigos me miraron como si estuviera loca.

—Oh... pero ¿es que no os dais cuenta? es fantástico que una tradición tan antigua se haya conservado hasta ahora. Seguro que las abuelas de todos vosotros han ido alguna vez hasta allí con la esperanza de encontrar el amor y fundar una familia...— dije yo achispada, intentando que las lágrimas de emoción no se me escaparan.

—Hey, nena— dijo Hilda mirando mis ojos brillantes— me parece que estás fatal.

Pero yo solo di un trago a mi cerveza.

—¡Qué va! No sabes lo que dices...—reí quitándole importancia.

Me parecía tan maravilloso que me moría de ganas de dejarles yo misma una ofrenda a los dioses o lo que quiera que habitara allí. Ansiaba con toda mi alma ser la elegida de alguien, el motivo por el que luchar y levantarse todos los días. Necesitaba saberme amada por alguien, encontrar mi lugar en el mundo y también deseaba que esa persona inspirara en mí esos mismos sentimientos.

¿Acaso era tan imposible? ¿Acaso era mucho pedir? Yo solo quería alguien a quien querer y que me quisiera.

—A ver, Kyla. Cuidado...no es tan bonito, ni tan romántico como lo pinta el bobo de John — dijo Hilda dándole un tierno beso en la mejilla.

Se sonrieron, entrelazaron las manos bajo la mesa y yo volvía a darle un trago a la cerveza.

"Eso es precisamente lo que quiero, diablos..." , me dije volviendo a sentir esa punzada de añoranza, similar a la envidia mientras los miraba disimulando esa quemazón que me molestaba.

—Sí...pero tienes que tener cuidado de que no te descubran —dijo Connor con una mueca mientras se bebía la segunda pinta de cerveza.— Si te atrapan... Estás perdido — añadió muy serio tras hacer un gesto con la mano.




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