Ela
Nariball es un pueblo alegre, lleno de colores: flores de todos los tipos que uno se pueda imaginar.
O bueno, así era antes, antes de que el rey Erock tomara posesión de la corona.
Porque desde su llegada las calles dejaron de llenarse de música, las risas se volvieron susurros. Nadie lo decía en voz alta, pero todos sabían que el pueblo había cambiado.
Él era ambicioso, presumido. Impuso reglas; todo aquel que lo desafiara o hiciera algo que no le gustaba, lo mandaba al calabozo o lo mataba. Era un rey de guerra y por eso todos le tenían miedo.
Esa mañana desperté antes del amanecer. Como siempre, el frío se colaba por las ventanas de mi habitación. Me quedé mirando al techo de madera, intentando ignorar esa sensación de inquietud que tenía atorada en el pecho.
Desde muy pequeña sabía que había algo malo en mí.
Unos lo llaman don, aunque para mí siempre fue un defecto.
Ver el futuro no es un regalo, es una condena. Veía cosas que nadie debería ver, y menos una niña. Ver el futuro era aterrador.
Mamá decía que tenía que aprender a vivir con eso. Después de todo, hiciera lo que hiciera, nunca iba a desaparecer. Los únicos que saben de mi poder son mi familia, nadie más. Nunca quisimos contárselo a nadie porque teníamos miedo de que la demás gente me viera como una demente, de que me vieran como alguien que tenía que ser temido o eliminado, así que decidimos callar.
Desde entonces aprendí a controlar mis visiones porque en un pueblo como este, ser diferente no es una bendición, es una sentencia.
Me levanté de la cama y salí de mi habitación. Bajé las escaleras.
—Creí que seguías dormida, cariño —dijo mamá desde la cocina.
Me encaminé hacia la cocina y me recosté en el marco de la puerta.
—No pude dormir bien.
—¿Regresaron las visiones?
Dudé unos segundos antes de contestar.
—Sí, y ahora son más constantes.
Mamá deja lo que está haciendo y me mira con atención.
—¿Qué viste?
—Estaba en la calle, todo estaba cubierto de humo negro.
Había una sensación de miedo, mucho miedo.
—¿Crees que algo malo va a pasar? —pregunta con cara de preocupación.
La miré, aunque en el fondo conocía muy bien esa respuesta.
—Espero que no.
Ella no dijo nada más, pero pude ver su rostro lleno de miedo, de preocupación.
No quise mencionarlo para no preocuparla más, pero en mis visiones al final siempre era lo mismo, siempre aparecía él.
Y aunque intentaba convencerme de que no significaba nada, en el fondo sabía que sí.
Tragué saliva y aparté la mirada.
—¿Puede venir Dani a comer después de las tutorías?
—Claro que sí, cariño.
—Gracias, mami —me le acerco y le doy un beso en la mejilla.
—Voy a cambiarme antes de que se me haga tarde para las tutorías.
Le doy otro beso en la mejilla y salgo de la cocina. Subí las escaleras lentamente mientras el nudo en mi pecho volvía a aparecer. Entré en mi habitación y me quedé unos segundos recostada en la puerta, aun con todo lo que me abruma.
Voy hacia mi armario y busco algo que ponerme. Decido que me pondré un vestido color vino que me llega por la rodilla. Me pongo unas zapatillas negras que hacen juego con el vestido y me miro rápidamente en el espejo. Miro el reloj... Genial, voy tarde.
Agarré mi bolso y salí rápidamente de mi habitación. Bajé las escaleras corriendo mientras me intentaba arreglar el pelo con una mano.
—¡Ya me voy!
—Que te vaya bien, cariño —dice mamá.
Salí apresuradamente y ahí, frente a la puerta, estaba Dani.
—Vaya, pensé que nunca bajarías, ya hasta estaba pensando entrar por ti —dice con una sonrisa en sus labios.
—Lo siento, se me hizo tarde.
—Uy, eso es muy raro en ti —dice con un deje de sarcasmo en su voz.
Pongo los ojos en blanco.
—Cállate, no todos podemos llegar temprano a todos lados.
Dani suelta una risita.
—Ya, mejor apurémonos o no vamos a llegar y el “viejito cascarrabias” nos va a dejar afuera.
Suelto una risa al oír el apodo que le pusimos. El señor Carlos es un viejo que se enoja por todo; tengo el presentimiento de que realmente le fastidia dar clases y solo lo hace porque no le queda de otra.
Caminamos por las calles todavía medio vacías. Dani habla de algo, pero no le estoy prestando atención; mi mente aún sigue en la visión.
El humo.
La sensación de miedo.
Y al final, él.
—Tierra llamando a Ela.
Dani me da un golpecito en el hombro.
—Holaaaaaa, ¿me escuchas?
—Ah, sí, claro.
Dani frunce el ceño.
—Te ves terrible.
—Gracias, qué linda eres.
Dani suelta una risita y yo pongo los ojos en blanco.
—¿Qué te pasa, Ela? —dice con cara de preocupación.
—No es nada —digo intentando no darle importancia.
—Ya, claro que te pasa algo. Dímelo, somos mejores amigas, sea lo que sea lo resolveremos juntas.
Aparte de mi familia, Dani también sabe sobre mis visiones. Somos amigas desde muy pequeñas, le tengo confianza. Ella siempre ha estado ahí para mí y sé que jamás lo divulgaría.
—Digamos que regresaron las visiones.
—Creí que ya habían parado.
—Pues últimamente son más constantes. Me preocupa, Dani, porque siempre es lo mismo, siempre lo veo.
Dani frunce ligeramente el ceño.
—¿A quién?
Bajo la mirada y me lo pienso unos segundos antes de responder.
—A mi padre.
Dani guarda silencio y se detiene. Yo hago lo mismo y Dani se acerca un poco más a mí.
—Ela, quizá solo sea eso... visiones, no significa que vaya a pasar algo malo.
—Pero se siente tan real —digo con voz temblorosa.
—Lo sé, pero recuerda que no todas tus visiones se cumplen.
—Pero otras sí, y si esta se cumple, ¿y si significa que le va a pasar algo malo a mi padre? —digo aturdida.
Dani se acerca a mí y me rodea con sus brazos.
—Tranquila, Ela, verás que no será así —dice dándome círculos en la espalda.
El resto del camino transcurre en silencio. Dani intenta decir algo, pero mi mente sigue en otro plano.
Cuando finalmente llegamos al instituto, el señor Carlos nos está esperando en la puerta.
—Vaya, qué amable de su parte honrarnos con su presencia —gruñe apenas nos ve.
Dani suelta una risita.
—Buenos días para usted también, es un honor verlo siempre —dice Dani con una sonrisita en los labios.
Entramos rápidamente al salón. Me dejo caer en mi asiento y saco mis cosas.
—Vaya, vean a quién tenemos aquí.
—Déjame en paz, Saida —digo con un tono amargo en mi voz.
Realmente no sé qué tiene Saida conmigo y con Dani. Parece que le fastidia nuestra presencia y siempre anda buscando el momento oportuno para molestarnos.
—Vete a sentar, tarántula —le grita Dani desde su asiento.
—¿Cómo me llamaste? —dice Saida indignada.
—Tarántula. Aparte de tonta, también eres sorda.
Saida aprieta la mandíbula y se da vuelta furiosa antes de regresar a su asiento.
El resto del día pasa normal, con el señor Carlos explicándonos sobre nuestro rey y cosas monárquicas a las cuales no presto mucha atención.
El señor Carlos dice que deberíamos sentirnos agradecidos de vivir bajo el mandato del rey Erock, aunque la mayoría de los estudiantes parecían igual de aburridos que yo. Algunos alaban al rey Erock diciendo que desde que llegó levantó y devolvió el orden a Nariball, mientras que otros opinan que destruyó el pueblo con sus reglas y leyes absurdas.
Claro, nadie se atreve a decirlo en voz alta.
Porque estar bajo el mandato del rey Erock era como estar atado con cadenas.
Sí, eres libre de hablar, pero una sola palabra equivocada bastaba para ser condenado.