Nos apartamos de la vista de todo el mundo, sin pronunciar una palabra él me tomó de la mano y yo me dejé llevar perdida en la profundidad de aquella mirada amable y también...
Ardiente, hambrienta.
Pero no quería ir a ninguna otra parte.
Me llevó a un claro en el bosquecillo que lindaba el círculo donde su gente ahora bailaba, ahora bebía y reía. Sentía crecer dentro de mí un deseo salvaje, imparable que no me dejaba pensar con claridad.
Ese hombre impresionante, solo tenía ojos para mí y yo no podía apartar la mirada de él. Me devoraba con los ojos, yo anticipando lo que sabía que iba a suceder estaba cada vez más impaciente por sentir sus manos sobre mi cuerpo. Estaba totalmente dispuesta a entregarme a él, mis ojos suplicaban que me tomara, que me hiciera suya sin importar quién pudiera sorprendernos.
Una fuerza desconocida, poderosa, había tomado el control sobre mi persona y yo me dejaba llevar por ella , embriagada por la presencia de aquel hombre sobrenatural, sometida por el salvaje deseo que me inspiraba.
Hacía tiempo que había perdido de vista a mis amigos y ya no me importaba. Solo quería seguir con él, sentía que estábamos conectados de una forma que nunca podría explicar con palabras.
Mis sentidos estaban más despiertos que nunca; el perfume de la tierra, de las plantas, de la corteza de los árboles, de la tierra humedecida por el rocío de la mañana que apunto estaba de nacer...todo me colmaba. Parecía alimentarme y yo me sentía renacer, cada vez más viva.
Con él a mi lado me sentía completa y feliz.
Sonreí, sintiéndome como si empezara a experimentar el placer de sentirme viva, renacida, poderosa, fuerte y deseada por alguien que hacía que todo mi cuerpo se estremeciera anticipando una sola caricia suya. .
Él me observaba ahora con atención, con ese deseo salvaje y desaforado que lograba conmoverme. Y yo me dejaba acariciar por sus increíbles ojos.
—Déjame verte a la luz de la luna, por favor... antes de que mi tiempo se agote —me pidió aquel hombre divino mientras la túnica que lo cubría ahora, por fin caía a sus pies dejándolo totalmente desnudo, vulnerable, expuesto ante mí.
—¡Oh..!— exclamé conteniendo el aliento y sintiendo cómo una oleada de calor me coloreaba las mejillas.
No podía ser. Aquello no podía estar ocurriendo.
—¿Confías en mí?— me preguntó en cambio, mientras me tomaba las manos y las ponía sobre su duro pecho.
Yo asentí y me mordí los labios.
El sonrió complacido. Parecía que con eso tenía suficiente.
Estábamos protegidos, resguardados de miradas indiscretas entre las ramas bajas de un enorme árbol de hoja perenne. Me tomó de la mano y me llevó hasta un suave lecho de musgo.
Empecé a temblar.
Era demasiado hermoso y no podía hacerme a la idea de que algo así pudiera estar sucediéndome en aquel apartado lugar, en mitad de la nada, en una isla lejana del Mar del Norte.
Nunca había sido una persona de darlo todo en la primera noche, menos si era un desconocido. Sin embargo, no podía evitar sentir aquellas extrañas oleadas de deseo primitivo y salvaje que me recorrían sin piedad, como un maremoto poniendo mi mundo a los pies de aquel desconocido. Me sentía irresistiblemente atraída hacia aquel hermoso ser como hacia ningún otro hombre mortal o no. Mi yo racional se mantenía callado, en silencio, mientras sentía como si todas y cada una de mis terminaciones nerviosas reaccionaran a una sola palabra suya.
—Kyla...
Mi nombre pronunciado en sus labios perfectos fue música en mis oídos y cerré los ojos dejándome embrujar por la cadencia de su voz, por su extraño acento.
"Por favor...vuelve a decir mi nombre" pensé con desesperación.
—Kyla...
Esa delicioso sonido me hacía estremecer. Poseía un tono profundo, grave, tremendamente perturbador. Podría hacer cualquier cosa que me pidiera. Y su presencia magnética se fue apoderando de mi toda atención, de mis sentidos; no podía pensar en otra cosa que ceder a las intensas emociones, a los impulsos que mi cuerpo enardecido me demandaba.
Él sabía lo que estaba haciendo. Lo que me estaba sucediendo y era evidente que estaba disfrutando mientras me veía sometida a aquella suerte de hechizo sensual.
¿Qué me estaba sucediendo? Me sentía como un animal en época de apareamiento. Sus labios pronunciando mi nombre habían sido suficiente afrodisiaco y quería ahora quería sentirlo en mi interior.
Él no podía apartar la mirada de mí.
Parecía querer devorarme y yo quería que lo hiciera, desesperadamente. No podía apartar los ojos de él; me atrapaba la manera en que me miraba, todo lo que me hacía sentir. Nunca nadie había despertado en mí tanto deseo, ni tampoco tanto recelo.
Era tan perfecto que dolía verlo. Me apetecía tocarlo, sentir la calidad de su suave piel al tacto.
Él asintió, como si supiera lo que estaba pensando y sonreía. Ahora él había dejado que las yemas de mis dedos acariciaran su rostro y me los había besado con ternura.
Después me había vuelto a besar con pasión en los labios, sumergiéndose en mi boca, explorando con su lengua el interior de mis labios como si estuviese hambriento. Parecía saber que yo necesitaba ceder, necesitaba liberarme de todo el recelo, del temor. Quería ser amada por él, me sentía tentada pero también los acelerados latidos de mi corazón me advertían del peligro. Porque era evidente, que aquel hombre maravilloso no era humano aunque mi yo interior lo anhelara.
Deseaba que fuera alguien con quien concertar una cita, no un ser tan inalcanzable como él. El miedo me impedía seguir e interrumpí ese maravilloso beso, con la respiración agitada mientras él apoyaba el codo en el musgo y la mano en su mejilla y me observaba con curiosidad.
—No temas...por favor. No va a pasar nada que no desees.
Ahora yo me sujetaba las manos indecisa. Además mi férrea educación conservadora me impedía actuar de la manera en que lo estaba haciendo.
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Editado: 04.06.2026