El teléfono había quedado en silencio tras la última llamada de Aurora. Su risa, su “lobito amargado”, todavía resonaba en mi cabeza como un eco que me sacudía de manera molesta… y peligrosa. Respiré hondo y agarré mi bastón.
No debería importarme, no debía importarme. Ella es… Aurora, mi enfermera, mi subordinada, alguien que a veces confunde mis órdenes con afecto, y que claramente no sabe cuándo detenerse. ¿Por qué iba a preocuparme si está borracha? Nada en mi vida justifica perder tiempo por ella.
“No es asunto mío”, me repetí mientras golpeaba suavemente el piso con el bastón para orientarme, cada sonido del pasillo era mi guía, y cada pensamiento un tirón en direcciones opuestas.
Pero entonces… recordé su voz, arrastrada, juguetona, esa forma en la que se preocupaba incluso por mi comida, por si había cenado. Ese detalle absurdo que no debería afectarme.
“No es asunto mío…”, intenté de nuevo, pero la frase se atragantó. La culpa, esa sensación irritante y molesta, comenzó a filtrarse. ¿Y si le pasaba algo? ¿Y si alguien intentaba aprovecharse de ella? ¿Y si…?
“Está borracha, sola… ¿y yo voy a dejarla así?” La pregunta me hizo detenerme, mi orgullo gritaba que no, que debía ignorarlo, que no debía involucrarme, que su vida no es mi responsabilidad. Mi lógica racional decía que no tenía nada que ver, pero mi instinto, ese que me negaba a admitir, murmuraba lo contrario: protegerla, asegurarme de que esté bien, aunque eso significara admitir lo que no quiero reconocer.
Golpeé el piso con fuerza con el bastón, frustrado. “No debo, no debo, no debo”, repetí, mientras mi corazón latía con fuerza en un combate silencioso entre razón y emoción.
Respiré hondo y, por un instante, el silencio de la mansión me devolvió la claridad. Marco. Sí, Marco podría ayudarme, solo necesitaba saber dónde estaba Aurora y asegurarme de que alguien la acompañara si era necesario.
“Muy bien”, me dije finalmente, con un suspiro que apenas se notaba en la quietud de la mansión. “Solo voy a llamar a Marco… por compasión. Nada más, no significa nada, es… responsabilidad, sí, responsabilidad.”
Tomé el teléfono y le dije a Siri que marcara a Marco. Mi orgullo gruñía con cada segundo que sonaba el tono, pero sabía que había tomado la decisión correcta. Por ella, por seguridad, por… lo que fuera que me obligaba a preocuparme por esa enfermera testaruda que había logrado colarse en mis pensamientos sin permiso.
—Marco —dije, firme, aunque mi voz traicionaba un dejo de tensión—. Necesito un favor.
Y así comenzó la misión nocturna… entre orgullo, conflicto y un extraño calor en el pecho que no estaba dispuesto a admitir.
—Listo —dijo—. ¿Vas solo?
—Ven por mi—contesté, palpando el suelo con el bastón—. Solo necesito que averigües dónde está tu hermana.
Marco resoplo y dijo:
—Está bien, en diez minutos paso por ti y yo voy por mi hermana, y tú por tu… adorada enfermera.
—Deja de decir estupideces —gruñí—. Solo lo hago por compasión.
—Claro Aless—dijo y colgó.
Maldije por lo bajo y me apresure a vestirme cómodamente, salí con mi bastón por el pasillo hasta dar a la entrada principal.
Marco ya me esperaba y me ayudó a subir al vehículo y Roberto nos siguió discretamente detrás, preparado para garantizar que Aurora y yo regresáramos sanos después de la noche.
Mientras avanzábamos, mi mente debatía entre la lógica y la necesidad absurda de preocuparme por ella. “No debo importarme… No debo…”, me repetía, golpeando suavemente el bastón contra el asiento y el piso del carro, midiendo distancia, ritmo y presión. Pero no podía ignorar su risa, su voz juguetona, esa forma de hablar que había quedado grabada en mi memoria.
—Marco —dije finalmente, intentando sonar firme—. Dime ¿cómo están?
—Segun Fiorella están aún en el restaurante —respondió Marco—. Y Aurora… esta bastante tomada.
La información me hizo tensar los dedos alrededor del bastón. Podría seguir con mi orgullo y regresar a la mansión, pero algo en mi interior no lo permitió. Debía asegurarme de que estuviera bien, solo… por compasión, me repetí una vez más.
El auto se detuvo frente al restaurante. Marco me dio una palmada ligera en el hombro:
—Listo. Ellas están justo saliendo y confirmo la información, está bastante tomada —susurró Marco, divertido, mientras se colocaba detrás de mí para guiarme con seguridad.
—Bien —gruñí—. Vamos a recogerla.
Marco me siguió con cuidado, mientras yo avanzaba, guiado por mi oído, mi olfato y mi bastón. Cada pequeño sonido me decía dónde estaba, cada cambio de textura del suelo me indicaba cuán cerca estaba de ella y aunque no podía verla, cada detalle que percibía me aseguraba que debía protegerla, porque, por mucho que lo negara, no podía ignorarla.
Pero escuché algo imposible de ignorar: los pasos desordenados de Aurora, su risa rebotando en las paredes, el leve arrastre de sus zapatos cuando está… pasada de copas.
Seguí su risa en la oscuridad —porque ella es mi única guía— hasta la entrada y entonces, ella me lanzó esa frase, con voz de caricatura borracha:
—Mi lobito amargadoooo… ¿qué hace aquí?
No pude verla, pero pude sentir su sonrisa. La escuché en la forma en que su voz se quebró al final, como si estuviera intentando no caerse mientras hablaba.
Mi mandíbula se tensó. Ella siempre lo provoca, pero borracha… es demasiado.
Antes de responder, Fiorella soltó un chillido que casi me deja sordo:
—¡Alessandro, deja de explotar a Aurora!
Escuché a Marco bufar, y por el sonido del aire moviéndose supe que la estaba cargando. Fiorella pataleaba como si la estuvieran raptando de verdad.
—No te metas —gruñó Marco.
—¡Auxilioooo! ¡Auroraaaa! ¡Marco me tiene presa! —gritaba.
Aurora soltó una carcajada musical que me golpeó el pecho. No la vi, pero la escuché mandarle un beso exagerado.
—Chaaao, Fiooooor… te amo, mi reinaaa.