Ela
Salgo de mi casa para ir a ayudarle con la joyería a papá.
Voy caminando tranquilamente por las calles de Nariball, pensando en que tengo que practicar las puntas para que mis piruetas salgan perfectas.
Voy tan sumergida en mis pensamientos que ni siquiera me doy cuenta cuando choco contra algo o más bien alguien.
—Fíjate por dónde caminas —digo levantando la mirada.
Es alto, de pelo castaño, ojos verdes esmeralda, muy guapo. Va vestido de una forma muy elegante, con un saco negro y unos pantalones de tela que hacen juego con el saco.
Él frunce el ceño, sorprendido por la manera en la que le hablé.
—Qué curioso. Normalmente la gente suele disculparse conmigo primero.
—Ja, pues qué tonta es la gente entonces. ¿Por qué alguien se disculparía con un arrogante?
—¿Disculpe? —dice con un tono de indignación—. ¿Sabes quién soy?
—No, y tampoco me interesa saberlo. La próxima fíjate por dónde caminas.
—¿Sabes lo que le pasa a la gente cuando es insolente conmigo?
—No, y tampoco me amenace —digo furiosa—. Fue usted quien venía distraída, así que usted tiene la culpa. Disculpese en este momento.
—Claro, ahora resulta que es mi culpa. No me voy a disculpar con usted, así que puede seguir esperando parado.
—Cállese —grita furioso—. ¿Sabe qué? No voy a perder mi tiempo discutiendo con una señorita mal educada.
—Ni yo tampoco —digo. Lo esquivo y sigo mi camino furiosa.
¿Pero quién se cree que es? Es un arrogante de lo peor.
Sigo mi camino hasta llegar a la joyería.
—Hola, papá —digo con un toque amargo en mi voz.
—Ela, te estaba esperando. Necesito que me ayudes a acomodar unos collares, son los de aquella estantería —dice señalando la pequeña estantería de vidrio que está cerca de la puerta.
Agarro los collares que me da y camino hacia la estantería.
La abro con cuidado para empezar a acomodar los collares uno por uno.
—¿Sabes, Ela? Me llegó una carta de parte del castillo. Al parecer, han escuchado que vendemos las joyas más hermosas del pueblo y quieren que les hagamos unas al rey.
—¡Eso es muy bueno! Si le hacemos joyas al rey podremos tener más renombre.
—Sí, y estaba pensando en que me acompañaras para poder mostrarle las joyas al rey —dice mientras acomoda unos anillos.
—¿Y cuándo iremos al castillo? —pregunto mientras sigo acomodando los collares en la estantería.
—Mañana por la tarde. Tienes que comportarte bien cuando vayamos al castillo.
Pongo los ojos en blanco.
—Siempre me comporto bien.
Papá se ríe.
—Claro que sí, Ela.
La tarde transcurre entre joyas brillantes y clientes entrando y saliendo de la tienda. Ayudo a papá a acomodar los collares, atender a las personas y envolver algunas compras. Unos vienen en busca de anillos, otros de aretes, y algunos de los collares más finos de la tienda.
Y cuando menos nos damos cuenta ya ha anochecido. Afuera ya no hay tanta gente caminando y el silencio ronda por las calles de Nariball.
—Es hora de que tú y yo nos vayamos a descansar —dice papá con la mirada cansada—. Mañana nos espera un gran día.
—Estoy nerviosa aunque también un poco entusiasmada por ver cómo es realmente el palacio.
Salimos del local y empezamos a caminar en silencio. Las calles de Nariball están casi vacías a esta hora; apenas algunas luces permanecen encendidas entre los puestos del mercado. El sonido de nuestros pasos resonaba en el ambiente, mientras una brisa fría movía las flores que colgaban de los balcones.
Papá caminaba a mi lado. No decía nada.
—¿Qué joyas llevaremos al castillo? —pregunto para poder romper el silencio.
—Estaba pensando en cadenas, anillos, para el rey y collares, aretes para la exreina.
—Me parece bien.
Papá asiente levemente.
—Aunque… —dice de pronto— creo que también deberíamos llevar aquella corona de zafiros que hizo tu madre.
Lo miro sorprendida.
—¿La que está en la vitrina principal? Pero esa es una de las piezas más costosas de la tienda.
—Precisamente por eso —responde con una pequeña sonrisa.
Asiento despacio.
Después de unos minutos caminando por las silenciosas calles de Nariball, finalmente llegamos a casa.
Mamá aún seguía despierta esperándonos.
—¿Cómo les fue? —pregunta mamá.
—Cansado, cariño, pero todo bien —dice acercándose a ella para darle un beso.
Una pequeña sonrisa aparece en el rostro de mamá.
—Bueno, si me disculpan, voy a subir a mi habitación.
Mamá y papá asienten y yo me dispongo a subir las escaleras. Cada paso se siente más pesado que el anterior. El cansancio empieza a vencerme.
Al llegar a mi habitación cierro la puerta detrás de mí y dejo salir un largo suspiro. La luz de la luna se cuela suavemente por mi ventana, iluminando parte de la habitación.
Me quito los zapatos y voy hacia mi armario. Saco un camisón rosa y me lo pongo rápidamente.
Después voy hacia mi cama y me dejo caer sobre el colchón hundiendo el rostro entre las almohadas.
Estoy agotada, lo único que quiero hacer es dormir.
Cierro lentamente los ojos, mientras el silencio de la noche invade mi habitación.
Poco a poco, el cansancio empieza a vencerme. Y sin darme cuenta ya me he quedado dormida.
...
Humo.
Llamas.
El calor quema mi piel incluso antes de entender qué está pasando.
Abro los ojos desesperadamente y descubro que estoy afuera del local. Todo a mi alrededor arde.
La gente corre a mi alrededor, gritando aterrorizada.
—¡Ayuda! ¡Ayúdenme! —grita papá desde el interior del local.
Mi corazón se detiene, de pronto siento miedo.
—¡Papá!
Intento correr hacia la joyería, pero las llamas bloquean la entrada.
Puedo verlo entre el fuego, atrapado.
El techo de la joyería comienza a derrumbarse. Maderas encendidas caen frente a mí.
—¡Papá! —grito con los ojos llorosos.
Estoy desesperada, quiero sacarlo de ahí y no puedo, no puedo hacer nada.
Me despierto sobresaltada, respirando agitadamente, con sudor en la frente y con lágrimas acumuladas en los ojos.
Todo está oscuro, en silencio.
Llevo una mano hasta mi pecho intentando calmar los latidos desesperados de mi corazón.
—Solo fue una pesadilla —murmuro con la voz temblorosa.
Pero no se sintió como una simple pesadilla.
Podía sentir perfectamente el calor de las llamas, los gritos de la gente.
Me incorporo lentamente en la cama y miro hacia la ventana. Afuera todavía sigue oscuro.
En ese momento una idea horrible cruza mi mente.
¿Y si no era un sueño, y si era una visión y me estaba tratando de advertir algo?
Un escalofrío recorre todo mi cuerpo.
Aprieto con fuerza las sábanas entre mis manos mientras intento respirar con normalidad.
Siento miedo, mucho miedo.
No puedo permitir que algo así le pase a papá.
Intento volver a cerrar los ojos, pero las imágenes del incendio todavía están en mi mente.
No sé si esta será una visión que no se cumpla como otras, pero tampoco quiero esperar a averiguarlo.