Sentía que el pasado ya no tenía ningún peso, ni poder sobre mí. No iba a adoptar conductas de riesgo, ni dejarme tentar por el alcohol ni los excesos. Me merecía tratarme con el debido respeto y ya no necesitaba rozar el extremo para sentirme viva de nuevo.
Comprendí que debía darme tiempo para superar los malos tragos de la vida y por mucho que me pesara admitir, los desengaños formaban parte de ella. Debía identificar lo que no me gustaba, pararlo a tiempo y vivir la vida de acuerdo a mis nuevas premisas.
Quería independencia, hacer que mis proyectos salieran a la luz. Eran mis bebés, mi prioridad absoluta. Ahora empezaba una nueva aventura empresarial; había abierto una pequeña tienda en un local cerca del puerto y necesitaba que funcionara, me estaba empleando a fondo para que sucediera.
Me gustaba planificar bien mi tiempo. Quería hacer grandes cosas; pero abrirme camino no era algo sencillo. Yo no era natural de allí y necesitaba que los lugareños superaran el recelo hacia los que veníamos de afuera.
También necesitaba ingresos.
Necesitaba desesperadamente que mi negocio empezara a ganar clientes importantes.
Me gustaba estar rodeada de belleza de otras épocas, belleza en forma de objetos creados para durar por las manos hábiles de un artesano. Artefactos increíbles, llenos de encanto, con la pátina del tiempo sobre sus superficies. Los conseguía muchas veces del mercado de segunda mano que se organizaba todos los fines de semana en la plaza del pueblo. También había puesto anuncios para hacer saber que yo compraba objetos de testamentarías y pisos antiguos que los herederos querían vaciar.
Perseguir mi sueños me daba la vida.
Poco a poco, había ido adquiriendo piezas que despertaban mi atención, tras recorrer kilómetros en mi furgoneta de segunda mano y cargar con cosas que otros desechaban o decidían vender a precios razonables.
Atrás había quedado aquel Samhain que me había devuelto las ganas de disfrutar de la vida, del sexo...Sin embargo, mi corazón aún se mantenía cerrado a cal y canto. No quería volver a sentir nada por nadie, ni apego, ni afección, ni amor.
Nada.
Así me sentía a salvo de depredadores emocionales, narcisistas, manipuladores y hombres tóxicos apegados a su madre. Hedonistas, fetichistas, abusadores de mujeres...para mí todos tenían una pega. Todos eran lo peor o encerraban dentro de sí lo peor.
— ¡Kyla... ! ¡Te veo bien! — Exclamó mi amiga Hilda cuando entró por la puerta de mi pequeño negocio aquella mañana de principios de otoño.
Yo estaba tomándome un café y repasando las últimas facturas desde mi ordenador portátil. Tenía un programa de contabilidad estupendo que me contabilizaba los documentos pdf automáticamente y no tenía ni que imprimir los documentos.
— Hola, Hilda...¿cómo estás?
Ella se sentó en uno de los sofás que tenía de exposición con una expresión radiante en su rostro.
— Uf...pues genial... y mmhmm...no te vas a creer lo que tengo que contarte.
Yo sonreí. Estaba acalorada y parecía impaciente por contarme el último cotilleo del pueblo.
— ¿Quieres tomar un café?
Sus ojos se iluminaron enseguida.
— ¡Eso estaría fenomenal...!
Le serví un café con leche y con mucho azúcar, como a ella le gustaba en un alegre mug con unicornios serigrafiados en el exterior.
— Gracias, cariño.
Yo me serví un cappuccino, el café de antes me había sabido a poco además la máquina Expresso que había conseguido a buen precio en una tienda de segunda mano me funcionaba a las mil maravillas. Hilda le echó una ojeada rápida y después miró su mug e hizo una mueca.
— Qué taza más graciosa...
— Regalo de una clienta agradecida— dije mientras tomaba un sorbo de la mía.
Ella dejó la taza sobre una mesilla auxiliar -también de exposición- y sin poder contenerse se acercó a mí visiblemente emocionada.
— Venía a darte una noticia que es la bomba...increíble, de verdad— me dijo dirigiéndome una mirada que solo podía significar una cosa: quería presentarme a alguien.
Yo puse los ojos en blanco imaginándome una nueva cita a ciegas; no obstante, iba a darle una oportunidad. La escucharía...Se veía a la legua que había venido apurando el paso y yo no quería chafarle la ilusión.
— ¿Cuál...?— pregunté cruzándome de brazos.
— ¿Recuerdas aquel edificio tan impresionante del que te hablé cuando llegaste? ¿ese enorme casoplón cerca de la playa?
Suspiré y visualicé una construcción antigua sobre una colina. Era del siglo diecinueve y su dueño había hecho fortuna con el muy poco noble comercio del opio. Sonreí con ironía. Ese Jeremiah Matheson, el antiguo propietario del inmueble, había hecho una inmensa fortuna volviendo adictos a los pobres diablos que caían en la tentación de consumir la droga que él vendía fundamentalmente a China.
Torcí el gesto con desagrado.
Eran otros tiempos y tenía que admitir que el castillo era impresionante, teniendo en cuenta que se había concebido como una simple "casa de campo".
— ¿El castillo de Lews? Tiene que tener un mobiliario maravilloso — suspiré por echarle el guante obviando el origen de la fortuna de su antiguo propietario.
Volví a suspirar evocando sus formas grises elegantes y sobrias, que se destacaban contra el verde clorofila de las hojas de los árboles centenarios de su inmensa parcela. Al fondo podía verse la costa en todo su esplendor.
Por supuesto que conocía aquel edificio.
Las vistas desde allí tenían que ser espectaculares y sonreí imaginándome viviendo en un lugar como aquel.
— Pues resulta que el dueño la va a vender...
La noticia me tomó por sorpresa.
¿Vender...? eso sonaba como música para mis oídos hambrientos.
Dejé la taza encima del mostrador ansiosa por saber más.
— ¡No me digas... ! ¿y qué sabes de los muebles? Cuenta... cuenta por favor, ¿sabes si ya tiene compradores interesados? — inquirí sintiendo que se me ponían los dientes largos.
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Editado: 04.06.2026