Oscurecía, en la parte trasera de la furgoneta tenía un par de rígidas, horribles mantas de lana gris que usaba para proteger los muebles que compraba, junto con cuerdas elásticas que usaba para amarrarlos y asegurarlos durante los viajes. Esas mantas eran ásperas y ahora me tendrían que servir, junto con mi escasa ropa de abrigo para pasar una noche que se presentaba aún más fría y húmeda que el día.
Estaba hambrienta y había encontrado una chocolatina aún comestible dentro de la guantera. Eso tendría que bastarme. No tenía nada para beber...aunque irónicamente hubiera agua más que de sobra cayendo del cielo.
Tenía que resignarme a pasar aquella jornada de una manera penosa. Me reproché haber hecho caso a Hilda y sus ideas. También me preguntaba si iba a poder descansar en mi cama la siguiente noche y si Noche, mi gato me echaba de menos.
Empezaba a adormecerme cuando los faros de un coche iluminando la parte trasera de mi furgoneta me sorprendieron en medio de la oscuridad. Me molestaron, había conseguido encontrar postura y observé con recelo que el vehículo aparcaba detrás de mí.
Eso me hizo reaccionar al instante.
¿Serían criminales o buenos samaritanos?
Aunque no lo supiera a ciencia cierta, me alegraba que por fin alguien se atreviera a transitar a aquellas horas por aquellos lares olvidados de la mano de Dios. De modo que el recelo inicial se impuso.
¿Quién en su sano juicio iba a tener una razón para aventurarse por aquel lugar en plena y helada madrugada? Busqué en la guantera. Yo no era una tiradora experta, pero me habían aconsejado sacarme la licencia "por si acaso" y guardaba un arma ligera, de no mucho calibre que me hacía sentir protegida.
Desconocía todo de aquel lugar.
Que no hubiera mucha densidad de población no quería decir que fuera un sitio donde no hubiera delincuencia y me preocupaba tropezarme con individuos con moral e intenciones dudosas. Y ahora empezaba a sospechar de las intenciones del individuo que se aproximaba.
Me estaba empezando a poner nerviosa. Agarré el arma y la guardé en el bolsillo de mi plumífero azul que había decidido ponerme encima de la chaqueta para abrigarme. No sabía nada de las intenciones de aquel tipo, lo mismo podía ayudarme como darme un golpe, meterme en el maletero y hacerme desaparecer en el lóbrego sótano de su casa alejada de la mano de Dios.
Ahora sentía la adrenalina correr por mis venas.
Intentaba no dejarme dominar por el pánico cuando distinguí claramente por el espejo retrovisor de mi furgoneta cómo la imponente silueta de un hombre se dirigía con decisión hacia donde yo me encontraba aparcada. Lo que más me inquietaba era que la luz de la linterna de su móvil no me dejaba distinguir nada de sus rasgos porque la dirigía directamente hacia mi vehículo y yo solo podía distinguir su silueta a contraluz.
Apretaba con temor el arma, rezando por no tener que disparar.
—Ah...— Me escuché exclamar cuando la mano del hombre picó en el cristal de la ventanilla.
—¿Señorita Mc Namara?—le escuché decir.
Lo reconocí, era él ¡Él...!
La última persona a la que quería ver en aquel momento.
Pero aunque fuera alguien que detestaba, debía reconocer que necesitaba su ayuda. Resignada, dejé la pistola en el interior del bolsillo de plumífero e intenté sonreír cuando la linterna de su móvil enfocó mi cara. Bajé la ventanilla, estaba nerviosa, agotada y necesitaba con desesperación un lugar donde pasar la noche.
Cualquier lugar se me antojaba más decente que los gastados asientos de mi furgoneta. Tenía que reconocer que estaba en sus manos y me sentía crispada. Debía elegir entre tragarme mi orgullo o quedarme otra vez varada en medio de ninguna parte esperando que un alma caritativa se dignase a parar para socorrerme.
Eso o caminar durante kilómetros hasta encontrar un bar que aún dispusiera de un teléfono fijo público desde el que llamar a cambio de unas monedas.
No... no tenía alternativa.
Intenté que mi voz sonara calmada y no delatara la desesperación que sentía.
—Señorita Mc Namara...— volvió a repetir Willey con voz firme.
—¡Sí, la misma que viste y calza...! ¿cómo ha dado conmigo si puede saberse? ¿ acaso me ha instalado un GPS?—inquirí mordaz sin poder evitarlo.
Él se limitó a esbozar una sonrisa neutra, como si lo que le había dicho no revistiera ninguna importancia.
—Ya veo que sí.
Y volvió a adoptar aquel aire petulante que tanto me molestaba.
—No se preocupe por eso ahora. Veo que está en problemas...—Dijo tras observarme durante unos instantes que se me hicieron eternos.
Sin embargo, no iba a adoptar mi derrota ante él, quien sabía de sobra que mi situación era bastante precaria.
—Si, por desgracia... no estoy en una buena situación—suspiré — , pero está todo bajo control —añadí tratando de darle seguridad a mi voz de falsete.
Tosí, sentía la garganta reseca y dolorida.
"Maldición..." pensé llevando automáticamente la mano al cuello. No podía permitirme un resfriado en ese, ni en ningún otro momento.
Willey hizo un gesto de negación con la cabeza y sus ojos brillaron en la noche.
—Señorita Mc Namara...— murmuró— no empiece otra vez a...
Después apretó los labios y me dijo en un tono que no admitía discusión.
—No es conveniente que pase aquí la noche, haga el favor de venir conmigo ...—ordenó con un tono de voz que me hizo dar un respingo.
Pero ¿quién se creía que era ese engreído para hablarme así? Ahora sí que no iba a ir a ningún sitio, ni mucho menos con él.
—Estoy perfectamente, no hace falta que nadie venga a rescatarme y usted muchísimo menos.
—Yo no opino igual — objetó él.—No sea necia y venga conmigo ¿quiere?
—Me las puedo arreglar perfectamente —le espeté intentando aparentar una calma inexistente.
Él no parecía dispuesto a abandonar su actitud.
—¡Oh sí...! Ya veo que sí que puede...—Burlón levantó una ceja— ¿Con una rueda pinchada?
#5511 en Novela romántica
#177 en Paranormal
amistad aventuras romances y misterios, romance paranormal seres sobrenaturales, amor romance celos pasión
Editado: 04.06.2026