—¡Eres un bruto...!— le dijo Hilda dándole una colleja en la parte superior del cráneo.
—Auch... joder...John, tu mujer me acaba de agredir— denunció Connor con voz de falsete tras darse un golpecito por la inercia, contra la parte superior de la lata.
Estaba sentado en el asiento del copiloto bebiendo de una de las latas de cerveza de las que nos habíamos aprovisionado para ayudarnos a hacer más ameno el viaje y se rascaba la cabeza con gesto enérgico. A mi me dio la sensación de que estaba exagerando y miré a Hilda intentando aguantarme la risa.
Ella meneó la cabeza y su sonrisa se hizo más ancha.
—Bah...qué exagerado que es— murmuró mientras reía.
—Te lo dije, Connor. Mi Hilda es de armas tomar, deberías prestar más atención a lo que dices...—dijo John, que parecía conocer muy bien aquella sinuosa carretera por la que nos adentrábamos sin importarnos la oscuridad incipiente— Y ya te advertí de que no te metieras con ella— añadió riéndose.
La sensación del alcohol embriagando mis sentidos era maravillosa, de vez en cuando tomaba un trago de cerveza y habría jurado que sentía cómo poco a poco mi cuerpo iba asimilando la bebida hasta sentirla circular por mis venas; me sentía pletórica, con energía, feliz de estar con ellos.
Ya estaba más que harta de ser una buena chica. Eso nunca me había traído nada bueno y quería exprimir la vida en la medida de lo posible.
Lejos me quedaba la sensación de pérdida que me había acompañado hasta allí, hasta Stornway. Lejos quedaban los ojos oscuros del idiota de mi ex novio, mientras incrédulo me preguntaba qué era lo que estaba haciendo allí, en la boda de su hermana mayor.
¿Cómo podía haber sido tan cínico?
No le iba a perdonar nunca lo que me había hecho.
¡Nunca! la ira crecía en mi interior hasta hacerme olvidar que alguna vez había amado a aquel impresentable.
"¡Te odio Enzo...! a tí y a toda tu maldita familia de estirados."
La noche era clara, sin nubes y con una luna llena impresionante que se destacaba como un enorme disco plateado sobre las colinas llenas de brezales. El paisaje iba cambiando, las colinas onduladas ahora estaban siendo sustituidas por praderas a medida que nos desplazábamos por aquella estrecha carretera. La luz de la luna estaba tamizada por los retazos de nubes bajas que ahora parecían querer atraparnos en su frío abrazo. Los faros antiniebla del utilitario de John nos ayudaban a atravesar la niebla con su potente luz, devolviéndonos algo de visibilidad. John por supuesto, había dejado de beber ya que era quien conducía y yo me empezaba a arrepentir de haber sido tan bocazas. Conforme avanzábamos la carretera me parecía cada vez más deprimente, hasta algo siniestra.
—Siempre nos turnamos cuando vamos de fiesta...—había dicho Hilda después de salir del pub mientras le lanzaba las llaves del coche y el las agarraba al vuelo.
Ahora su marido conducía y observábamos atentos a nuestro alrededor intentando distinguir los monolitos de las hadas destacándose en el paisaje nocturno. Hacía ya largo rato que mis amigos se habían quedado en silencio. Quizá algo arrepentidos de haber sido llevados por el capricho arbitrario, sin ton ni son, de una muchacha aburrida y despechada como yo.
Me sentí algo culpable de haberles embarcado en aquella loca aventura y también agradecida por haberme consentido aquel capricho. El paisaje ahora se había vuelto casi lúgubre y empecé a pensar que todo aquello había sido una equivocación. Empezaba a sentirme nerviosa, como si estuviera cometiendo un error que luego habría de lamentar.
Sin embargo, ya no había remedio. No podía echarme atrás como una estúpida; después de todo, estábamos allí por mi culpa.
Así que no tenía sentido arrepentirme ahora.
La niebla se fue despejando, descubriéndonos una amplia pradera iluminada por la luz plateada de la luna.
Ahogué una exclamación.
"Vaya, pues sí que ha merecido la pena..." pensé sintiendo una extraña sensación en la boca del estómago.
Y de pronto, las oscuras siluetas de las piedras se destacaron contra la luna llena en la amplia pradera. Ya no quedaba nada de la densa niebla que nos había estado agobiando casi desde el momento en que habíamos dejado atrás Stornway.
—¿Esas son...? —inquirí yo conteniendo el aliento.— Tengo ganas de echarles un vistazo de cerca.
El pelirrojo estaba menos fascinado que yo con el espectáculo.
—Ajá... son esas. Pero...pero nosotros no vamos a movernos de aquí, ni lo sueñes—rio Connor entre dientes nervioso mientras se terminaba la última lata, la estrujaba y arrugaba sin dificultad con la mano.
Tenía la intención de lanzar la lata al campo pero...
—Ni se te ocurra tirar esa basura por la ventana...—le advirtió John con mirada severa.
Connor hizo una mueca y se la guardó en el bolsillo delantero de su sudadera de marca.
—Tranquilo, tio. No tenía la intención de tirarla...
John entrecerró los ojos.
—Mhm...¿seguro...?
—¡Que no...pesado!
—Yo voy contigo...—dijo Hilda en cambio.
—¡Cobardes...! —me reí mientras me tomaba un largo trago de aquella cerveza irlandesa que tanto me había empezado a gustar.
El espectáculo que se desplegaba ante mis ojos me hizo olvidar los sentimientos desagradables. Ahora resultaba divertido dejarme llevar después de tanto tiempo de tristeza y ostracismo. No tenía nada de malo. Seguía mis instintos, sin pensar en nada más.
Ahora lo único que sabía era que tenía la necesidad de estar allí; y en aquel día en particular.
Aspiré el aire perfumado de la noche. Cerré los ojos.
Algo me llamaba.
—¡Qué loca estás, Kyla...! —exclamó riendo mi amiga a mi lado.
—¡Vámonos...!
Caminaba a buen ritmo, usando la linterna del móvil para orientarnos en la noche. Nos aproximábamos.
—Es impresionante, mira qué estructuras...¿cómo habrán sido capaces de traer esos monolitos hasta aquí?
#5053 en Novela romántica
#143 en Paranormal
amistad aventuras romances y misterios, romance paranormal seres sobrenaturales, amor romance celos pasión
Editado: 27.05.2026