Cuando nos bajamos de su coche deportivo diluviaba. Corrimos entre la lluvia protegidos por su enorme paraguas, subimos por resbaladiza la escalera principal a toda prisa y no pude evitar echarme a reír, después de llegar a la puerta de entrada.
—¿Qué le hace tanta gracia, Kyla? Está usted calada hasta los huesos —observó mi rescatador riendo a su vez.
—Me rio por no llorar...señor Cunningham. Esta noche está siendo de lo más surreal, ni en mis más locas fantasías me iba a imaginar que mi jornada de hoy iba a terminar así —confesé mientras me agarraba a su antebrazo para recuperar el aliento.
Él se rio, me miró a los ojos y con un tono de voz sorprendentemente suave y dulce me hizo la pregunta que me estaba temiendo.
—¿Y me podría adelantar algo de esas locas fantasías suyas?—inquirió mientras observaba atento mi reacción, yo le apreté el antebrazo y él se mantuvo impávido, esperando por mi respuesta.
Mi respiración estaba agitada y tenía el plumífero empapado. Las botas no me habían servido tampoco de mucho y sentía los pies húmedos y fríos. Él tenía el cabello ligeramente mojado y sus ojos brillaban con picardía bajo la luz de los faroles eléctricos que iluminaban el jardín y algunas zonas estratégicas de su casa.
—No es asunto suyo...— dije intentando que mi tono no delatase lo que pensaba en realidad.
—Vamos, no sea tímida... si usted me dice la suya, yo le puedo confesar la mía— susurró en mi oído haciendo que un agradable y cálido estremecimiento me corriera por la espalda.
Me envaré y apreté los puños.
No podía permitirme ese sentimiento, ni ningún otro en realidad. Ese tipo era un completo desconocido. Lord Wiley era además un cliente potencial muy importante para mí y no quería jugármela por una noche de confidencias subidas de tono.
—No creo que sea el momento más adecuado, señor Cunningham. Yo no le conozco de nada y de momento, prefiero que siga así —le dije apartando mi mano de su brazo.
Él pareció sentirse ofendido por mis palabras. Pero sus ojos aún sonreían, lo cual me desconcertaba y me confundía.
—Está bien, usted se lo pierde —afirmó con fingida resignación.
Yo puse los ojos en blanco.
—Prefiero perdérmelo, de verdad — afirmé intentando que mi voz sonara convencida.
Las luces de los faroles que iluminaban zonas estratégicas de la finca estaban encendidos a aquellas horas. También había luces en el suelo que ayudaban a iluminar el sendero que conducía hasta la casa.
Willey me miró un breve instante, como si dudara de la veracidad de mis palabras para después abrir la puerta principal con la llave que guardaba en uno de los bolsillos delanteros de su chubasquero.
Yo era ahora quien sostenía su gran paraguas bajo la incesante lluvia.
Cerré los ojos afinando el oído. Todo estaba en silencio excepto por la lluvia. Nada que ver con el lugar donde yo vivía.
Sonreí.
Me gustaba escuchar el sonido de las gotas cayendo sobre la grava del jardín, el perfume de la tierra húmeda. Me gustaba el olor perfumado del aire: a bosque, a musgo e incluso a salitre del mar del que nos separaban pocos kilómetros. El viento agitaba los enormes árboles centenarios que cercaban la propiedad como enormes vigías vegetales. Podía oler el perfume de la madera húmeda, la pinácea pudriéndose en el suelo y el ligero perfume de los narcisos que alguien había plantado cerca.
—Parece usted extasiada, Kyla...— murmuró otra vez demasiado cerca.
Abrí los ojos dando un respingo. Luego él se apartó antes de que yo pudiera protestar.
¿Era tan evidente que me gustaba? Yo no me sentía en condiciones de ceder a lo que fuera que me hacía sentir aquel hombre. ¿Atracción? ¿repulsa..? Lo único que tenía claro era que me alteraba.
Me pareció ver que tenía personal contratado trabajando para él y no pude culparle cuando observé que alguien se ocupaba de guardar su deportivo en el garaje, donde seguramente tendría disponibles otros tantos modelos tan o incluso, más ostentosos que ese.
Me pregunté por qué no se deshacía de ellos también, dada la supuesta situación económica en la que se encontraba. Tampoco quería restar credibilidad a lo que me había dicho Hilda. Por otra parte, también cabía la posibilidad de que hubiera vendido toda su colección de juguetitos para hacer frente a las deudas de su familia y el Porsche fuera lo único que le quedaba.
Sentí un estremecimiento. Tenía frío.
—¿Está usted bien?
Yo esbocé una sonrisa tensa mientras él me invitaba a entrar en su casa.
—Sí, gracias...
Pero Willey no se iba a dar por vencido.
—Tiene mala cara—observó pensativo.
¿Para qué iba a decirle nada respecto al viaje? Habíamos recorrido cincuenta kilómetros en a penas media hora. Me parecía excesivo y bastante temerario teniendo en cuenta que era de noche, el asfalto estaba mojado y nos podía haber sorprendido cualquier animal cruzando la carretera.
Estaba indignada por momentos.
—Estoy bien, no se preocupe...— declaré intentando desviar el tema.
Me apreté el brazo con una mano y fruncí el entrecejo.
—Estupendo. Aunque no tengo mucho personal, todavía mantengo a una persona interna que me ayuda con las tareas de la casa. Es un hombre íntegro, que lleva trabajando muchos años para mi familia. Se lo presentaré más tarde.
—Gracias, me encantará conocerlo.
Sentía que no entendía a aquel tipo. A ratos parecía encantador y a ratos me daba ganas de partirle la nariz. No vi fotos de familia, ni tampoco vi que tuviera alianza de casado en el dedo anular.
"No me extraña que estés solo, Willey. No hay mujer que te aguante..." pensé llena de veneno.
Luego paseé la vista por la sala de estar y sonreí sin poder evitarlo. Dentro de la casa el aire era más cálido, perfumado por la madera de pino que se quemaba en una de las enormes chimeneas de la sala de estar. La habitación estaba iluminada por una enorme araña de cristal y también había lamparillas estilo Tiffany distribuidas por algunos rincones estratégicos sobre mesillas auxiliares de exquisita manufactura.
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Editado: 04.06.2026