Amor Bajo Un Reino En Llamas

Capítulo 3

Ela
El negocio de mi familia es una joyería muy popular en Nariball.
Mi madre diseña la mayoría de las piezas y mi padre se encarga de venderlas.
Desde muy pequeña crecí rodeada de joyas y diamantes de todo tipo.
Gracias a eso, hoy poseemos un pequeño título noble. No somos completamente ricos, pero al menos tenemos todo lo necesario para vivir cómodamente.
—Esta es una de nuestras joyas más preciadas —dice papá mientras le muestra un collar de rubíes a un cliente.
Yo ayudo a papá los días en que no voy a tutorías.
Me gusta venir al negocio, estar rodeada de tantas joyas hermosas.
Le ayudo a papá a envolver las joyas que el cliente pidió. El brillo de los diamantes alumbraba toda la habitación mientras papá revisaba que todo estuviera en su lugar.
—Muchas gracias —dice el señor con una sonrisa radiante mientras recibe la joya.
—Un placer —dice papá con una sonrisa en los labios.
El señor sale por la puerta, dejándonos solos a papá y a mí.
—¿Qué tal han estado las ventas? —pregunto con todo el interés del mundo.
Mamá y papá casi nunca hablan de cómo les va en el negocio. Siempre dicen que es mejor que no me meta en esos asuntos, que son cosas de ellos.
—Van bien —dice mientras acomoda unos aretes de plata en una cajita—. Las ventas han estado muy bien últimamente. Mucha gente ha venido esta última semana.
—Me alegra que todo vaya bien.
De pronto, un dolor punzante me atraviesa la cabeza.
Siento como si estuviera a punto de desvanecerme.
Todo está cubierto de humo y llamas. Todo se cae a pedazos. Lo único que puedo escuchar es la voz de mi padre pidiendo ayuda.
Me agarro la cabeza con ambas manos e intento hacer que las visiones desaparezcan.
A lo lejos escucho la voz de mi padre, pero no logro entender lo que dice. No puedo prestarle atención.
Vamos, Ela… tú puedes controlar las visiones. Ellas no te controlan a ti. Vamos, yo sé que puedes…
—Desaparezcan… por favor… por favor… por favor…
—¡Ela! —grita papá sujetándome de los hombros—. ¡Mírame!
Levanto la cabeza lentamente para mirarlo.
—Todo va a estar bien —dice papá al mismo tiempo que me rodea con sus brazos—. Tranquila, yo estoy aquí.
Poco a poco dejo de sentir ese dolor punzante en la cabeza. Las visiones se desvanecen. Los gritos desaparecen.
Rodeo a papá con los brazos y dejo que las lágrimas salgan. Lloro por la angustia que siento, por el miedo, por la desesperación… porque sé que no voy a poder proteger a mi padre. Porque, en el fondo, sé que no son simples visiones.
Suelto a papá y me paso las manos por la cara.
—Estoy bien… estoy bien —digo más para mí que para él.
—No, Ela. ¿Qué es lo que te atormenta tanto?
—No es nada, son tonterías. Simplemente he estado muy cansada y seguro que mi mente me hace ver cosas que no existen.
—Ela, por favor, confía en mí —dice con un tono lleno de preocupación.
—Ya te dije que no es nada. Estoy bien —trato de convencerme de esto último más a mí misma que a él.
—Lo mejor será que te vayas a casa, Ela —dice mirándome con preocupación—. ¿Quieres que te acompañe?
—No, puedo ir sola. Gracias.
—Te quiero mucho, papá. Nunca lo olvides —digo rodeándolo con mis brazos.
Papá me devuelve el abrazo, apretándome fuerte contra él.
—Y yo a ti mucho más, mi vida.

Camino de regreso a casa con todos esos pensamientos atormentando mi mente.
Por las calles de Nariball aún hay gente caminando y pequeños puestos de venta iluminando la noche.
Aún me duele un poco la cabeza.
Las imágenes vuelven a aparecer de repente. Intento borrarlas, pero no puedo.
Cuando por fin llego a casa, entro por la puerta y encuentro a mamá en la sala.
Ella levanta la mirada y posa sus ojos sobre mí.
—Hola, cariño. ¿Por qué regresaste tan rápido?
—Hola, mami —digo acercándome para darle un beso en la mejilla—. Estaba un poco cansada y papá dijo que era mejor que viniera a casa. Voy a subir a mi habitación, si no te importa.
Me doy la vuelta y me dispongo a subir las escaleras cuando, de repente, una pequeña figura se cruza en mi camino.
—Ya llegó la rarita —dice mi hermana entre risas.
—¿Con que rarita? —digo mientras me preparo para hacerle cosquillas.
Pero ella es más rápida y, antes de que pueda atraparla, ya está corriendo escaleras arriba.
—Condenada, a la próxima no te me escapas —grito desde el primer escalón.
Sigo mi camino hasta llegar a mi habitación. Cuando entro, dejo escapar un suspiro.
Voy hacia mi clóset y busco unas medias y un body. Me cambio y luego me pongo las zapatillas.
Cuando me siento muy abrumada, me gusta bailar ballet. Desde que tengo memoria lo practico; es lo que más amo en este mundo. Mi sueño es convertirme algún día en una gran bailarina.
Cuando termino de ponerme las zapatillas, camino hacia la barra que tengo en mi habitación.
Empiezo a bailar, a estirarme, a dar giros.
El sonido de mis zapatillas contra el suelo es lo único que escucho.
Uno, dos… giro.
Me dejo llevar por la música imaginaria en mi cabeza.
Respiro hondo: uno, dos, tres…
Me dejo llevar, intentando vaciar mi cabeza.
Pero de pronto…
Pierdo el equilibrio.
Mis pies se deslizan un poco más de lo normal y tengo que sujetarme rápido de la barra.
Me quedo quieta unos segundos, recuperando el aire.
No es normal.
Siempre me sale ese movimiento. Siempre.
Aprieto los dedos contra la madera de la barra.
—Concéntrate, Ela… —me susurro.
Cierro los ojos un instante.
Inhalo. Exhalo.
Vuelvo a intentarlo.
Esta vez más lento. Más preciso.
Uno, dos… giro.
Pero aun así, mi mente no está del todo aquí.
Sigo sintiendo ese peso en el pecho.
Por más que lo intente, esa sensación siempre está ahí.
Es frustrante. Quiero estar en paz aunque sea por un momento. Se siente asfixiante cargar con esto todos los días. Estoy harta.
De pronto, una imagen atraviesa mi mente.
Unos ojos verdes esmeralda me observan.
No puedo distinguir bien su rostro, solo esos ojos que me miran como si intentaran decirme algo.
Y entonces desaparece. Así, sin más.
Pero esa sensación permanece.
Esa extraña nostalgia. Esa tristeza que invade mi pecho cuando se esfuma.
Y no puedo evitar preguntarme si algún día podré estar en paz.
Pienso en cómo habría sido mi vida si nunca hubiera tenido este horrible poder. Tal vez podría descansar aunque fuera un instante. Tal vez mi mente no estaría en constante alerta.
Es extraño…
Cuando tengo visiones sobre papá, siento miedo. Terror. La sensación constante de que algo malo va a sucederle.
Pero cuando aparece ese chico… es diferente.
Se siente cálido. Tranquilo. Familiar.
Como si una parte de mí lo reconociera incluso sin conocerlo.
Como si, de alguna manera imposible, él fuera la otra mitad de mi alma.
Me dejo caer lentamente en el suelo, apoyando la espalda contra la pared, mientras tomo aire.
En mi mente sigue rondando él, y eso es lo que más miedo me da, porque no entiendo cómo puedo sentir tanta conexión con alguien al que nunca he visto y que no sé si algún día llegaré a conocer.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.