De todo lo que había visto hasta el momento, lo que más me había interesado fue un sofá chéster en increíble estado de conservación en el que casi inmediatamente, me había sentado encima pese al polvo, para comprobarlo in situ. Era cómodo aunque la piel estaba agrietada, algo desgastada y necesitaba ser tratada con una buena crema para cuero y pigmento color whisky. Entre otras cosas, pero era salvable y podía venderlo a muy buen precio.
—Parece que le agrada...
—¡Sí es estupendo...! ¿estaría dispuesto a vendérmelo..?—Inquirí con mal disimulado entusiasmo.
—Déjeme que lo piense.
—No lo piense mucho, por favor...— le pedí paseando mi mano por el viejo cuero del reposabrazos.
Pese al desgaste por el uso, aún resultaba suave al tacto. El color había sido whisky oscuro en su origen y tenía algunas zonas clareadas por la luz del sol. Y lo mejor era que se podía poner remedio.
Yo aguardaba a que él se decidiera.
—Venga, vamos...por favor.
El señor Cunningham por fin dijo lo que yo anhelaba oír.
—Sí ¿Por qué no...?—dijo cruzándose de brazos— y ¿cuánto me ofrece por él...?—preguntó alzando una ceja.
Sonreí. Puede que tuviera suerte.
—¿Cuál es su límite...?—Inquirí yo poniendo los brazos en jarras.
Él sonrió a su vez, mostrando una dentadura que envidiaría cualquier estrella de cine y yo aparté los ojos de ella, intentando que no se me notara el sonrojo delator de mis mejillas.
Ese tío parecía emanar una misteriosa energía masculina que hacía que las piernas me fallaran. Jugaba con ventaja. Me hacía sentir avergonzada de que mi cuerpo me estuviera respondiendo como si dentro tuviera en plena efervescencia las malditas hormonas de una adolescente.
—Venga, dígame una cifra.
—Espere...déjeme que lo piense. Ahora mismo, no se me ocurre. Tengo que confesarle que Ignoro todo lo relacionado con el valor de estas cosas viejas en el mercado—dijo descruzando los brazos y adoptando una postura reflexiva.
Yo sonreí como una boba.
Le dejaría su tiempo, pero no demasiado. No quería parecer desesperada por llevarme algo de aquel maravilloso lugar. Observé con curiosidad a mi alrededor.
¿Y qué más guardaba en aquel trastero ? No se me escapaba que había mencionado que aquello no era todo. Que había más lugares repletos de cosas.
—¿Qué le parece si me enseña más de los tesoros que usted guarda ? Después, en caso de que algo haya llamado mi atención, le daré la cifra en la que he pensado — propuse tratando ganarme su confianza.
Sabía que le estaba dando ventaja pero necesitaba romper el hielo.
—De acuerdo...prepárese entonces. Estoy seguro de que no se va a arrepentir de haber venido hasta aquí. Sé lo mucho que le ha costado decidirse, Kayla —dijo mientras tomaba una enorme llave de una polvorienta repisa y me indicaba con la mirada que debía subir unas empinadas escaleras que conducían hasta la última planta.
Comprendí que se trataba del mirador de la torre.
Lo miré con aprensión. Y él volvió a sonreírme como si mi actitud le divirtiese.
—No se preocupe, señorita Mc Namara. Aquí no hay fantasmas y si los hubiera, créame que no tendrían el menor interés en nosotros— aseguró riendo.
Yo me sentí ofendida. No era ninguna cobarde, era solo que aquellas escaleras eran demasiado estrechas.
—No es lo que usted cree...
—¿No...? Aunque no nos conozcamos, le aseguro que puedo leer en usted como un libro abierto, Kayla. No me engaña—bromeó pero sus ojos violáceos ya no sonreían.
—¿Cómo pude ser tan arrogante...? No se equivoque. Usted no me conoce de nada—farfullé algo incómoda tratando de alargar la distancia entre los dos, cosa difícil en aquel estrecho rellano.
Esa respuesta suya ya era más que suficiente para ponerme a la defensiva.
Pero él volvió a sonreírme.
—No se ofusque. No era mi intención ofenderla— dijo con voz sorprendentemente suave— Sígame, vamos, no tiene pérdida. El ático es bastante amplio y allí guardamos otras muchas cosas que creo pueden ser de su interés. También hay décadas de trastos olvidados en este y otros lugares de mi casa; acumulando polvo...Esperando a que alguien con su olfato los descubra—dijo como si una vez más, estuviera burlándose de mí.
No dije nada. Estaba molesta y esperaba una disculpa sincera.
El aire se hizo más denso a medida que subíamos, había polvo por todas partes; suciedad acumulada de años puede que de siglos incluso. Abrió la pesada puerta de madera y encendió la luz que tilitaba amenazando con fundirse en su frágil hilo de wolframio dentro del enorme globo de vidrio que la protegía.
El techo abuhardillado estaba encalado en blanco, ahora grisáceo por el polvo y la suciedad acumulada de décadas. Podían verse las robustas vigas maestras de roble cruzando el techo, las telarañas polvorientas y grises colgando de las esquinas de la estancia. Un lugar deprimente aunque solo de aspecto. Porque la estructura era magnífica.
Mi olfato de anticuaria se puso a trabajar. La luz de la antigua bombilla era insuficiente para revelar los tesoros que la familia de aquel estirado arrogante había guardado durante décadas. Había muchas cosas de diferentes épocas, orígenes y países organizadas sobre estantes polvorientos.
—¿Qué le parece?—El tono jovial de la pregunta me daba a entender que esperaba que me sorprendiera.
Pero no iba a darle esa satisfacción
—Humm....—murmuré con aparente desinterés— no es para tanto.
—¿Seguro...?
—Me esperaba otra cosa— dije intentando que mi tono de voz no delatara mi fascinación.
Sí, tenía buena pinta y me apetecía mucho echar un largo vistazo a todas aquellas antiguallas olvidadas. Mi experiencia me decía que prometía si tenía en cuenta la época en que se había construido la casa palaciega y que la familia de los actuales dueños llevaba viviendo allí un par de generaciones.
Levanté las cejas.
—Bueno. Es que no sé qué decirle...Déjeme que eche un vistazo — dije por fin, mientras sacaba mi pequeña linterna auxiliar del bolsillo trasero de mis pantalones vaqueros—.A ver lo que tenemos por aquí...
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Editado: 04.06.2026