Amor bajo la luna

Capítulo IX

Hacía un día gris, lloviznaba... y sin embargo, ese hecho no desmerecía el paisaje que veía conforme me aproximaba al lugar donde residía Lord Cunningham en mi vieja furgoneta.

Era impresionante, salvaje, hermoso y también algo desolador para mi gusto. Sin embargo, la silueta alta y oscura de las torres del edificio de piedra gris que se destacaban sobre el fondo neblinoso de la costa me pareció sobrecogedora, majestuosa y digna de admirar. Ellas hablaban de lujo, poder, riqueza, ostentación, ambición y también de la ausencia de escrúpulos de un antiguo magnate del opio. Eso no era algo que me hiciera sentir particularmente cómoda aunque tenía que admitir que la obra de arquitectura que el viejo Jeremiah Matheson había mandado construir era magnífica.

El castillo de Lews estaba situado en lo alto de una colina sobre un acantilado con vistas al mar del Norte. La entrada a la finca estaba franqueada por un muro de piedra franqueado por las esculturas de dos soberbios ciervos rojos que descansaban sobre su vientre, con las patas dobladas y los cuellos erguidos para despertar en el observador la sensación de que en cualquier momento se iban a levantar y escapar corriendo.

"Es hermoso..." me dije conteniendo el aliento.

Disminuí la velocidad de la furgoneta para poder apreciar mejor los detalles de las esculturas. Eran dos reproducciones bastante realistas; eran de calidad y parecían estar hechos de bronce macizo lo cual ya era de por sí, impresionante. Eran valiosas y estaban a la intemperie, con la pátina del tiempo depositada sobre su superficie verdosa, oscura. Pensé que en el lugar de donde venía yo, no tardarían en ser sustraídos de su peana y vendidos al mejor postor en una subasta de internet y me reí entre dientes. Calculé que quizá fueran del siglo dieciocho o quizás principios del diecinueve; tenían la belleza, melancolía y el punto justo de encanto para ser el centro de atención de cualquier jardín privado.

Lo dicho: una codiciada pieza para algún coleccionista o dado que no me parecía que tuvieran suficiente vigilancia, el botín de un especialista en robos de antigüedades.

¿Se avendría a vendérmelos?

Tenía que llevarme el par, porque con uno no haría nada. Los necesitaba con desesperación. Ojalá pudiera sacar un buen precio. Mi negocio necesitaba stock.

Levanté las cejas con ironía. Estaba segura de que de seguir facturando tan poco no iba a poder cubrir los gastos fijos que tenía, que eran muchos y elevados. Pero debía luchar por mis sueños, mantenerme a flote como pudiera. No tenía otra alternativa, había invertido todos mis ahorros en aquel proyecto, me había hipotecado hasta las cejas y necesitaba un proyecto jugoso para poder salir adelante y deshacerme de las deudas.

Volví a mirar las impresionantes esculturas de bronce. Tenía muchas expectativas puestas en aquel lugar.

Reemprendí la marcha y llevé mi furgoneta por el camino de grava dorada que conducía hasta el edificio propiedad de Lord Cunningham.

Sonreí al volver a recordar las esculturas. Se habían convertido en una obsesión.

Le iba a hacer una oferta por ellas.

Necesitaba hacerme con ellas.

Pese a que llevaba poco tiempo en el negocio, ya contaba entre mis clientes habituales a personas que podían interesarse por aquella mercancía tan especial. En este sentido, yo era la intermediaria, la persona que se encargaba de darle una nueva vida a aquellas antigüedades desgastadas por el tiempo y podía devolverles al menos, si no todo, parte de su antiguo esplendor con mis habilidades de restauradora.

A veces me pasaba semanas trabajando y estaba empezando a considerar la posibilidad de contratar personal de refuerzo. Pero las cuentas ya no me salían. Después de descontar todos los gastos mensuales no me quedaba margen suficiente para pagar la nómina a nadie y eso no me dejaba dormir.

Esa casa podía proporcionarme stock suficiente para salir del bache y estaba dispuesta a pagar el precio que él me pidiera por las piezas de mi interés, siempre que fuera razonable. Tampoco podía dejarme llevar por la ansiedad y adquirirlas sin regatear. Sin embargo, observando el impresionante castillo de Lews a medida que me acercaba sentía que me iba perdiendo la codicia.

No podía esperar a ver qué tesoros esperaban por mi visita.

Ahora observaba por el bamboleo de las ramas de los árboles que se había levantado viento y el sonido enérgico de las gotas de lluvia sobre la luna delantera me indicaba que la lluvia había arreciado.

"¡Qué mierda...! " pensé mirando hacia las nubes y viendo frustrada cómo el cristal delantero se empañaba debido a la caída de las temperaturas.

La pista que me llevaba hasta su castillo estaba en bastante mal estado. Hacía que la furgoneta traqueteara debido a los pequeños baches y socavones de años sin el mantenimiento adecuado. Me di cuenta de que aquel lugar necesitaba urgentemente una buena puesta a punto y también recordé lo que me había dicho Hilda sobre la intención del actual dueño de vender su propiedad para salvar su situación económica.

Sentí lástima por él.

Me preguntaba como era que alguien como Lord Willey no tenía contactos que le permitieran salir del apuro económico en el que ahora se encontraba. Siempre había pensado que los tipos de su clase tenían contactos a los que pedir prestado dinero bajo condiciones especiales, es decir, poco o nulo interés. Era raro que alguien con sus recursos se viera obligado a vender su parte de su legado, de su patrimonio.

Era malo para él, pero bueno para mí.

De estar en su lugar no estaba segura de tener la valentía necesaria para dar el paso. No significaba que no pudiera vender la casa de mis antepasados, sino que deshacerme de todo su contenido me parecía algo inconcebible. Me acordaba de las pocas cosas que le había legado mi abuela a mi madre y lo mucho que significaban para ella.




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