<<Oh, Dios ¿Y ahora qué hago?>> me pregunté con aprensión mientras terminaba de vestirme a toda velocidad.
Sabía lo que me esperaba en cuanto llegara al coche donde ellos me esperaban desde hacía quién sabe cuántas horas.
No era que lo lamentara especialmente, pero me sentía culpable...culpable de haber sentido el placer de haber visto cumplida una fantasía con un amante que no era de este mundo.
Ahora miraba a mi alrededor y estaba sola.
La mañana avanzaba, los retazos de niebla se iban difuminando en el cielo matutino. Refrescaba, sentía el rocío de la mañana sobre el cabello, sobre el rostro y él ya no estaba conmigo.
Me sentía vacía y a la vez plena.
Satisfecha, pero también con una extraña añoranza, casi congoja que me hacía tomar consciencia de lo sola que me encontraba ahora. Enjuagué una lágrima solitaria y sonreí con resignación: esa era la triste historia de mi vida.
Volví a mirar, intentando descubrir a alguien, esperando anhelante que la alta figura de mi amante volviera a surgir de la nada.
<<Ya no hay nadie...>>
En el círculo de piedra de Callanish ya no había ni rastro de aquella extraña gente. Se habían esfumado como si fueran un sueño con las primeras luces del amanecer. Me abracé a mí misma, sentía frío aunque llevara puesta mi ropa de abrigo.
Volví a mirar hacia los monolitos que se erigían entre los retazos de niebla que disipaba los dorados rayos del sol.
<<Nadie...bailando, riendo, nadie entregándose al amor...>>
Mi rostro estaba enrojecido.
Empecé a sentirme cada vez más culpable.
Ahora ya era plenamente consciente de lo que había hecho, de la manera tan pueril en la que me había comportado...Había sido una egoísta, una irresponsable y solo había pensado en mí sin tener en cuenta que otros podrían preocuparse si no me veían aparecer.
Me había comportado como una adolescente, hedonista, despreocupada y caprichosa.
¿Y mis amigos?
¿Dónde estaban?
¿Y cuánto tiempo había transcurrido exactamente desde que Hilda y yo nos acercamos al círculo ?
¿Acaso se habían cansado de esperarme? si era el caso tampoco podía culparlos. Yo me había comportado como una cría.
Pero esa idea no me gustaba nada.
Por aquellas carreteras desiertas no transitaba ni un alma y menos a aquellas horas.
La preocupación me hizo fruncir el entrecejo. Apreté los puños enfadada conmigo misma, reprochándome ser una irresponsable cabeza hueca. Sabía por las narraciones populares que los hilos temporales que involucraban a las hadas podían alargarse y que esos seres podían manejar el tiempo a voluntad. Eso significaba que: cinco minutos en su mundo, podían transformarse en cincuenta años.
¡Cincuenta años...!
Ahora tenía miedo.
Llena de aprensión busqué al con la mirada ansiosa el coche de John... y por suerte, enseguida recuperé la presencia de ánimo. El vehículo todavía estaba aparcado en la cuneta.
<<Dios, menos mal...>>
Sentía tanto alivio que podía llorar.
Aceleré el paso inmediatamente; a pesar de la altura de la hierba húmeda por el rocío logré llegar razonablemente rápido.
El corazón me latía con violencia.
Sentía una extraña euforia, pero también necesitaba huir de allí, encontrar la paz interior, asimilar lo que había vivido... porque lo ocurrido me hacía cuestionar mi propia cordura. Sin embargo, mi cuerpo sí que recordaba las caricias audaces de aquel irresistible desconocido.
Nunca me había entregado a nadie así y menos en la primera cita. Si a aquello podía llamársele "cita".
Quería morirme.
Y también necesitaba saber más sobre ellos, necesitaba saciar mi curiosidad y también otros apetitos que hicieron que mi rostro adquiriera un culpable color púrpura.
Hacía frío. Mi aliento se condensaba en forma de nubecillas blancas que se dispersaban en la mañana.
—¡Hola...hola! ¡Estoy aqui... aquí!— exclamé golpeando las ventanillas que estaban empañadas por el contraste de temperaturas con el interior—¿Me podéis abrir, por favor?
Mis amigos parecían haberse quedado dormidos esperando por mí.
Sonreí sintiendo otra vez la misma culpabilidad.
<<Pobres... si es que soy una muy mala amiga.>>
Pero enseguida se impuso mi mal genio de siempre.
—¡ABRID YA COÑO, QUE ME ESTOY HELANDO...!—grité incapaz de controlar el temblor que empezaba a sacudir mi cuerpo.
Por fin la voz conocida de mi amiga me despejó las dudas y me tranquilizó tras abrir la ventanilla y quedarme mirando como quien había visto a un fantasma.
—¡KYLA...POR DIOS!
La puerta se abrió y mis amigos salieron del coche con cara de no haber pasado una buena noche.
—Ya era hora, tia petarda...—gruñó Connor con su pelirrojo cabello desgreñado.
—Joder, casi nos morimos del susto...—protestó John mirando a su pareja con aparente calma pero yo sabía que no le gustaba que ella gritara, aunque la razón estuviera de sobra justificada.
—¿Se puede saber dónde te habías metido...? Estuvimos a punto de llamar a la policía —protestó mi amiga tras darme un fuerte abrazo que comprimió sin piedad mis costillas .
Lloraba y yo me volví a sentir aún más culpable.
—Lo siento...
Me dejé achuchar por ella, volvió a abrazarme esta vez con más suavidad. Tenían razón, había sido una irresponsable.
—No pasa nada...aún.—Hilda se secó las lágrimas y yo no pude sostener su mirada de reproche.
<<Ay Dios...>> pensé sin poder evitar evocar los ojos brillantes de mi amante sobrenatural mientras me hacía perder la noción del tiempo.
Apreté los labios intentando disimular mis sentimientos, mi amiga me observaba con ojo crítico. A ella no podía engañarla, pero no podía confesarle lo que había ocurrido. No cuando los chicos estaban delante.
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Editado: 04.06.2026