Amor bajo la luna

Parte X

Sí, ¿cómo podría?

Dejé de recrearme con aquella tierna imagen suya con aquel delantal puesto y me centré en terminarme el delicioso chocolate caliente que él me había preparado en un santiamén.

Por primera vez me empezaba a relajar en su compañía. Sin embargo, sentía que con aquel tipo no podía bajar la guardia. En cualquier momento podía sorprenderme con algún comentario airado y fuera de lugar ¿por qué se comportaba así con una extraña como yo? No me conocía de nada y parecía irradiar una instintiva antipatía por mi persona. Me hacía sentir muy incómoda.

Es más...parecía como si alguien le hubiese metido un palo por el trasero y...

—¿Mejor...? —me preguntó tras observar que el color había vuelto a mis mejillas.

Yo no le contesté al menos, no inmediatamente.

—Sí, gracias— le dije después de entregarle la taza que el depositó en el lavavajillas.

Su lenguaje corporal me decía que sentía una auténtica preocupación por su propiedad. No parecía que fuera de los que quisieran deshacerse de su patrimonio aunque las deudas los obligaran.

Estaba muy confusa.

Los tipos como él me ponían a la defensiva por instinto. Con su actitud parecía tener un apego casi enfermizo por las cosas materiales, pese a que en teoría y si tenía que hacer caso a mi amiga, estaba pasando por dificultades económicas serias. Tenía la sospecha de que era el típico acumulador con resistencia a deshacerse de sus cosas y ahora yo necesitaba convencerlo de lo contrario. Eso era lo que me había traído hasta allí. Sin embargo, y a juzgar por lo que había comprobado hasta ahora parecía muy reacio a venderme nada. Puede que estuviera barajando vender a la competencia, lo cual me empezaba a hacer sentir bastante decepcionada e incómoda.

—Ha sido usted muy amable...—murmuré tratando de adivinar sus pensamientos.

El chocolate me había sabido a gloria bendita. Ahora sentía cómo el calor iba calentando mis huesos, sentía cómo la energía volvía a mi cuerpo y un renovado optimismo se instalaba en mi corazón. Me sentía reconfortada y agradecida. Me había dado un brebaje verdaderamente delicioso y tuve que contenerme para no pedirle más.

Ahora sus ojos violáceos sonrieron y me pregunté por qué.

—No es para tanto...

—Pero es que estaba delicioso—admití por fin, con media sonrisa.

Él me entregó una servilleta de lino que sacó de una alacena.

—Tome, será mejor que se limpie la comisura de los labios, los tiene manchados de chocolate.

¿Una concesión de amabilidad? No me esperaba esa atención de su parte. Pero su tono de voz era reposado, tranquilo, comedido y puede que algo frío.

Antes de limpiarme con la pieza de lino bordada que me entregó, casi automáticamente me pasé la lengua por las comisuras, saboreando los restos de chocolate que pude y después sentí que me ruborizaba tras sentir su mirada escrutadora, atenta sobre mi cara.

—Ay Dios...lo siento, es mi debilidad—me excusé sonriendo con torpeza mientras me limpiaba lo que quedaba.

Él enarcó sus cejas oscuras.

—¿El chocolate..?

Me encogí de hombros, no tenía nada de extraño.

—Si...—murmuré.

—Puedo entenderlo, señorita Mc Namara — admitió con media sonrisa —. Pero debe tener cuidado, para ciertas cosas no conviene precipitarse ...Siempre se disfruta más si se es comedido—pareció reprocharme recurriendo otra vez a ese mismo frío tono de voz burlón que tanto me disgustaba.

Volvía a sentirme incómoda, mientras mis mejillas enrojecían con violencia como si fuera una maldita adolescente.

¿Qué le pasaba? ¿por qué era tan insoportable? Nunca en mi vida me había tropezado con alguien tan gilipollas. Empezaba a arrepentirme de haber venido hasta allí. Cuando quedara con Hilda me iba a oír. Ella tenía la culpa por haberme convencido para forzar a mi pobre furgoneta a llegar hasta aquel lugar infame.

—No veo nada de malo en disfrutar de las cosas sencillas, señor Cunningham. Pero claro, puede que usted no esté tan acostumbrado y prefiera otras cosas no tan asequibles como ésta.

—Hum...— respondió tras cruzarse de brazos.

Podía sentir su mirada escrutadora sobre mi cuerpo, sobre mi cara. El tipo debía de llevar una vida bastante aburrida si encontraba tan interesante a una joven de aspecto tan desastrado como el mío. Yo no me veía para nada interesante aunque mi amiga Hilda se empeñara en decirme lo contrario.

La intensidad de las lagunas violáceas de sus ojos me hacía contener el aliento ¿Qué le pasaba a aquel tipo? ¿por qué me miraba de aquel modo tan perturbador? ¿es que yo tenía monos en la cara o qué? me daba ganas de decirle cuatro frescas. Pero por alguna razón me mantuve callada.

Suspiré y miré para otro lado, intentando desviar la atención de su ahora más que atractivo rostro. Me daba la sensación de que si le decía algo ese hombre podría ser muy bien ser capaz de adelantarse a mis pensamientos, de encontrar la manera de burlarse de mí de nuevo; lo cual viniendo de un desconocido, incrementaba aún más mi ansiedad, mis ganas de largarme de allí y terminar con la visita cuanto antes.

Ya no iba a discutirle nada más ¿para qué?

Necesitaba cambiar de tema y para romper la tensión que empezaba a sentir, le pregunté por los azulejos que adornaban la pared de la cocina. Eran más que bonitos, preciosos. Y pensé que quizá esta era una buena manera de distraerme del rumbo sombrío que empezaban a tomar mis pensamientos. Necesitaba calmarme. Necesitaba recuperar el control en ese preciso momento si no quería arruinar esa bendita oportunidad que sabía que estaba aguardando a ser descubierta en algún lugar de aquella casa.

Tenía que parecer profesional, concentrarme en mi trabajo y para mí- si todo lo que restaba por ver era como lo que había visto hasta ahora- estaba clarísimo que su propiedad tenía un más que claro potencial para ayudarme a salir de mis problemas económicos. Debía aguantar sus desplantes. Era lo único que debía importarme si quería salir indemne de aquella especie de duelo verbal y lucha de voluntades que se había interpuesto entre nosotros como si se tratara un oscuro velo de inseguridades y temores.




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